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Goleada lingüística en la final de Nueva York

La final entre Argentina y España sirve de pretexto para recordar cómo América convirtió el español heredado en un idioma propio, diverso y compartido.

Goleada lingüística en la final de Nueva York
NEW YORK (United States), 18/07/2026.- Fans of Argentinian soccer team gather as fans take over Times Square ahead of the World Cup final game, in New York, New York, USA, 18 July 2026. (Mundial de Fútbol, Nueva York) EFE/EPA/OLGA FEDOROVA

Si Bolívar, Guadalupe Victoria o San Martín se colaran este domingo en el estadio donde se juega la final del Mundial, no verían la batalla en Ayacucho, San Juan de Ulúa o San Lorenzo, sino un campo en Nueva York tomado por guerreros con distintos estandartes, pero empuñando un mismo idioma. Ahí entenderían que su hazaña no fue solo romper la delantera de la corona, sino que nos apropiamos de su lengua. No por sumisión, sino para convertirla en nuestra propia arma. El contraataque estratégico perfecto.

El Mundial 2026 arrancó con un error táctico de manual cometido por la propia FIFA. Con la torpeza de un defensa que despeja mal, intentó cantar un “offside lingüístico” en las conferencias de prensa. Los de la Federación enderezaron el rumbo, México es uno de los anfitriones, no hubo necesidad de VAR y menos mal, porque en la final de este 19 de julio serán otros los que tengan que buscar intérprete.

Para este juego, tuvimos estrategas que se colgaron el Balón de Oro mucho antes que cualquier campeón lo soñara. Andrés Bello fue el primero, el ‘Príncipe’ Francescoli de la gramática, poniendo orden donde había caos. Si Iker Casillas era el muro de la Roja, el colombiano Rufino José Cuervo fue el nuestro bajo los palos del idioma, evitando que se desmoronara. En el medio, el guatemalteco Lisandro Sandoval, como si fuera el Fulo Martínez, recuperó cada palabra para que no se sintiera extranjera en nuestro propio diccionario. Y en el banco, Domingo Faustino Sarmiento, maestro y técnico rebelde argentino que quiso cambiar el reglamento en pleno partido. Con la garra del ‘Chiqui’ Arce, Sarmiento insistió en que el idioma se juega a diario, en terrenos distintos, y que tenemos derecho a discutir las reglas. La academia peninsular se impuso e intentó silbarnos falta, pero terminamos robándoles la pelota varias veces hasta acostumbrarlos.

A esta altura del campeonato ya cayó el imperio inglés, el portugués, el francés, los faraones y hasta la épica vikinga. Dos siglos después, el destino nos cita en Nueva York. La pelota es redonda y las palabras son libres; las moldeamos nosotros mismos como lo harán Argentina o a España, Leo o con Lamine con su selección. Scaloni y de la Fuente, como auténticos quijotes, bien saben que ‘las palabras que no llegan a los hechos no valen nada’, pero el idioma no ha esperado el pitazo final del partido y ya ha cantado victoria por goleada.

La autora es periodista.


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