Uno cree que el tiempo avanza despacio… hasta que descubre que ya no reconoce a los cantantes nuevos, que la rodilla suena cuando uno se levanta del sofá y que los niños que uno vio jugando trompo ahora pagan impuestos y suben fotos de sus hijos que van al colegio.
El tiempo no camina. El tiempo corre. Y además corre ligero, sin sudar y sin mirar atrás.
Cuando uno es niño, diciembre tarda como siete años en llegar. Las vacaciones parecen eternas y cumplir años era una emoción, porque significaba crecer, mandar un poquito más y soplar velitas sin remordimientos. Pero algo extraño ocurre después de cierta edad: los años empiezan a pasar como si alguien estuviera adelantando la película con control remoto.
Uno dice: “Este año sí voy a ahorrar”. Y cuando viene a ver, ya están vendiendo natilla en el supermercado y uno sigue igual de quebrado, pero con más barriga y menos cabello. También están las famosas metas de enero: gimnasio, dieta, aprender inglés, madrugar, leer más libros y dejar el azúcar. Promesas tan efímeras que muchas duran menos que el entusiasmo del primero de enero.
Y ahí aparece otra tragedia silenciosa: el tiempo perdido.
Porque, además de perder tiempo haciendo fila, esperando llamadas que nunca llegan o escuchando audios eternos de gente que pudo escribir “ok”, también desperdiciamos años completos en proyectos inútiles, amores imposibles, amistades dudosas y consejos de personas que apenas pueden manejar su propia vida.
¿Durante cuántos años se intentó salvar relaciones que nacieron dañadas? ¿Cuánto tiempo se perdió rogándole cariño a quien respondía mensajes cada tres días y, encima, escribía: “Perdón, estaba ocupado”?
Hay gente que invierte más tiempo persiguiendo personas equivocadas que persiguiendo sueños propios.
También están los proyectos absurdos. El negocio milagroso del amigo que iba a volver millonario a todo el mundo y terminó vendiendo licuadoras por internet. La dieta revolucionaria basada en agua tibia con limón. El curso motivacional del “gurú” que hablaba de éxito mientras debía tres meses de arriendo.
Y ni hablar de los malos consejos. Porque siempre aparece alguien diciendo:
—“Renuncie tranquilo, algo saldrá”.
Y sí salió… la deuda.
O el clásico:
—“Siga insistiendo, ella en el fondo sí lo quiere”.
Y el fondo resultó ser otro novio.
Uno pierde tiempo por terquedad, por miedo, por costumbre y, a veces, por no aceptar lo evidente. Hay personas que pasan años enteros esperando cambios que jamás llegan. Como quien sigue echándole monedas a una máquina dañada, creyendo que esta vez sí dará premio.
Y mientras tanto el reloj sigue avanzando sin compasión.
Por eso, una de las cosas más valiosas que puede darle un amigo a otro no es plata, ni regalos, ni consejos sacados de frases de internet. Es tiempo. Porque dedicarle tiempo a alguien es regalarle un pedazo de vida que jamás se recupera.
El tiempo perdido no vuelve. Nadie ha logrado jamás encontrar un martes extraviado debajo de la cama ni recuperar los diciembres desperdiciados. El tiempo se va silenciosamente. Sin escándalo. Como esos amigos que dicen “ya regreso” y desaparecen veinte años.
Y los hijos… ah, los hijos merecen capítulo aparte.
Uno parpadea y ya no caben en el carrito del supermercado. Parpadea otra vez y ya usan el celular mejor que uno. Después comienzan a pedir permiso para salir; luego, las llaves del carro; luego se enamoran; luego se van de la casa y un día, sin previo aviso, llegan con un bebé en brazos y uno queda mirando al techo, preguntándose:
“¿En qué momento pasó todo esto?”
¿En qué momento ese niño que lloraba porque no encontraba un dinosaurio terminó pagando hipoteca?
Los padres viven con esa sensación permanente de asombro y nostalgia. Pasan años rogando cinco minutos de silencio… y después darían cualquier cosa por volver a ver los juguetes regados por la sala.
El autor es ingeniero retirado.
