El pregón del vendedor de periódicos se apagó. Ya no se escucha. Atrás quedaron aquellos tiempos en que, en muchas calles de la ciudad, antes que el trino de los pájaros, lo que despertaba a más de uno era la potente voz del periodiquero anunciando los titulares del día. Con una habilidad que hoy parece irrepetible, resumía las noticias más importantes en pocas palabras, despertando la curiosidad de quienes aún terminaban el café o apenas abrían la puerta de la casa.
Era un noticiero ambulante. No necesitaba cámaras, micrófonos ni redes sociales. Su voz bastaba para captar la atención de todo un barrio. Muchas veces, incluso, alcanzaba a leer alguna noticia o a comentar con quienes salían a comprar el diario. Tenía ese don de convertir un simple recorrido en un encuentro cotidiano entre vecinos.
Confieso que en más de una ocasión me despertó con sus pregones. Y aunque a algunos pudiera parecerles un ruido madrugador, para mí era parte de la rutina. Siempre he sido un apasionado de los periódicos, así que procuraba tener las monedas listas para cuando pasara. Compraba mi ejemplar, lo saludaba y, casi sin darnos cuenta, terminábamos comentando la noticia política del momento, algún escándalo nacional o el resultado del partido de la noche anterior. Lo curioso era que el periodiquero no solo vendía periódicos; estaba bien informado. Conocía la actualidad, opinaba, debatía y muchas veces sabía más que quienes apenas abríamos las páginas del diario.
El periódico impreso tenía un ritual que difícilmente podrá reemplazarse. Abrir sus páginas, sentir el olor de la tinta fresca, doblarlo para leer la sección favorita y acompañarlo con una taza de café durante el desayuno era una experiencia completa. No había prisa por deslizar una pantalla ni ansiedad por la siguiente notificación. Había tiempo para leer, reflexionar e, incluso, recortar algún artículo que merecía conservarse.
Con el paso de los años, la tecnología transformó nuestra forma de informarnos. Internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales hicieron que las noticias llegaran al instante, sin esperar la edición del día siguiente. La inmediatez terminó imponiéndose sobre la paciencia. Hoy basta con sacar el celular del bolsillo para enterarse de lo que ocurre en cualquier rincón del planeta.
No hay duda de que ese avance ha traído enormes beneficios. Tenemos acceso a una cantidad de información que antes era inimaginable. Podemos consultar distintas fuentes, ver videos en tiempo real y conocer los acontecimientos apenas suceden. La información viaja a la velocidad de un clic.
Pero, como suele ocurrir con los grandes cambios, también algo quedó en el camino.
Desaparecieron muchos kioscos de periódicos. Los ejemplares impresos disminuyeron su circulación y, con ellos, fueron desapareciendo esos personajes que formaban parte del paisaje urbano. El periodiquero era uno de ellos. Era un trabajador madrugador que recorría calles y avenidas con una disciplina admirable, llevando noticias y construyendo relaciones con sus clientes habituales. Muchos conocían por su nombre a quienes les compraban todos los días y sabían quién prefería leer deportes, economía o la página de opinión.
Hoy cuesta imaginar esa escena. Los jóvenes probablemente nunca escucharon un pregón anunciando los titulares del día. Para ellos, las noticias siempre han vivido dentro de una pantalla. Quizá por eso no logren comprender la emoción que representaba esperar el periódico, abrirlo y descubrir qué estaba ocurriendo en el país y en el mundo.
No se trata de idealizar el pasado ni de renegar de la tecnología. Los cambios son inevitables y sería absurdo negar las ventajas del periodismo digital. Lo que vale la pena recordar es que, detrás de cada transformación, también desaparecen costumbres, oficios y pequeñas tradiciones que daban identidad a nuestras ciudades.
Cada generación tiene sus sonidos. La de hoy crece entre notificaciones, tonos de celulares y asistentes virtuales. La de muchos de nosotros también tuvo el silbato del afilador, la campana del camión del gas, el pregón del vendedor de pan y, por supuesto, la inconfundible voz del periodiquero anunciando las noticias del día.
Todavía guardo con cariño esos recuerdos. Recuerdo esperar su paso, comprar el periódico y sentarme a disfrutar de una lectura pausada mientras desayunaba. Eran momentos sencillos, pero profundamente humanos. Quizá el pregón del periodiquero ya no vuelva a escucharse en nuestras calles, pero, mientras exista la memoria, seguirá resonando en quienes tuvimos el privilegio de despertar con la noticia anunciada a viva voz, cuando informar también era un oficio que caminaba de puerta en puerta.
El autor es abogado, docente y periodista.

