Hace apenas unos días se cumplió un nuevo aniversario de la firma de los Tratados Torrijos-Carter, resultado de años de lucha y perseverancia de distintas generaciones en la búsqueda de una soberanía plena. Corresponde agradecer a quienes dieron su voz, su esfuerzo, su valentía y, en muchos casos, su vida por esa aspiración, así como reconocer el papel decisivo del general Omar Torrijos Herrera en la etapa que condujo a la firma de los tratados. Aquella conquista trascendió nuestras fronteras y encontró respaldo fuera de Panamá.
Pero esos logros no surgieron de manera espontánea. Detrás hubo una formación que enseñaba a valorar la palabra, respetar los deberes, comprender el significado de pertenecer a un país y reconocer que algunas causas trascienden el interés individual. Esa conciencia permitió sostener durante años una aspiración colectiva y entregar a las generaciones siguientes un país con mayores conquistas y responsabilidades.
Por eso merece atención la enseñanza de la Historia de las Relaciones entre Panamá y los Estados Unidos de América. Más allá de lo que establezcan los planes oficiales, importa cuánto de esa memoria está llegando a las aulas y cuánto comprenden de ella nuestros jóvenes. Conocer la historia no es solo recordar fechas; es formar criterio, identidad y conciencia de país. ¿Cómo se valora y se defiende aquello cuyo significado se desconoce?
Y es precisamente al mirar ese pasado cuando debemos pensar en el presente. Aquellas generaciones recibieron principios, orientación y sentido de responsabilidad. Hoy corresponde preguntarnos qué estamos transmitiendo nosotros a quienes deberán recibir, cuidar y mejorar lo que les entreguemos. ¿Qué clase de país estamos construyendo con nuestras decisiones y qué sociedad estamos dejando a quienes vendrán después de nosotros?
Durante mucho tiempo, buena parte de esa formación comenzó en el hogar. Allí se aprendía a saludar, respetar a los mayores, pedir permiso, dar las gracias, cumplir la palabra, cuidar lo ajeno y reconocer límites. No eran tiempos perfectos ni hogares perfectos. También había ausencias, dificultades y familias fracturadas. Muchos niños fueron criados por sus abuelos o por otros familiares y, aun así, encontraron orientación, disciplina y la convicción de que educarse podía abrirles camino.
Los tiempos han cambiado y es natural que así sea; lo preocupante no es el cambio, sino lo que estamos dejando caer en el camino. No deberían desaparecer el respeto, la cortesía, el valor de la palabra, el deseo de superarse ni la capacidad de convivir con quien piensa diferente. Basta mirar alrededor para advertir que algunas formas elementales de convivencia se han debilitado. Nos hablamos con menos paciencia, reaccionamos con mayor agresividad y ciertos gestos de consideración son cada vez menos frecuentes. Parecen cosas pequeñas, pero son señales de algo mayor.
La formación tampoco termina en la puerta del hogar. Los maestros, los servidores públicos y quienes ejercen autoridad tienen una enorme responsabilidad. Un educador transmite conocimientos, pero también enseña con su conducta. Quienes gobiernan o desempeñan altas funciones públicas también envían mensajes con cada decisión. Cuando quienes tienen mayores responsabilidades proceden de manera contraria a los principios que decimos defender, ¿qué están aprendiendo nuestros niños y nuestros jóvenes?
No se trata de afirmar que todo tiempo pasado fue mejor ni de colocar sobre la juventud una culpa que no le corresponde exclusivamente. Sería demasiado fácil señalarla sin examinar los entornos en los que está creciendo. El hogar orienta, la escuela educa, las instituciones deben proteger y la conducta pública deja enseñanzas. Cuando exigimos una conducta, pero con nuestras acciones mostramos otra, debilitamos los mismos valores que decimos defender.
La preocupación no nace únicamente de percepciones. Según UNICEF Panamá, en el país hay 995 niños, niñas y adolescentes viviendo en albergues, de los cuales 480 se encuentran allí por situaciones de violencia, abandono, descuido o negligencia. Por su parte, el Ministerio Público reportó 1,998 denuncias recibidas por las Fiscalías Superiores de Adolescentes entre enero y mayo de 2026, frente a 1,651 en el mismo período de 2025, lo que representa un aumento del 21 %. Detrás de esas cifras hay vidas, familias y entornos donde algo no está funcionando como debería.
La verdadera alarma aparece cuando dejamos de reaccionar. Cuando la mentira, el abuso, la falta de respeto o la indiferencia se repiten hasta convertirse en parte de lo cotidiano, el problema ya no está solamente en lo que ocurre, sino en aquello que comenzamos a tolerar. Una sociedad también se define por lo que está dispuesta a defender y por aquello que se niega a aceptar.
UNICEF también documenta que, entre 2021 y 2025, 727 niños, niñas y adolescentes lograron egresar de un albergue de forma segura y retornar a una familia. No es una cifra que borre la alarma, pero demuestra que, cuando el hogar, las instituciones y la comunidad actúan de manera conjunta, los números pueden cambiar de dirección. Ahí está la prueba de que todavía estamos a tiempo.
Eso exige mucho más que discursos. Exige coherencia en el hogar, vocación en la escuela, firmeza en las instituciones y conducta ejemplar en quienes ejercen autoridad. Cada generación recibe un país que debe cuidar, fortalecer y entregar en mejores condiciones de como lo recibió.
El país de mañana no será un accidente. Será exactamente lo que hoy decidamos enseñar, corregir, exigir o callar. No hará falta un gran anuncio ni una fecha en el calendario para saber que lo perdimos: bastará con mirar a nuestros hijos y no reconocer en ellos los valores que un día juramos defender.
La pregunta ya no es qué país queremos dejar. Es si todavía estamos a tiempo de merecerlo.
La autora es educadora.
