La disputa entre Thomas Jefferson y Alexander Hamilton surgió mientras ambos formaban parte del gabinete del presidente George Washington. A diferencia de sus dos brillantes ministros, Washington era un hombre pragmático, sin rigideces ideológicas, que intentaba mantenerse ecuánime y tolerante para que no lo secuestraran las posturas diametralmente opuestas de sus dos colaboradores más importantes.
Jefferson y su gran aliado James Madison formaron el Partido Demócrata-Republicano (sin relación directa con ninguno de los dos partidos actuales). Representaban los intereses agrícolas, estaban en contra de las barreras proteccionistas impulsadas por las élites industriales del Norte y defendían los derechos soberanos de los estados frente al gobierno federal. Eran firmes críticos de la deuda soberana y de la existencia de un banco central, y se oponían con dureza a la clase financiera e industrial del noreste.
Por su parte, Hamilton y quienes compartían sus ideas crearon el Partido Federalista, que representaba los intereses del sector industrial y financiero del Norte. Apoyaban la imposición de aranceles a los productos manufacturados que competían con las industrias norteñas y propugnaban un gobierno federal con amplios poderes frente a los estados. Creían firmemente en la necesidad de financiar parte del gasto público mediante deuda soberana, así como en la creación de un banco central con el monopolio de la emisión monetaria.
En materia diplomática también existían profundas diferencias, sobre todo respecto a las guerras entre la Francia revolucionaria y las monarquías de Europa. Jefferson —que había sido embajador en Francia— y los demócrata-republicanos apoyaban al gobierno francés, mientras que Hamilton y los federalistas abogaban por una relación estrecha con Inglaterra.
En las elecciones de 1796 se enfrentaron Jefferson, candidato de los demócrata-republicanos, y el entonces vicepresidente John Adams, candidato del Partido Federalista. Adams obtuvo la victoria y los federalistas lograron la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Sería, no obstante, la primera y última derrota electoral de Jefferson y su partido.
Durante la presidencia de Adams, la polarización se acentuó. El Congreso llegó a promulgar las Leyes de Extranjería y Sedición, una verdadera “ley mordaza” destinada a perseguir las críticas a las políticas gubernamentales que provenían de diarios afines a Jefferson y Madison.
El principio del fin del dominio federalista llegó con las elecciones de 1800, una de las más polémicas de la historia estadounidense. Según las reglas electorales de la época, cada partido postulaba a dos candidatos a la presidencia. Jefferson y su compañero de fórmula, Aaron Burr, empataron con 73 votos en el Colegio Electoral, superando a los candidatos federalistas John Adams y Charles Cotesworth Pinckney. Ante esa situación, la Constitución establecía que la Cámara de Representantes debía elegir al presidente. Aunque Burr pertenecía al mismo partido que Jefferson, Hamilton lo consideraba una persona sin integridad moral. Contra todo pronóstico, Hamilton instó a los congresistas federalistas a apoyar a Jefferson. Gracias a esos votos, Thomas Jefferson se convirtió en el tercer presidente de Estados Unidos. Por convicción ética, Hamilton prefirió apoyar a su enemigo político.
En 1804, Aaron Burr mató a Alexander Hamilton en un duelo que surgió de un conflicto de calumnias e injurias, agravado además por la aplastante derrota electoral de Burr. Ese mismo año, los votantes reeligieron a Jefferson. Curiosamente, quizá por pragmatismo, nunca intentó desmantelar las instituciones ni revertir las principales políticas públicas concebidas por Hamilton.
Lo cierto es que, aunque la rivalidad entre Jefferson y Hamilton fue feroz y cada uno llegó a ver en el otro una amenaza mortal para la república que ambos habían ayudado a forjar, bajo la superficie de las acusaciones permanecía un sólido fondo de mutuo respeto como patriotas. En última instancia, ambos actuaron siempre por lo que creían que era el bien de Estados Unidos. Esa convicción compartida, más que sus diferencias, los convierte en fundadores inseparables de la nación.
Con la muerte de Hamilton, el Partido Federalista fue languideciendo hasta su gradual desaparición, mientras que los demócrata-republicanos se mantuvieron en el poder sin una verdadera oposición durante más de dos décadas, hasta su posterior fraccionamiento. Pero más allá del impacto político que ambos estadistas tuvieron en su época, resulta notable la vigencia de su legado. Sus distintas visiones de país y sus posturas ideológicas siguen resonando hoy y constituyen parte esencial de muchas de las políticas públicas que se discuten a ambos lados del espectro político estadounidense.
El autor es abogado.


