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Éramos de barro… y no nos pasó nada

Éramos de barro… y no nos pasó nada
Imagen conceptual elaborada con asistencia de IA.

A veces pienso que mi generación tuvo una infancia equivocada.

No teníamos celular, internet, videojuegos, computadora portátil, inteligencia artificial, etc.

Y, para colmo, ¡la televisión tenía unos cuantos canales, era en blanco y negro y había que levantarse del sofá para cambiarla!

Y aquí estamos.

Vivos.

Ha pasado mucho tiempo desde nuestra niñez y todavía caminamos, conversamos, trabajamos y, algunos, hasta pensamos por cuenta propia.

Porque crecimos en una época en la que la tecnología más sofisticada de la casa era el teléfono fijo.

Nuestros padres tampoco tenían manuales de crianza.

Tenían algo mucho más efectivo: autoridad.

Mamá decía “no” y se acababa la discusión.

Papá decía “porque yo lo digo” y uno entendía perfectamente el significado de aquella frase.

No había negociación.

A nuestros abuelos se les respetaba, se les escuchaba y se les quería.

Cuando hablaban, los niños cerrábamos la boca.

Hoy hay negociación con los padres como si estuvieran cerrando un tratado internacional.

—¡Quiero el celular!—No.

—¡Pero yo quiero!—Te dije que no.

—¡Todos mis amigos tienen!

Y empieza la negociación.

Quince minutos después, el niño tiene el celular, el papá tiene dolor de cabeza y la autoridad paterna acaba de presentar su renuncia.

Íbamos y regresábamos a la escuela caminando. No importaba si quedaba a diez cuadras o a cuarenta.

No había ruta escolar, ni chofer, ni papá haciendo de Uber.

Y después de clases venía nuestra verdadera universidad: la calle.

Allí aprendíamos a jugar, a perder, a ganar, a defendernos, a compartir y hasta a resolver nuestras pequeñas peleas.

Jugábamos fútbol durante horas, con sol, lluvia, barro y hambre.

Nos raspábamos las rodillas, los codos, las manos y, algunas veces, hasta la cara.

Y regresábamos a casa como si hubiéramos participado en una guerra.

Mamá veía las heridas.

Curación y regaño.

Pero al día siguiente volvíamos.

Porque una rodilla raspada no era una tragedia.

Era parte de la infancia.

Aquellas cicatrices nos enseñaban algo que ningún tutorial de YouTube puede enseñar:

que uno se cae, se sacude el polvo y vuelve a intentarlo.

Las tareas tampoco eran una producción cinematográfica.

Había que investigar, abrir libros, buscar en la enciclopedia o en la biblioteca. Preguntábamos, leíamos, escribíamos y, sobre todo, pensábamos.

No existía Google. No existía el copiar y pegar. No existía la inteligencia artificial.

Hoy algunas tareas parecen diseñadas para poner a prueba la capacidad intelectual de los padres.

Uno ve al papá con la computadora, el celular, tres libros abiertos y cara de desesperación.

El niño, mientras tanto, jugando.

Y ni hablar de los profesores. El maestro era casi una autoridad sagrada.

Si llegábamos diciendo que el profesor nos regañó, la pregunta de nuestros padres era:

—¿Y qué hiciste tú?

Hoy, en algunos casos, la pregunta parece ser:

—¿Y qué le hizo el profesor a mi hijo?

Antes el profesor podía llamar la atención.

Hoy tiene que pensarlo dos veces.

Porque puede aparecer el padre, la madre, el coordinador, la dirección, el abogado y, si se descuidan, hasta las Naciones Unidas.

Si tose en el salón… ¡Para la casa!

Nosotros tosíamos, nos mojábamos, nos caíamos y seguíamos jugando.

Y si llegábamos con fiebre, mamá nos metía en la cama.

Hoy protegemos tanto a nuestros hijos de la vida que a veces corremos el riesgo de entregarles una vida sin entrenamiento para enfrentarla.

Porque la vida real no funciona así.

La vida golpea, decepciona, pone obstáculos, rompe el corazón.

Por eso, quizás, nuestra generación tuvo algo que hoy debemos recuperar: la capacidad de aguantar.

No hablo de maltrato, de abandonar a los niños, de ignorar sus problemas.

Hablo de enseñarles que no todo dolor necesita una ambulancia, que no todo fracaso necesita un terapeuta y que no toda frustración necesita que un adulto corra a solucionarles la vida.

Nosotros no teníamos Google y aprendíamos buscando.

Ellos tienen toda la información del mundo al alcance de un dedo y, algunas veces, no leen ni la primera línea.

Nosotros teníamos las rodillas llenas de cicatrices.

Ellos tienen las rodillas intactas…

pero a veces llegan a la adultez sin saber cómo levantarse cuando la vida les da el primer golpe.

Y quizás ahí está la verdadera comparación entre aquella infancia y esta.

No se trata de volver al pasado.

La tecnología llegó para quedarse y bienvenida sea.

Lo que no podemos permitir es que, mientras llenamos a nuestros hijos de comodidades, les vaciemos la capacidad de enfrentar las incomodidades.

Porque llegará el día en que no habrá papá, mamá, profesor, tutor, psicólogo, Google ni inteligencia artificial que pueda resolverles el problema.

Ese día tendrán que hacerlo ellos.

Por eso, de vez en cuando, dejémoslos caminar, mojarse, correr, equivocarse, perder, aburrirse, rasparse una rodilla, hacer su propia tarea, recibir un “no”, resolver, esperar, ensuciarse, levantarse, pedir perdón y, sobre todo, entender que el mundo no gira alrededor de ellos.

Que aprendan que una caída no es el final de la historia.

Porque nosotros crecimos con las rodillas raspadas, los codos llenos de cicatrices y el pantalón cubierto de barro.

¡Y cada cicatriz en nuestro cuerpo nos hacía más fuertes!

Y quizás hoy, más que proteger a nuestros hijos de cada pequeño rasguño, deberíamos preocuparnos por algo mucho más serio:

que no lleguen a la vida adulta con las rodillas intactas… pero sin saber levantarse.

No preparemos el camino para nuestros hijos; preparemos a nuestros hijos para el camino.

El autor es ingeniero retirado.


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