Señores, el diablo anda suelto. Sus demonios jamás están satisfechos y esperan las sombras para hacer más daño. Sin embargo, no tienen la apariencia que la mayoría de nosotros esperaría. No son rojos, con cachos y cola, ni tampoco andan envueltos en llamas, aunque con este calor cualquiera califica para sentir esa descripción como propia.
No, amigos, los demonios y el mismo diablo tienen apariencia de gente común. Gente de lo más común y ordinaria, pero que por dentro parece despertar con una sola intención. Su motivación cotidiana al despertar bien podría ser: «¿A quién le hago daño hoy?», y se apegan a ese propósito, perjudicando a todos.
No tengo manera de explicar cómo es posible que existan personas que se dediquen a hacer el mal todos los días. Pero sí las hay. Lo que hemos visto recientemente, y que me temo que apenas es la punta del iceberg de una corrupción gigantesca, no puede ser obra de ciudadanos honestos. Es un proceder tan malévolo que parece inspirado en las peores profundidades del infierno.
Mientras el mundo vive una crisis terrible, ciudadanos correctos se levantan cada día a aportar su granito de arena al desarrollo y a cumplir con su cuota de sudor para que el país se mantenga a flote. Trabajan de manera honesta, lo que bien pudiera ser sinónimo de hacer magia en estos días; tributan y cumplen a tiempo con el país.
Pero mientras esa gente buena hace lo propio y rema con rumbo al bien, otros demonios disfrazados de personas pervierten ese esfuerzo, alterando el destino de los tributos de los buenos para hacerlos llegar al bolsillo de los malos. ¡Qué vaina!
Señores, entendamos que, más allá del hurto de millones de dólares, queda el golpe económico para una persona o una empresa que batalla en una lucha desigual contra un sistema ingrato, contra una planilla estatal carísima e inoperante, contra las botellas y los políticos corruptos, para que, encima, vengan esos demonios a desaparecer el fruto de su esfuerzo.
Y, aparte de la deuda que queda registrada en el sistema, aun cuando ya se haya pagado, también se agranda la brecha de la desigualdad, puesto que esos recursos, con los que esos demonios se iban de viaje, dejan de utilizarse para reparar calles, construir escuelas, comprar medicinas o respaldar al productor interiorano.
¿Le parece que exagero? Ahora le hago una pregunta: ¿hay agua en el infierno? Bueno, acá tampoco la hay.
El diablo y su gente están sueltos y nos afectan a todos. La crueldad de estos tiempos convierte en un infierno la vida de demasiada gente buena. Mientras el carrusel de los millones llega solamente a un grupo allegado al poder, con viáticos mensuales que superan el salario anual de varias familias juntas, el pueblo pasa hambre, enfermedad y sed.
Mientras vemos cómo corren a defender a los perpetradores de semejante vileza, so pretexto de un sistema de justicia que vela por el bien de los malos, pero no por el de los buenos, el diablo y su gente siguen como si nada. Y es que nada les pasa precisamente porque ellos han hecho las leyes en beneficio propio y en perjuicio del ciudadano de bien.
Cace usted una iguana: preso, sin escalas.
Róbese usted cientos de millones del dinero público: presunción de inocencia, acuerdo de pena o váyase de vacaciones a un país vecino sin tratado de extradición.
Si eso no deja claro que vivimos en un país donde el crimen paga y la honestidad es casi un defecto, no se me ocurre otro ejemplo.
Oídos sordos al clamor ciudadano, pero abrazos y cariño para todo aquel genuflexo al poder.
—¿Qué tienen cuántos años sin agua potable?—Paciencia.
—¿Qué no quieren venir a trabajar, pero sí quieren cobrar completo?—Eso es un hecho, mi hermano.
La vorágine de perversión no se detiene y, justo cuando creemos que ya hemos escuchado todo, un nuevo escándalo se destapa con aristas aún más sórdidas que las anteriores.
Paisano, si no le metemos mente a este asunto, nada va a mejorar. No está bien llegar al poder para enriquecerse bajo el pretexto de que «robó, pero hizo». No hacen, pero sí roban. Y no solo hablamos de millones de dólares; hablamos del bienestar y la paz, del futuro del país y de nuestros hijos.
El trabajo de los empleados públicos es facilitarles la vida a los ciudadanos, no asociarse con el diablo.
El autor es ingeniero civil y escritor.


