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El miedo como paralizante social

El miedo como paralizante social
Tiempos de sumisión

García Márquez, en un cuento de tertulia que nunca llevó al papel, imaginó un pueblo que ardió sin causa. Alguien dijo que algo grave iba a ocurrir; otro, con mayor severidad, firmeza y gravedad, lo repitió en la plaza. Al mediodía nadie sabía qué era lo que realmente sucedería, pero todos empezaron a clamar a los cielos, deshaciéndose de todo para huir. Al caer la tarde, el pueblo era sombras y ceniza. No había llegado ningún enemigo. Había llegado el miedo, y con él bastó.

Al miedo se le atribuye, de ordinario, el carácter de emoción desagradable ante un peligro real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Los psicólogos lo sitúan en lo más antiguo del cerebro: la amígdala se activa antes de que el pensamiento delibere. Antes del pensamiento estuvo el susto. Por eso es rápido; por eso es eficaz; y por eso debiéramos tenerlo como un beneficio para la especie. El problema es lo que esa rapidez permite. Un mecanismo que responde antes de razonar es, para quien sabe accionarlo, el instrumento de gobierno más barato que existe.

La Boétie se preguntó, en su «Discurso de la servidumbre voluntaria», cómo millones obedecen a uno solo, a quien bastaría retirarle el consentimiento. Dijo que no era la fuerza, sino la costumbre, la pequeña ventaja cotidiana y el miedo. La tiranía se sostiene menos sobre la espada que sobre la red de complicidades menores con la que cada súbdito conserva su porción de calma. ¡Extraordinario!

Fromm advirtió que el hombre moderno, más que marchar hacia la libertad, huía de ella hacia el conformismo y el caudillo. Ser libre exige soledad, decisión y responsabilidad; yo agregaría disposición al sacrificio estoico, a la humillación, a las represalias y a la exclusión social. Todo eso da miedo. Es más cómoda la manada.

El terror no persigue eliminar a nadie en particular: vacía el espacio entre las personas, que es donde ocurre la vida sociopolítica. Quien solo administra su sobrevivencia abandona ese espacio, y la comunidad se reduce a la suma de temores privados. Ninguna suma de temores privados produjo jamás una república.

Aquí cabe la línea que esta tribuna viene trazando desde «Oligarquía sin Nación»: si en nuestros trópicos el poder económico se consolidó sin construir jamás una nación, es porque supo administrar el miedo: al desempleo para el trabajador, al escándalo para el juez y a la marginalidad para el profesional. Su efecto es siempre el mismo: la parálisis frente a la indignación. El poder no necesita convencer; le basta con que nadie se mueva.

La técnica se ha refinado: las reformas regresivas ya no se imponen; se cuelan por las ventanas que abre la conmoción. Se anuncia el colapso y, en el desconcierto, se aprueba lo impensable. Ha ocurrido con la jubilación, el subsidio, las tarifas y la concesión. La coerción física persiste, con el rostro cubierto del agente que entra sin motivo, pero es más eficaz la psicológica: la que fluye desde los grandes medios, los gremios empresariales y los púlpitos electorales.

Zavaleta describió sociedades abigarradas: el patrón teme al peón; el peón, al patrón; ambos, al Estado; y el Estado, a la metrópoli. Esa cadena diezma la voluntad de los pueblos, hasta que decidimos ser los de «El Punto Medio...».

Así, el médico decente calla al ver a sus colegas incurrir en mala praxis; el obrero ejemplar calla cuando sus camaradas dejan caer, a propósito, cemento en los desagües; el abogado, por oportunismo o conformismo, no denuncia al juez venal o incapaz; el periodista archiva la nota porque el aludido paga la pauta; el propietario que conoce el desvío de las cuotas de su edificio calla en la asamblea para no incomodar al vecino que la preside.

Ninguno es un cobarde en el sentido corriente. Cada uno hizo una cuenta, y la hizo bien: hablar cuesta el empleo, el cliente o la paz doméstica; callar no cuesta nada visible. Impecable en cada caso, ruinoso en la suma. Ese es el fraude del miedo: nos persuade de que la prudencia personal y la decencia colectiva son la misma cosa.

¿Hay salida? Havel sostuvo que el primer acto político no es la revolución, sino la negativa a participar en la mentira compartida. El verdulero que un día no cuelga el lema oficial no derriba al régimen, pero interrumpe, desde su mostrador, la cadena que lo sostenía. Al rebelarse, un hombre descubre que no está solo, dijo Camus.

Contra el miedo enquistado en el individualismo de la sobrevivencia no hay conjuro rápido, solo la lenta reconstrucción de un deber social y político. Pero sería deshonesto terminar ahí: ese deber casi nunca se reconstruye por convencimiento, sino después del desastre. No nos hicimos pueblo leyendo, sino en enero de 1964, cuando la muerte de nuestros muchachos, que intentaban izar la tricolor, convirtió en horas a una población dispersa en una sola voluntad.

Esa es la ley trágica: lo colectivo llega tarde, caro y por la vía del duelo. Solo cuando la sobrevivencia individual se vuelve imposible descubrimos que la única salvación está en la unidad.

Conviene, sin embargo, no consolarse: la tragedia no garantiza nada. El mismo dolor que aquí fundó una nación ha entregado, en otras latitudes, pueblos enteros al primer hombre fuerte que prometió que no se repetiría. El miedo no se cura con más miedo. La catástrofe abre apenas una ventana en la que un pueblo puede reconstituirse o rendirse, según si alguien, antes, hizo el trabajo de nombrar las cosas. Ese es el único oficio disponible mientras tanto: abaratar la tragedia conjurándola.

Porque el pueblo del cuento no ardió por un enemigo. Ardió solo, empujado por lo que creyó que iba a pasarle. La catástrofe que nos despierte, si acaso lo hace, también será obra nuestra.

Yo, por mi parte, confieso que a veces me postro ante el cansancio y, cuando reacciono, me veo entre la manada. Es entonces cuando me levanta el gen de aquel primate que un día tuvo que andar erguido para anticipar al depredador.

El autor es abogado.


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