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La infraestructura invisible

Dos incendios que revelaron la verdadera resiliencia de una ciudad

La infraestructura invisible
El Cuerpo de Bomberos de Panamá durante el incendio registrado la noche del 1 de julio en calle Veraguas en el corregimiento de San Felipe. Foto: LP/ Gabriel Rodríguez

Hay infraestructuras que todos podemos ver: carreteras, hospitales, escuelas y estaciones de bomberos. Son indispensables y ocupan un lugar visible en los presupuestos públicos. Pero existe otra infraestructura —quizá la más importante de todas— que ningún presupuesto puede construir por sí solo. Solo descubrimos su verdadero valor cuando una ciudad enfrenta una tragedia. Los dos incendios ocurridos recientemente en Casco Antiguo me permitieron comprender cuál es esa infraestructura invisible.

He vivido en Panamá durante veintisiete años, ocho de ellos en Casco Antiguo. En ese tiempo he sido testigo de, al menos, cuatro grandes incendios en el barrio. Lo verdaderamente preocupante no es que ocurran, sino que, después de cada uno, volvemos a las mismas preguntas y a las mismas promesas, sin detenernos a reflexionar sobre otra cuestión igualmente importante: ¿qué sostiene realmente a una comunidad cuando una emergencia apenas comienza?

Una vez controlado el primer incendio, mientras las instituciones iniciaban las labores de atención y evaluación, fui testigo de otra respuesta mucho menos visible. La comunidad comenzó a moverse. Vecinos de Casco Antiguo llevaron agua potable, leche para bebés y pañales, y acompañaron también a las familias afectadas. Ante el prolongado apagón que dejó sin electricidad a gran parte del barrio, me comuniqué con el Hotel La Compañía para solicitar apoyo con el almuerzo de las familias damnificadas. La respuesta fue inmediata. Bajo la dirección de su chef, el equipo preparó una comida caliente para cerca de un centenar de personas. Al mismo tiempo, restaurantes, comercios, empresas y voluntarios comenzaron a organizarse espontáneamente para coordinar alimentos y apoyo, sin que nadie tuviera que dar instrucciones. En cuestión de horas, establecieron un sistema para cubrir desayunos, almuerzos y cenas durante varios días consecutivos, asumiendo cada establecimiento una comida diferente. Lo verdaderamente extraordinario no fue la solidaridad, sino descubrir que la comunidad sabía transformar esa solidaridad en una respuesta organizada.

Cuando llegué al refugio temporal habilitado en el Estadio Beto Raimon, me encontré con una escena completamente diferente. Grandes cantidades de ropa y otros suministros originalmente destinados a las víctimas del terremoto en Venezuela habían sido desviados allí. Mientras los medios filmaban el refugio, las donaciones seguían llegando, y el acaparamiento de estos artículos, que ya no eran necesarios, solo sobrecargaba al gobierno municipal y a otras agencias que coordinaban los esfuerzos de ayuda. Por lo tanto, hice un llamado público a nuestra comunidad para que suspendiera temporalmente la donación de ropa y calzado.

Ayudar va más allá de donar. También implica escuchar, observar, mantener la información actualizada y coordinar los esfuerzos de todas las partes. El principio es simple: en situaciones de emergencia, no basta con confiar únicamente en la solidaridad para obtener más ayuda. El verdadero desafío reside en comprender la situación cambiante, saber cuándo y cómo brindar ayuda a quienes la necesitan y tomar medidas efectivas. Porque la información más reciente puede salvar vidas.

Días después ocurrió un segundo incendio, esta vez en Santa Ana. La primera emergencia nos había enseñado a responder mejor a la segunda: ya sabíamos cómo organizar la alimentación, identificar las necesidades reales y evitar donaciones innecesarias. Sin embargo, el momento que más me marcó ocurrió lejos de las llamas. Aquella noche, veintiocho niños y las religiosas de un hogar infantil cercano tuvieron que ser evacuados debido al humo, aunque el fuego nunca alcanzó el edificio. Vecinos y voluntarios de Casco acudieron de inmediato para acompañarlos, y Sofitel Legend Casco Viejo les ofreció alojamiento durante la noche.

Al día siguiente, los acompañamos de regreso. Esa misma noche, una de las religiosas nos escribió una carta de agradecimiento en la que decía que nuestra presencia había transformado la incertidumbre en una experiencia cobijada por el cuidado, “especialmente para los pequeños”.

A la mañana siguiente, recibí otra llamada. Treinta y un residentes, entre ellos seis niños, seguían atrapados en el Parque V Centenario. Aunque sus casas no habían sido destruidas por el fuego, no podían regresar porque los bomberos seguían combatiendo las llamas y velando por la seguridad. Llevaban casi 24 horas a la intemperie, acompañados únicamente por personal del Sinaproc. Dado que los hoteles y restaurantes ya habían proporcionado ayuda sustancial durante el incendio inicial, decidimos apelar directamente a los residentes del Casco Antiguo. La respuesta fue inmediata: nos proporcionaron agua, almuerzo, cena e incluso desayuno para el día siguiente.

Con el paso del tiempo, nos dimos cuenta de que necesitábamos restablecer la normalidad más básica. La importancia de coordinar y divulgar estos recursos donados es un tema que rara vez se aborda en el discurso público sobre la gestión de desastres. Muchos negocios y residentes querían ayudar, pero su primera pregunta no era qué se necesitaba, sino más bien: “¿A través de quién podemos brindar asistencia?”. Esta pregunta no se refiere a la generosidad, sino a la confianza, una condición necesaria para que la ayuda sea realmente efectiva. Cuando la información es clara, transparente y se actualiza constantemente, la gente sabe cuánto donar, cuándo donar y cuándo dejar de donar. La unidad requiere organización, y la organización requiere confianza.

Fue entonces cuando comprendí que la gobernanza no consiste únicamente en repartir responsabilidades. También exige liderazgo, coordinación y la capacidad de integrar esfuerzos diversos alrededor de un mismo objetivo. Durante aquellos días vi instituciones públicas, empresas y ciudadanos trabajando con un compromiso admirable. Sin embargo, coordinar tantos actores requiere mecanismos que, sencillamente, todavía no existían. Nunca faltó solidaridad; lo que faltaba era una forma de organizarla. La verdadera resiliencia aparece cuando todos trabajan como aliados. Eso, precisamente, es la gobernanza.

La gestión del riesgo no comienza el día del desastre. Se construye mucho antes, fortaleciendo la confianza, consolidando mecanismos de coordinación y aprendiendo de cada emergencia. Una ciudad resiliente no es la que nunca enfrenta tragedias, sino la que aprende de ellas para responder mejor a la siguiente. Los incendios destruyeron edificios, pero también dejaron al descubierto algo mucho más valioso: ninguna inversión pública puede, por sí sola, crear la confianza, la cooperación, el liderazgo ni la capacidad colectiva para responder a una emergencia. Todo ello solo se construye con el tiempo, trabajando juntos antes de que llegue la próxima crisis. Esa es la infraestructura invisible.

Esta es la infraestructura intangible y, quizás, el activo social más importante.

La autora es presidenta de la Asociación de Vecinos y Amigos de Casco Antiguo (AVACA). Cursa estudios sobre Gobernanza y Gestión Pública.


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