Cuando termina un gran evento deportivo, la mayoría de las personas recuerda el marcador, las jugadas memorables o al campeón, en este caso, España, que conquistó su segunda estrella. Sin embargo, para los países, las ciudades y las empresas, el verdadero partido apenas comienza. El legado de un evento de esta magnitud no se mide únicamente por la cantidad de turistas que llegaron o por las noches de hotel ocupadas, sino por la capacidad de transformar un momento extraordinario en crecimiento económico sostenible.
Un reciente estudio de Deloitte analiza precisamente qué ocurre después de un Mundial y llega a una conclusión interesante: el impacto económico más valioso no siempre sucede durante la competencia, sino en los años posteriores, cuando los países logran capitalizar la exposición internacional, fortalecer su infraestructura y convertir la atención global en inversión, turismo y desarrollo empresarial.
Esta reflexión trasciende el fútbol. En realidad, representa una lección para cualquier economía que aspire a competir en un entorno global.
Con demasiada frecuencia, medimos el éxito de un gran acontecimiento únicamente por los ingresos inmediatos. Esa visión es limitada. Los verdaderos beneficios provienen de aquello que permanece cuando desaparecen las cámaras, los aficionados regresan a casa y la atención mediática se desplaza hacia otro lugar.
La infraestructura construida, la reputación internacional fortalecida, la confianza de los inversionistas, la modernización tecnológica, el aprendizaje institucional y las nuevas capacidades empresariales constituyen el verdadero legado.
Pero existe un elemento aún más importante: la capacidad de utilizar los datos para tomar mejores decisiones. Los grandes eventos generan enormes volúmenes de información sobre movilidad, consumo, comportamiento de visitantes, logística, seguridad y preferencias de los consumidores. Esa información permite comprender mejor cómo se mueve una economía y dónde existen oportunidades para crear valor.
Las organizaciones que analizan esos datos no solo entienden lo que ocurrió, sino que pueden anticipar lo que viene. Esa diferencia entre reaccionar y anticiparse suele determinar quién lidera un mercado y quién simplemente participa en él.
En un mundo cada vez más competitivo, la información se ha convertido en uno de los activos más valiosos para el crecimiento económico. Esta misma lógica aplica perfectamente a Panamá.
Nuestro país posee activos extraordinarios: una posición geográfica privilegiada, el Canal, conectividad aérea y marítima, un centro financiero regional y una plataforma logística difícil de igualar. Sin embargo, la verdadera ventaja competitiva no radica únicamente en esos activos físicos, sino en nuestra capacidad para convertirlos en oportunidades permanentes de inversión, innovación y generación de empleo.
Esa visión también debe reflejarse en la infraestructura que permitirá atraer actividades de alto impacto económico. La construcción de un moderno Panama Arena, con capacidad para albergar conciertos, competencias deportivas, espectáculos y eventos internacionales, representaría una inversión estratégica para fortalecer la competitividad del país. Más que un recinto para el entretenimiento**,** sería una plataforma capaz de impulsar el turismo, generar empleos y atraer actividades que actualmente escogen otros destinos de la región.
Cada conferencia internacional, cada foro empresarial, cada inversión relevante o cada reforma económica representa una oportunidad similar a la que deja un gran evento deportivo. La pregunta no es únicamente cuánto generó durante su realización, sino qué decisiones tomaremos después para multiplicar ese impacto.
La diferencia entre una economía que crece de manera sostenida y otra que depende de oportunidades aisladas suele encontrarse precisamente allí: en la planificación de largo plazo. Las naciones más exitosas entienden que la competitividad no surge por casualidad. Es el resultado de decisiones consistentes orientadas a fortalecer capacidades, modernizar infraestructura y crear condiciones favorables para atraer talento, capital y actividad económica.
Los países que progresan no esperan que las oportunidades lleguen una y otra vez. Construyen capacidades para aprovechar cada una de ellas al máximo.
Quizás esa sea la mayor enseñanza que deja el estudio de Deloitte. El éxito económico no depende únicamente de organizar grandes acontecimientos, sino de diseñar una estrategia para el día siguiente.
Porque el verdadero triunfo nunca ocurre cuando termina el partido. Ocurre cuando comienza el trabajo de convertir ese momento en prosperidad duradera. Esa tarea exige visión, planificación y la voluntad de invertir hoy en las capacidades que permitirán generar oportunidades durante las próximas décadas.
El autor es socio líder de Deloitte Panamá.

