Panamá se acerca a ser un Estado fallido, sin institucionalidad, sin partidos políticos independientes o de oposición, controlados por una turba de títeres que están a las órdenes de quien se comporta más como emperador que como un presidente que debe su administración al voto popular, con la obligación de rendir cuentas. Ahora el Órgano Legislativo está bajo el control de un oficialismo de dudosa actuación, con un pasado con características más parecidas a bandas organizadas que a un gobierno. Nuestra democracia está secuestrada y es doloroso reconocer que es culpa de nuestra propia ignorancia, de la falta de malicia política y del más elemental sentido común. El presidente enarbolaba la bandera de la seguridad ciudadana como uno de sus nuevos pilares de trabajo diciendo que pedirá el endurecimiento de penas, mientras la diputada que estaba detrás de él —recién sentada en la presidencia de la Asamblea Nacional— aplaudía, recordando su papel como defensora de criminales y homicidas, haciendo lo posible para que sus clientes permanezcan el menor tiempo posible en prisión o sacándolos de la cárcel. Pareciera que nadie reconoce el evidente conflicto de interés que supone hacer leyes contra la delincuencia y luego, tras participar en su creación, defenderlos de estas.
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Hoy por hoy: Poder absoluto
03 jul 2026 - 05:00 AM