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La diplomacia que no siempre se ve

La diplomacia que no siempre se ve
La representación diplomática y el servicio exterior. Tomado de internet

Una llamada fuera del horario habitual. Un panameño que perdió sus documentos. Una familia enfrentando una emergencia. Un compatriota hospitalizado o detenido a cientos de kilómetros. En esos momentos, lejos de las recepciones oficiales, las fotografías y las mesas de negociación, también se ejerce la diplomacia.

Representar a Panamá en el exterior es un privilegio, pero también una enorme responsabilidad.

La Carrera Diplomática y Consular cumple una función esencial: defender los intereses nacionales, atender a nuestros ciudadanos y representar dignamente al país. Es una profesión que exige preparación, vocación, disciplina y sacrificio, pero, sobre todo, un profundo orgullo por Panamá.

Ser diplomático significa llevar el nombre del país en el pecho, incluso cuando nadie está mirando.

Cada 20 de agosto conmemoramos el Día del Diplomático Panameño, en honor al natalicio del doctor Ricardo J. Alfaro. Es una fecha para recordar a quienes construyeron nuestro servicio exterior y para pensar en una dimensión de esta profesión de la que pocas veces se habla.

Cuando uno entra a la Carrera Diplomática sabe, en teoría, que tendrá que dejar su país, separarse de su familia y comenzar de nuevo en otros destinos. Lo sabemos desde el principio. Pero una cosa es tener conciencia de ese sacrificio y otra muy distinta es vivirlo.

Vivirlo significa estar a horas y miles de kilómetros de casa. Significa desenvolverse en otro país, con otras costumbres y, muchas veces, en otro idioma. Significa construir una vida sin la red de apoyo que siempre estuvo allí: sin la familia cerca, sin los amigos de toda la vida, sin poder aparecer simplemente en casa de alguien cuando el día fue difícil.

También significa perderse cumpleaños y momentos que no vuelven. Aprender a acompañar por una pantalla y aceptar que, mientras uno representa a Panamá fuera de sus fronteras, una parte importante de la vida continúa ocurriendo en casa.

No lo digo como una queja. Pero reconocer el sacrificio también es reconocer el valor humano de quienes ejercen esta profesión.

Por eso siempre he pensado que la Carrera Diplomática es una maratón y no una carrera de velocidad. Exige paciencia, constancia, preparación y humildad para seguir aprendiendo.

Estar lejos de casa no es una experiencia exclusiva del diplomático; miles de profesionales y trabajadores hacen sacrificios semejantes, e incluso mayores. Lo particular de esta función está en otra parte: cuando un panameño enfrenta una crisis en el extranjero, la embajada o el consulado puede convertirse en su único vínculo con el Estado panameño. En una detención, una hospitalización, la pérdida de documentos o una situación de vulnerabilidad, el diplomático deja de ser solamente un representante del país ante otro gobierno y se convierte, dentro de los límites de la ley, en el rostro de Panamá frente a uno de sus ciudadanos.

Y dentro de esa experiencia existe otra diplomacia que pocas veces ocupa titulares: la labor consular.

Allí atendemos al ciudadano que perdió su pasaporte, a las familias que atraviesan una emergencia, a los panameños hospitalizados o detenidos y a quienes necesitan orientación para regresar al país. En esa función, uno aprende que detrás de cada trámite existen personas, familias esperando noticias y ciudadanos que, en ocasiones, no necesitan solamente una respuesta administrativa, sino también ser escuchados y orientados con respeto.

También aprendemos que ayudar no siempre significa poder resolver. Una embajada no puede sustituir a las autoridades judiciales, migratorias o administrativas del país receptor ni actuar fuera de sus competencias. Pero sí podemos acompañar, orientar, buscar alternativas dentro de la ley y explicar con honestidad qué se puede hacer y qué no.

Esa combinación entre empatía y responsabilidad ha sido, para mí, una de las mayores enseñanzas de la función consular.

Porque la diplomacia no se ejerce únicamente frente a una mesa de negociación. También se ejerce contestando una llamada, escuchando a un compatriota angustiado o buscando una salida para quien se siente solo lejos de Panamá.

Quizás por eso esta profesión tiene una paradoja especial: muchas veces nosotros mismos estamos lejos de nuestra familia y de nuestra propia red de apoyo, mientras nos corresponde convertirnos en un punto de apoyo para otros panameños.

Esa es la diplomacia que no siempre se ve. La silenciosa. La que sucede lejos de los reconocimientos. La que nos recuerda que antes que cargos, rangos o destinos, somos servidores públicos.

Y al final, sin importar dónde estemos, esa sigue siendo nuestra responsabilidad: servir dignamente a Panamá, cuidar su nombre y estar, cuando sea posible, para los panameños que nos necesitan.

El autor es diplomático de carrera.


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