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La noche de los 40 grados

La noche de los 40 grados
La influenza es una infección respiratoria contagiosa causada por un virus que afecta la nariz, la garganta y los pulmones. Puede provocar fiebre, tos, dolor de cuerpo y cansancio, y en algunos casos complicarse. Foto/iStock

Hay noches que no se olvidan. Una de ellas fue la noche en que Clara, mi hija de 8 años, empezó con 40 grados de temperatura. No una fiebre cualquiera —esa que sube un momento y baja con acetaminofén—, sino una que tardaba hasta dos horas en ceder y volvía cada cuatro horas, puntual y despiadada, como si el cuerpo de mi hija fuera un campo de batalla. Dolor de cabeza, dolor de cuerpo, un malestar tan profundo que no quería moverse, no quería comer, no quería nada. La miré postrada en la cama y pensé lo que piensan todas las madres en ese momento: ¿cuándo va a pasar esto?

Pasó y no fue necesario ir al hospital. Pero el recuerdo de esa noche todavía me estremece.

La influenza no es un resfriado más fuerte. Es una enfermedad seria, con complicaciones reales, que puede llevar a un niño sano de la escuela al hospital en cuestión de días. Y lo más importante —lo que más me duele repetir, pero que tengo la obligación de decir— es que, en la gran mayoría de los casos, es prevenible.

Esta temporada, los CDC reportan 139 muertes de niños por influenza en Estados Unidos. El año pasado fueron 290. Detrás de cada uno de esos números hay una familia que también tuvo una noche como la mía, pero que no terminó igual. Y el dato que más me impacta: el 85% de esas muertes ocurrió en niños que no estaban completamente vacunados. No es una coincidencia. Es una tendencia que se repite temporada tras temporada y que nos dice algo que no podemos ignorar.

La tasa de hospitalización en Estados Unidos en niños esta temporada, de 53 por cada 100,000, es la segunda más alta registrada desde 2010. Los más vulnerables son los más pequeños: los menores de un año se hospitalizan a una tasa de 142.6 por cada 100,000. Esto no es estadística fría; son bebés y niños, en su gran mayoría, previamente sanos.

En Panamá, los números nos hablan con la misma claridad. Según un reciente informe del Ministerio de Salud, el acumulado de muertes por influenza en lo que va del año asciende a 31. Y el dato que más obliga a reflexionar: el 90.3% de esas personas fallecidas no tenía la vacuna contra la influenza actualizada. El 74.2% presentaba factores de riesgo —edad avanzada, enfermedades cardíacas, diabetes o problemas renales— que hacían la vacuna no solo recomendable, sino imprescindible.

La vacuna contra la influenza no es perfecta. Ninguna vacuna lo es. Pero reduce drásticamente el riesgo de enfermedad grave, hospitalización y muerte. La recomendación es clara: la Academia Americana de Pediatría indica que todos los niños mayores de 6 meses deben vacunarse, salvo que tengan una contraindicación médica específica. En Panamá, esta vacuna ya está incluida en el calendario nacional de vacunación desde los 6 meses de edad. Las dosis ya están disponibles y esperan a quienes decidan protegerse.

Porque la influenza no discrimina. Puede golpear con fuerza a una persona completamente sana y puede ser devastadora en un niño o un adulto que convive con una condición de base.

Como pediatra, he tenido la conversación sobre la vacuna miles de veces. Y entiendo las dudas: que si este año la vacuna no tiene una buena correspondencia con las cepas circulantes, que si mi hijo ya la recibió antes, que si es un virus que cambia tanto que no vale la pena vacunarse. Las entiendo, las respondo con paciencia y las respeto. Pero también sé lo que veo en la consulta o en la sala de hospitalización cuando la influenza llega sin vacuna de por medio.

Y como madre, sé lo que se siente ver a tu hija con 40 grados de fiebre, contando las horas hasta que la fiebre cediera.

Las muertes y hospitalizaciones por influenza son, en gran medida, prevenibles. No hay ningún niño, ningún adulto mayor ni ninguna persona con factores de riesgo que deba atravesar esa experiencia si existe una forma de reducir significativamente las probabilidades de sufrir sus consecuencias más graves.

En casa, como todos los años, ya estamos vacunados. Clara estaba vacunada el año pasado y estoy segura de que por eso no terminamos en el hospital. Porque a veces el virus llega igual, pero podemos evitar que sus consecuencias sean devastadoras para quienes amamos.

La autora es pediatra.


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