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La marea se está retirando

En junio pasó por Panamá una noticia que casi nadie comentó. El Gobierno suizo anunció que retirará por completo su cooperación para el desarrollo de América Latina y redirigirá esos recursos hacia países de renta más baja en África y Asia. La medida empieza a regir en 2029. No hubo escándalo, ni acusación, ni nada contra qué protestar: un país rico decidió, con toda razonabilidad, que su dinero hacía más falta en otra parte.

Sospecho que pocas juntas directivas de esta ciudad lo discutieron. Debieron hacerlo.

Porque Suiza no es un caso aislado. Es una señal. En 2025 quedó suspendida cerca del 84% de la ayuda estadounidense al desarrollo destinada a América Latina, y desde Guatemala hasta el Darién hay organizaciones que recortaron programas, prescindieron de personal o cerraron. Un colectivo guatemalteco que ofrecía pruebas y tratamiento de VIH sencillamente dejó de hacerlo por falta de recursos. El patrón ya es inconfundible y no depende de un gobierno ni de una elección: los donantes del mundo están reordenando sus prioridades y América Latina —más rica en el papel de lo que se siente en la calle— está siendo reclasificada fuera de su generosidad.

Para Panamá esto supone una exposición particular. Somos un país de renta media, con centro financiero, canal y una economía que fotografía muy bien de lejos. Precisamente por eso nos recortan primero. Los mismos indicadores que citamos con orgullo son los que le dicen a un financiador extranjero que ya no calificamos. Hemos dedicado décadas a construir una imagen de prosperidad mientras una parte considerable de nuestro sector social se sostenía con dinero de gente que nunca estuvo obligada a seguir dándolo.

Quisiera nombrar ese arreglo con claridad, porque rara vez lo hacemos. Durante décadas tratamos la cooperación internacional como si fuera infraestructura, tan permanente como una carretera. Nunca lo fue. Siempre fue el gasto discrecional de otro, sujeto a la política, al presupuesto y al cambio de parecer de otro. Sobre esa base montamos programas, contratamos personal y les hicimos promesas a comunidades enteras. Y lo hicimos sin plantearnos nunca la única pregunta que importaba: ¿qué pasa el día que se acabe?

Ya lo sabemos.

Hace algunas semanas escribí en estas páginas que Panamá no tiene un problema de generosidad, sino de instituciones: que somos magníficos en la emergencia e inseguros en lo cotidiano. El retiro del financiamiento externo es lo que convierte esa observación en una urgencia. Una cosa es carecer de instituciones sólidas mientras alguien más paga discretamente la diferencia. Otra muy distinta es carecer de ellas cuando ya no la paga nadie.

El dato alentador es que el capital está aquí. Un estudio reciente sobre fundaciones familiares y corporativas en Panamá encontró que 31 de ellas invirtieron más de 24 millones de dólares en un solo año. Es dinero real, dado por panameños a causas panameñas. No es ni de lejos todo lo que podríamos hacer y se concentra fuertemente en uno o dos sectores, pero demuestra que apostar por la filantropía local no es una fantasía. Lo que nos falta no es la riqueza. Es la arquitectura: el hábito, la gobernanza, los mecanismos que convierten la generosidad en permanencia.

La pregunta, entonces, se vuelve práctica: ¿qué exige realmente esa arquitectura? En la próxima entrega quisiera entrar a una sala que casi nadie examina y en la que he pasado 30 años: la de las juntas directivas. Porque la confianza que llevaría a un donante panameño a financiar una organización durante cinco años, y no durante una velada, se construye —o se pierde— en esa mesa: en las juntas que gobiernan de verdad y en las que solamente aplauden.

Y después, una pregunta más difícil todavía, que estoy viviendo en estos días junto a una organización que acompaño: ¿qué ocurre cuando la fundadora está lista para retirarse, su junta envejece con ella y las personas más jóvenes a quienes invitan a ocupar esas sillas siguen diciendo que no? Sus razones, cuando uno se sienta a escucharlas en privado, no son las que suponemos.

La marea se está retirando. Lo que quede en pie dependerá de si dedicamos estos años a construir instituciones o simplemente a esperar que el agua siguiera alta.

La autora es consultora en filantropía y desarrollo institucional.


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