Escribo desde el urbanismo y los avalúos, no desde la macroeconomía. No pretendo corregir modelos; pretendo conectar lo que los indicadores retratan con lo que miles de familias experimentan cada fin de mes. La tesis es sencilla: llevamos décadas discutiendo la variable equivocada.
Nuestro debate económico es predecible. Ante cada desaceleración, la receta es reactivar la construcción y la obra pública; cuando el crecimiento regresa sin que el bienestar se perciba, discutimos salarios, inflación o desigualdad como piezas sueltas de un mismo sistema. La pregunta crucial no es cómo crecer ni cómo redistribuir, sino cómo un país transforma la riqueza que genera en bienestar efectivo para su gente.
La calidad del desarrollo depende menos de la velocidad con que se crea riqueza que de la solidez de los mecanismos que la transmiten y la convierten en bienestar. Panamá es un caso nítido: su plataforma de servicios globales —el Canal, la logística, los puertos y el centro financiero— produce niveles monumentales de valor agregado con una baja absorción de mano de obra. Cuando casi la mitad de la población ocupada opera en la informalidad, el fenómeno no es un fallo de supervisión, sino un dato estructural: los sectores más dinámicos carecen de vasos comunicantes para absorber la mano de obra disponible. En Panamá, crear riqueza y crear empleo dejaron de ser casi lo mismo.
El PIB mide el volumen de producción, pero es ciego a la experiencia de los hogares. Lo que determina la percepción de prosperidad es el ingreso residual: el margen que queda después de cubrir los costos ineludibles —vivienda, deuda, transporte, electricidad, educación y salud—. Ese margen también depende de los bienes públicos que no es necesario comprar: seguridad, transporte masivo, educación y espacio urbano.
Aquí el urbanismo deja de ser una disciplina estética y se revela como una herramienta económica de primer orden —y esto lo afirmo desde mi oficio—. Las ciudades, al ordenar el espacio, predeterminan la estructura de costos del presupuesto familiar. Una ciudad dispersa y sin planificación opera como un impuesto invisible que drena el ingreso en combustible, tarifas y horas perdidas en la congestión; una ciudad compacta, con mixtura de usos y densificación en torno al transporte masivo, devuelve ingreso residual al ciudadano sin presionar los costos de las empresas.
El mercado inmobiliario ofrece una radiografía elocuente. Según el informe 2026 de 4S Real Estate, la venta de vivienda nueva cayó cerca de un 40 % entre 2024 y 2025. La causa inmediata fue coyuntural —la eliminación del bono solidario y la suspensión del interés preferencial—, pero ese detonante dejó al descubierto un problema estructural: el acceso a la vivienda propia no estaba sostenido por los salarios reales, sino por un respirador fiscal. Cuando el Estado dejó de subsidiar esa ineficiencia en la transmisión del beneficio, el sistema excluyó automáticamente a buena parte de la masa laboral. Los mismos datos muestran una bifurcación: más del 45 % de la demanda proviene de compradores extranjeros y el metro cuadrado supera los 4,600 dólares en el Casco Antiguo, mientras el crédito endurecido y los alquileres erosionan la capacidad de compra de las familias de ingresos medios. Y una advertencia desde los avalúos: un subsidio a la vivienda, sin control sobre la especulación del suelo, termina capitalizándose en el precio de la tierra; beneficia al propietario del terreno, no al comprador final.
Más fértil que la vieja dicotomía entre mercado y Estado es un concepto complementario: la recirculación del capital. Se trata de diseñar reglas para que los excedentes de los sectores de vanguardia financien la modernización de sectores con alta absorción de empleo —como la agroindustria de valor, el turismo especializado y las industrias culturales— antes de pasar por las arcas públicas. Eso exige el puente financiero que hoy falta: un mercado de capitales local más profundo y una banca de desarrollo de segundo piso que reduzca el riesgo del crédito destinado a la innovación agropecuaria e industrial. El café Geisha muestra el camino: no abandonar lo tradicional, sino sofisticarlo para que las actividades que emplean a más personas capturen mayor valor por trabajador. No es filantropía; es la prima de seguro de los propios activos en el territorio.
Este enfoque permite salir del callejón de responder al desempleo únicamente con construcción. La construcción seguirá siendo importante —la conozco de cerca—, pero es un sector cíclico y no puede convertirse en el desahogo estructural del mercado laboral. La pregunta relevante no es qué obra levantaremos el próximo año, sino qué inversiones, públicas y privadas, aumentan simultáneamente la productividad del país, incorporan a más personas a la creación de riqueza y elevan de forma permanente el ingreso disponible de los hogares.
Y, con honestidad, mucho de lo necesario para pasar de la intuición a la certeza aún no está medido. La última encuesta de ingresos y gastos del INEC corresponde a 2017-2018. No vengo a llenar ese vacío con cifras que no tengo; vengo a señalar que la conversación mejora cuando reconocemos dónde termina lo que sabemos.
El autor es arquitecto y urbanista.
