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Cuando la queja se convierte en identidad

Hay problemas que deben denunciarse. Ignorarlos no los hace desaparecer, y fingir que todo está bien nunca ha sido una estrategia inteligente para mejorar una sociedad. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre reconocer un problema y convertirlo en parte de nuestra identidad colectiva.

La diferencia parece sutil, pero sus consecuencias son profundas.

En Panamá, como en muchas otras sociedades, solemos dedicar más tiempo a identificar lo que funciona mal que a discutir cómo mejorarlo. Hablamos de corrupción, educación, salud, transporte, burocracia, inseguridad o decisiones políticas cuestionables. En muchos casos, las críticas son legítimas e incluso necesarias. Después de todo, una ciudadanía que no cuestiona ni examina su realidad corre el riesgo de aceptar cualquier cosa como normal.

El problema surge cuando la crítica deja de ser una herramienta para comprender la realidad y se transforma en una forma permanente de relacionarnos con ella.

Es entonces cuando aparecen expresiones familiares como: «Aquí nada cambia», «Todo está perdido» o la clásica «Eso siempre ha sido así».

A simple vista, parecen frases inofensivas. Sin embargo, contienen una idea peligrosa: la creencia de que los problemas son inevitables y, por tanto, inútiles de enfrentar.

La paradoja es evidente. Criticamos una situación porque consideramos que está mal y, al mismo tiempo, hablamos de ella como si fuera imposible modificarla. Terminamos atrapados entre la indignación y la resignación: convencidos de que algo debe cambiar, pero dudando de que realmente pueda hacerlo.

Por supuesto, nadie está obligado a adoptar una visión optimista frente a dificultades reales. Ser realista no significa cerrar los ojos ante los errores colectivos. Tampoco implica eximir de responsabilidad a quienes toman malas decisiones desde posiciones de poder. Las instituciones deben rendir cuentas, y los ciudadanos tienen pleno derecho a exigir mejores resultados.

No obstante, el pensamiento crítico exige algo más que inconformidad.

Exige análisis.

Exige contexto.

Y, sobre todo, exige la capacidad de distinguir entre aquello que podemos cambiar, aquello sobre lo que podemos influir y aquello que, por el momento, solo podemos comprender mejor.

De lo contrario, corremos el riesgo de convertir la queja en una actividad permanente.

A veces se confunde el pesimismo con profundidad intelectual, como si señalar problemas bastara para comprenderlos. Como si la amargura fuera una prueba de lucidez y la desesperanza una señal de inteligencia. Sin embargo, la lucidez no consiste en descubrir defectos en todo. La verdadera lucidez consiste en comprender la realidad con suficiente profundidad para reconocer tanto sus problemas como sus posibilidades.

Después de todo, identificar un problema apenas marca el inicio del razonamiento; nunca debería representar su conclusión.

Si un médico se limitara a describir enfermedades sin pensar en tratamientos, difícilmente lo consideraríamos un buen profesional. Del mismo modo, una sociedad que solo enumera sus dificultades corre el riesgo de convertirse en especialista del diagnóstico y principiante de las soluciones.

Quizás por eso conviene plantearnos una pregunta incómoda:

¿Hasta qué punto hablamos de los problemas para resolverlos y hasta qué punto hablamos de ellos porque nos hemos acostumbrado a convivir con ellos?

La pregunta no pretende silenciar las críticas. Todo lo contrario. Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de disentir, cuestionar y señalar errores. El desacuerdo no es una amenaza para la convivencia; es una condición necesaria para mejorarla.

Lo que merece atención es otra cuestión: la facilidad con la que podemos pasar de la crítica razonada a la resignación disfrazada de sabiduría.

Porque existe una diferencia sustancial entre afirmar: «Esto está mal y debe cambiar» y afirmar: «Esto está mal, pero siempre será así».

La primera postura mantiene abierta la posibilidad de actuar.

La segunda la cancela.

Y quizás ahí se encuentre una de las trampas más sutiles de nuestro tiempo.

Nos hemos acostumbrado tanto a hablar de lo que está mal que, en ocasiones, pareciera que hemos olvidado hablar de lo que podría estar mejor. Hemos convertido la crítica en una conversación permanente, pero no siempre en una reflexión permanente. Sabemos señalar las grietas de la casa, describirlas con precisión e incluso discutir durante horas quién las provocó. Lo que resulta más difícil es decidir quién tomará las herramientas necesarias para repararlas.

Después de todo, ninguna sociedad se construye únicamente a partir de denuncias. Las denuncias son necesarias porque iluminan los problemas. Sin embargo, una comunidad no avanza por la cantidad de errores que identifica, sino por la capacidad que desarrolla para enfrentarlos.

Tal vez, por ello, la pregunta más importante no sea qué está mal en Panamá. Esa respuesta la conocemos todos y la repetimos con admirable precisión. La pregunta verdaderamente incómoda es otra:

¿Qué ocurriría si dedicáramos la misma energía que invertimos en lamentar los problemas a comprenderlos, corregirlos o impedir que se repitan?

Porque existe una diferencia enorme entre vivir consciente de los problemas y vivir definido por ellos.

Los problemas forman parte de la realidad, pero no tienen por qué convertirse en nuestra identidad.

Las crisis pasan.

Los errores pueden corregirse.

Las instituciones pueden mejorar.

Las sociedades pueden aprender.

Lo verdaderamente peligroso ocurre cuando una comunidad termina convencida de que sus defectos constituyen su destino.

Quizás la mayor muestra de madurez colectiva consista precisamente en rechazar esa idea. No porque todo marche bien. No porque los problemas sean pequeños. Tampoco porque las soluciones resulten sencillas. Sino porque ninguna sociedad debería concederles a sus dificultades el privilegio de definir quién es.

Al final, reconocer los problemas es un acto de inteligencia. Creer que estamos condenados a ellos es una forma de renuncia. Entre ambas posturas existe una distancia enorme, y es precisamente en esa distancia donde se decide el futuro de una sociedad: entre la resignación que acepta los problemas como destino y la voluntad que los reconoce como desafíos que aún pueden ser transformados.

La autora es profesora de filosofía.


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