Panamá nació por un atajo: una franja que el mundo necesitaba atravesar. De esa geografía no heredamos vocación productora, sino el hábito de cobrar por el paso. Un hábito que, sin que nadie lo decidiera del todo, terminó determinando quién acumula riqueza aquí y quién la observa de lejos.
El historiador Alfredo Figueroa Navarro lo documenta sin retórica. En Dominio y sociedad en el Panamá colombiano (1821-1903) reconstruye testamentos y protocolos notariales para mostrar que, en el siglo XIX, el poder no brotaba de la tierra, sino de unas pocas familias en Ciudad de Panamá y Colón que controlaban aduanas, ferrocarril y comercio. No producían: cobraban.
Ese legado persiste. Cerca del 75% del PIB depende de servicios: Canal, banca, logística. Moody’s y Standard & Poor’s ven una economía diversificada y resiliente; no se equivocan, pero vale precisar qué clase de diversidad es esa. Canal, banca, seguros, logística y turismo obedecen al mismo principio: alguien necesita cruzar, guardar o mover algo. Es diversificación horizontal sobre un solo activo. Ninguna cartera seria descansa únicamente en eso: la diversificación real reparte el riesgo entre categorías que no dependen del mismo viento.
Hubo un paréntesis que vale recordar. La mina de cobre de Donoso llegó a representar tres cuartas partes de nuestras exportaciones de bienes, hasta que protestas ambientales y un fallo de la Corte detuvieron la operación. Por unos años, vendimos al mundo algo distinto al tránsito. Esa experiencia abre preguntas sobre manufactura ligera, agroindustria o cualquier industria capaz de convertir materia prima local en valor añadido.
La tecnología apunta en una dirección parecida. En Ciudad del Saber operan empresas que exportan software en lugar de contenedores. En 2025, el 60% de las exportaciones de servicios fue digital. Industria, agro o código no surgen por decreto, pero comparten algo que el peaje nunca tuvo: generan cadenas de proveedores, empleos especializados y capacidades que no desaparecen cuando cambia el ciclo.
Los testamentos del siglo XIX resolvían quién heredaba qué. La pregunta hoy es más amplia: ¿qué recibimos y qué dejaremos? Heredamos el atajo. El destino todavía está por escribir.
El autor es empresario.

