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El laberinto panameño

Si entre todos no rompemos estos viciados ciclos sociales y políticos, seguiremos camino a ser un país de mano de obra barata, donde tocará empezar a emigrar o a engrosar las filas de la economía sumergida.

El laberinto panameño
Ilustración hecha con herramientas de IA.

Panamá y sus ciclos ceremoniosos, inútiles y costosos, solo proyectan una imagen recurrente de tercermundismo político que no nos beneficia ni dentro ni fuera: otra votación para elegir otra configuración de la Asamblea, que requiere no sesionar, volver a montar un circo vestidos de blanco, y recibir la bofetada de la realidad longeva del laberinto: Popi y Tito cumplen veintiocho años de teta laboral asamblearia, mientras Beni celebra treinta y ocho de feliz estancia en la misma papa política.

Los que venían a cambiar las cosas, Vamos, se pierden en el laberinto de conceptos políticos, «bancada», «independiente», «partido», para luego hacer un pódcast tratando de justificar, pretendiendo hacer pedagogía, sus decisiones desacertadas y poco sabias mientras otro de ellos, ex reciente, Neftalí (¡ay, mis luchas!), se va a otro a criticar e insinuar supuestas inconsistencias del carácter transparente y profesional de los diputados, como si él no fuera uno de ellos.

Luego el discurso vacío, con ecos de toma de posesión, con sonidos de paja infinita que suscita extrañeza, que trajo el presidente de la República. Excusas, visión idealizada de la realidad, más promesas, poca concreción: el que vino a ordenar el caos, si no se apura, pasará a la historia como el que inauguró las obras heredadas y que no terminó de poner en marcha más que la esperanza. El famoso, por ausente, chenchén, sigue sin aterrizar: seguramente está al fondo de una mina, eso es lo que nos quieren hacer ver.

Si entre todos no rompemos estos viciados ciclos sociales y políticos, seguiremos camino a ser un país de mano de obra barata, donde tocará empezar a emigrar o a engrosar las filas de la economía sumergida. La falta de agua, el estado de las carreteras o la nula certeza de castigo, siguen degradando la confianza en las instituciones. Y todavía quedan tres años más de lo mismo, de girar en cada esquina para volver a perdernos sin remedio a la vista.

El autor es escritor


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