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La humildad en la política

La humildad en la política
Palacio Justo Arosemena. LP/Alexander Arosemena

Hay una palabra que brilla por su ausencia en los discursos políticos, en los debates televisados y en las declaraciones de prensa de casi cualquier líder: la humildad. No la humildad fingida del político que confiesa errores menores para parecer cercano, sino la humildad auténtica como disposición moral, como postura ante el conocimiento, ante el poder y ante el otro. Tres pensadores, Alasdair MacIntyre, Michael Sandel y Liliana Irizar, ofrecen claves para entender por qué su ausencia no es un detalle de estilo, sino una crisis de fondo.

MacIntyre, en Tras la virtud, sostiene que las sociedades modernas perdieron el hilo conductor de la ética de las virtudes, reemplazándolo por un emotivismo moral que reduce el bien a una preferencia personal. En ese vacío florece un tipo de líder que administra el poder sin referencia a una comunidad de sentido, que actúa como si sus juicios fueran técnicos, neutrales e indiscutibles, cuando en realidad están cargados de valores que no se someten a deliberación pública. Desde esta mirada, la soberbia política no es solo un defecto de carácter; es el síntoma de una cultura que confundió eficiencia con sabiduría, notoriedad con autoridad moral y éxito electoral con superioridad ética. El político arrogante es el producto esperado de un sistema que debilitó las prácticas comunitarias donde la virtud se aprende. Para MacIntyre, una comunidad política sana no se construye con individuos que buscan únicamente poder, prestigio o beneficio, sino con ciudadanos y gobernantes capaces de ordenar sus acciones hacia el bien común.

Sandel, en La tiranía del mérito, agrega otro ángulo. La política contemporánea ha construido una narrativa según la cual quienes gobiernan merecen su posición porque son los más capaces, los más preparados, los que “llegaron por sus propios méritos”. Ese relato, aparentemente democrático, produce una forma peligrosa de soberbia. Cuando el líder cree que su posición es fruto exclusivo de su talento y esfuerzo (y no también del azar, del contexto, de las instituciones y de la comunidad que lo formó), pierde la capacidad de escuchar, de rectificar y de reconocer lo que no sabe. Ganar no equivale a tener siempre la razón. Una mayoría electoral no convierte al adversario en enemigo ni al gobernante en dueño del Estado. Las urnas entregan un mandato, no una infalibilidad. La humildad, para Sandel, no es debilidad; es el reconocimiento de que el éxito individual siempre tiene una deuda con lo colectivo. Un gobernante que olvida eso no solo es arrogante; es injusto.

Por último, Liliana Irizar ha insistido en que la virtud no puede pensarse al margen de la comunidad. En su lectura del humanismo cívico, la humildad no equivale a apatía ni a resignación, sino a la disposición de quien sabe que el bien común no puede lograrse en solitario. Es, en términos aristotélicos, una condición del diálogo genuino, un puente entre el poder y la legitimidad. Así se puede comprender que una política sin humildad se vuelve un monólogo arrogante.

Y aquí conviene reflexionar sobre algo que el propio Aristóteles legó y que Tomás de Aquino iluminó con más hondura: la diferencia entre la magnanimidad y la vanidad. El magnánimo aspira a lo justo, sin empequeñecerse por falsa modestia ni inflarse por vanagloria. La humildad no es enemiga de la grandeza, sino su condición de posibilidad. Solo quien reconoce de dónde viene su poder y su deuda con los demás puede ejercerlo sin corromperse. El político grande, en este sentido clásico, no es el que se agranda ante las cámaras, sino el que sabe medirse ante esta verdad: la humildad no achica al líder, lo ordena.

Estos pensadores convergen en un punto: la humildad política no es una virtud menor ni decorativa. Es una condición estructural de la democracia y la política. Sin ella, el diálogo se convierte en escenificación, la deliberación en espectáculo y la representación en impostura. No se trata de pedir líderes indecisos, tibios o sin convicciones. Se trata de exigir políticos capaces de decir “no lo sé”, “me equivoqué” o “usted tiene razón”, sin que eso sea visto como una derrota. La humildad política nace de reconocer al otro como alguien valioso, no como obstáculo, cliente, voto o amenaza. El político humilde escucha antes de imponer, consulta antes de decretar, rectifica cuando se equivoca y, sobre todo, no convierte el cargo en un espejo para contemplarse a sí mismo. En tiempos en que la certeza arrogante se ha vuelto moneda electoral, recuperar la humildad como virtud pública quizá sea el acto político más radical que queda por hacer.

El autor es abogado y economista, máster en democracia y buen gobierno, y máster en derecho penal.


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