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La familia que Dios nos regaló

La familia que Dios nos regaló
Imagen conceptual de IA.

Hay regalos tan grandes que dejamos de verlos porque siempre han estado con nosotros.

La familia es uno de ellos.

Ninguno de nosotros escogió la familia en la que nació. Esa bendición nos la regaló Dios. Fue allí donde pronunciamos nuestras primeras palabras, dimos nuestros primeros pasos, recibimos nuestros primeros abrazos y escuchamos nuestros primeros consejos. Sin darnos cuenta, allí comenzaron a formarse los principios que terminarían guiando nuestra vida.

Si la familia en la que nacimos fue un regalo de Dios, formar nuestra propia familia es la decisión más importante de nuestra vida. Cuando elegimos a nuestra pareja, no solo abrazamos a una persona, sino también su historia, sus valores, sus alegrías, sus heridas y a toda su familia. Esa decisión influirá en nuestra vida y en la de generaciones que todavía no han nacido.

Con los años también descubrimos que el tiempo vale más que el dinero.

Yo también tuve que aprenderlo. Durante una etapa de mi vida acepté un trabajo que me mantenía lejos de quienes más amaba. No me arrepiento de esa decisión, pero sí del tiempo que nunca podré recuperar. Con los años entendí que casi nunca nos arrepentimos del trabajo que hicimos, sino del tiempo que dejamos de compartir con quienes más amamos.

Hay abrazos que no admiten aplazamientos. Hay conversaciones que solo pueden ocurrir una vez. Hay etapas de nuestros hijos que, cuando pasan, ya no vuelven.

¿Cuántas veces salimos de la casa de nuestros padres con prisa, pensando que siempre habrá otra oportunidad para volver? ¿Cuántas veces hemos dejado una llamada para mañana? Todos recordamos una mesa familiar llena de risas. Lo triste es que muchas veces no comprendemos su verdadero valor hasta que una silla queda vacía.

Quizá por eso las familias no permanecen unidas por casualidad. Permanecen unidas porque alguien decide llamar, visitar, organizar una reunión, escuchar a los mayores, acompañar a quien está sufriendo o, simplemente, sentarse a la mesa. El amor familiar no sobrevive solo; necesita tiempo, presencia y cuidado.

Como muchos, hoy atravieso una de las pruebas más difíciles de mi vida. No escribo estas líneas porque haya encontrado todas las respuestas. Las escribo porque sigo caminando. El sufrimiento me ha enseñado que los golpes de la vida nos vuelven más conscientes. Recordamos abrazos que no dimos, palabras que no dijimos y heridas que provocamos precisamente a quienes más amábamos. Entonces aparecen el arrepentimiento y, muchas veces, la vergüenza. La culpa puede ayudarnos a cambiar; la vergüenza solo nos encierra. El amor, en cambio, siempre nos invita a salir de ese escondite.

También he descubierto que las familias no necesitan personas perfectas; necesitan personas humildes. Todos, tarde o temprano, herimos a alguien que amamos. El orgullo nos convence de que tenemos razón; el amor nos invita a pedir perdón. Cuando un familiar atraviesa una enfermedad, una dificultad o una crisis, la comprensión siempre será más valiosa que el juicio. Nunca sabemos qué batalla está librando en silencio.

El patrimonio económico de una familia nunca determina su verdadera riqueza. Las riquezas materiales pueden crecer, disminuir o desaparecer. Incluso pueden dividir a una familia cuando las cosas ocupan el lugar de las personas. Todos conocemos familias en las que padres, hijos, hermanos o primos dejaron de hablarse, a veces hasta la muerte. Los valores, en cambio, solo permanecen cuando cada generación decide vivirlos y transmitirlos. Esa es la única herencia que nunca pierde valor.

Cuando Dios me llame a su presencia, no quisiera que mi familia me recordara por mis éxitos. Me bastaría con que pudieran decir que procuré amarlos, que supe pedir perdón cuando me equivoqué, que tuve la voluntad y la valentía para corregirme y cambiar mi rumbo, que nunca dejé atrás al más débil y que, aun en los momentos más difíciles, seguí confiando en Dios y aceptando su voluntad.

Al final comprendemos que Dios no nos regaló una familia solamente para crecer en ella. Nos la regaló para aprender a amar y transmitir ese amor a quienes vendrán después de nosotros.

La única herencia que nunca pierde valor es una familia que aprendió a amar.

El autor es empresario, consultor y caballero de la Orden de Malta.


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