Decía Ryszard Kapuscinski que para ser un buen periodista es necesario, ante todo, ser una buena persona. La maldad inhabilita para comprender el sufrimiento ajeno y descifrar la verdad. Zoilo Martínez de la Vega fue la prueba viviente de esa premisa: un ser humano formidable, imaginativo, de amistades largas y un ego tan controlado que le permitía ser el confidente de Julio Iglesias sin perder un ápice de su distinción intelectual.
Nacido en Turón y fallecido el pasado 24 de junio en Gijón, Asturias, frente al Cantábrico, su adiós coincide con el Día de San Juan, cuando las hogueras paganas celebran el exceso de luz. Su cadáver está fresco, pero su última exclusiva ya hizo diana en la posteridad. Zoilo dinamitó el protocolo funerario al firmar su propia esquela con cuatro palabras que son un dardo envenenado contra la sumisión: «Me voy contra mi voluntad».
En pleno siglo XXI, mientras el mundo debate el derecho a la muerte digna de quienes pelean para que se les permita abrir la puerta de salida, Zoilo se plantó en la acera de enfrente. Su originalidad no estriba en el miedo biológico a la nada, sino en la audacia de usar los canales de la prensa para dejar una protesta formal ante la gerencia del universo. Criado bajo el peso plomizo de una cultura católica, donde la culpa es el aire cotidiano y la resignación se cotiza al alza, él prefirió el paganismo de la lucidez: «Me la he pasado jodidamente bien estos 90 años y no me da la gana de marcharme». Fue su último decreto personal.
Ese apego feroz a la realidad explica por qué fue un cirujano tan preciso de la historia. Zoilo laboró cincuenta años en América; vivió más tiempo en el Nuevo Continente, cuya población envejece, que en su España natal. Dirigió los equipos de la Agencia EFE en Argentina, Colombia, Ecuador, Centroamérica, Paraguay y Brasil, descifrando la compleja idiosincrasia de los procesos latinoamericanos con un respeto que rayaba en la admiración.
Pero su legado definitivo pertenece a Panamá. Tras fundar la Agencia Centroamericana de Noticias (ACAN-EFE), cruzó la línea del despacho cablegráfico para trabajar como asesor directo del general Omar Torrijos. Su libro fundamental, Las guerras del general Omar Torrijos, es una pieza de orfebrería geopolítica. En él diseccionó la audacia del líder istmeño en las complejas negociaciones para la descolonización del Istmo y su habilidad como pacificador de una Centroamérica en llamas, destreza que despertaba celos indisimulados en el mismísimo Fidel Castro. Pagó el precio: la desconfianza y la animadversión de los opositores locales a la dictadura. Para Zoilo, ese episodio fue una pausa analítica: entendía que la soberanía requería arquitectos incómodos en momentos excepcionales.
Su mirada laica despojó a la muerte del ropaje sagrado. Mientras en México la parca es una vecina irónica que se tutea en altares para ganarle al olvido, y en Madagascar el ritual del Famadihana convierte la ausencia en una danza física, donde las familias exhuman y abrazan los huesos de sus ancestros, Zoilo rechazó el folclor y el linaje óseo. Octogenario, practicaba golf en Guadarrama y lo definía como su «último deporte». No quería ser una calaverita de azúcar; quería seguir reportando.
Se marchó rabiando, sí. Pero, al obligar a la prensa a publicar su última queja, nos heredó una lección: pueden quitarnos el bolígrafo, pero un buen periodista jamás le concede a la muerte el derecho a dictar el titular.
El autor es periodista y filólogo.

