¿Han percibido inestabilidad en las principales potencias del mundo? Puede que parte de esa percepción esté amplificada por las redes sociales, pero es difícil negar que esos países atraviesan profundas transformaciones económicas y sociales. Esa inestabilidad, aunque no necesariamente con la misma intensidad, también podría reflejarse en Panamá. La tendencia comenzó antes de la pandemia, impulsada por la acelerada evolución tecnológica. Estoy a favor de la tecnología y de los beneficios que representa, pero no deberíamos negar que está transformando profundamente la forma tradicional en que vivimos. Debemos evolucionar junto con esos cambios, incluida la manera en que organizamos el gobierno.
¿Qué cambios nos están afectando? En el plano económico, basta observar el mercado inmobiliario comercial. La demanda de grandes sucursales bancarias y de tiendas por departamentos, como Macy’s, ha disminuido considerablemente. La atención al cliente se ha trasladado, en gran medida, al entorno digital, con ventajas evidentes para los consumidores. Asimismo, el trabajo a distancia ha reducido la necesidad de grandes espacios de oficina. En ciudades como Nueva York ya existen iniciativas para transformar edificios corporativos en viviendas.
Lamentablemente, los hoteles y restaurantes no pueden absorber toda la actividad económica que antes generaban los bancos y las grandes tiendas. Pero el impacto tecnológico va mucho más allá del sector inmobiliario. La automatización reduce la demanda de mano de obra en numerosas actividades productivas y, en distinta medida, también afecta a profesionales independientes y contratistas. Algunos sostienen que oficios como la plomería serán de los menos afectados. Eso me recuerda la película Moonstruck, una excelente comedia.
Desde el punto de vista social y cultural, el impacto puede ser aún mayor, porque transforma la manera en que las personas se relacionan. Hace apenas unos años la interacción presencial era mucho más frecuente y significativa. Hoy pasamos gran parte del tiempo frente a una pantalla, con el teléfono celular siempre en la mano. Mi experiencia universitaria fue muy distinta de la de mi hijo. Tengo la impresión de que nosotros compartíamos mucho más tiempo fuera de casa, mientras que las nuevas generaciones permanecen más tiempo en sus habitaciones.
Recuerdo las reuniones en los estacionamientos de restaurantes de comida rápida para conversar y planificar el fin de semana. Era una necesidad social y, además, una diversión. No existían WhatsApp ni los teléfonos inteligentes. Al menos todavía hay quienes disfrutan de los deportes en equipo. Practiquen pádel o cualquier otra actividad que los reúna con otras personas. La socialización presencial sigue siendo fundamental para el bienestar.
La educación y el desarrollo intelectual también enfrentan desafíos. He escuchado hablar de iniciativas para digitalizar y eliminar ejemplares impresos de ciertos documentos y libros. Más allá de la veracidad o alcance de esos proyectos, vale la pena preguntarse cómo verificaremos la autenticidad de la información si dependemos exclusivamente de contenidos digitales. Estamos viviendo una transición profunda en la manera de acceder al conocimiento. La tecnología es una herramienta extraordinariamente poderosa, pero precisamente por eso debemos utilizarla con criterio.
Frente a estos cambios, que generan incertidumbre en todos los niveles, considero que vale la pena debatir si nuestra estructura de gobierno sigue siendo la más adecuada. ¿No estamos cansados de la rotación de partidos que prometen ser distintos y terminan reproduciendo muchas de las mismas prácticas? Un período gobierna el arnulfismo; luego Cambio Democrático; mañana podría ser MOCA y después cualquier otro partido. Lo que cambia, muchas veces, es el grupo que llega al poder. Cada alternancia trae incertidumbre política y económica. A mi juicio, el país necesita mayor continuidad en las políticas públicas y una visión de largo plazo.
¿Qué propongo? Un modelo institucional con mayor estabilidad y continuidad, no necesariamente un cambio permanente de gobernantes. El presidente salvadoreño Nayib Bukele ha impulsado transformaciones que muchos consideran positivas, especialmente en materia de seguridad. Sin embargo, su permanencia en el poder también ha generado cuestionamientos. No comparto la idea de perpetuar a una persona en el cargo.
Lo que propongo es un sistema que permita preservar las políticas públicas que funcionan y, al mismo tiempo, sustituir con rapidez a los funcionarios que incumplan sus responsabilidades, de manera similar a como ocurre en una empresa. Quienes ocupen la Presidencia deberían contar con preparación profesional para coordinar equipos, administrar recursos y alcanzar objetivos nacionales.
Incluso podríamos considerar la contratación de especialistas internacionales para determinadas áreas técnicas, evitando que los nombramientos respondan exclusivamente a cuotas partidistas, del mismo modo que la selección nacional de fútbol ha recurrido a entrenadores extranjeros como Thomas Christiansen. También existen ejemplos de liderazgo austero y honesto, como el del expresidente uruguayo José Mujica.
¿Puede parecer una propuesta poco patriótica? Yo creo que el verdadero patriotismo consiste en buscar lo mejor para el país, independientemente del origen de las buenas ideas.
Con reglas claras podría debatirse una propuesta de esta naturaleza. Personalmente, no respaldo la convocatoria de una constituyente, porque considero que podría convertirse en otro intento por redistribuir cuotas de poder sin resolver los problemas de fondo.
Finalmente, hago explícita la base de mi planteamiento: creo que los valores inspirados en la fe cristiana —la solidaridad, la misericordia, el servicio al prójimo y la honestidad— deberían orientar el ejercicio del poder público. Desde mi perspectiva, esos principios representan un camino permanente hacia una sociedad más justa y pacífica.
El autor es ciudadano.


