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La tarea perfecta que su hijo no sabe explicar

La tarea perfecta que su hijo no sabe explicar
Imagen conceptual elaborada con asistencia de OpenAi

Su hijo entregó la tarea en quince minutos. Usted la revisa: ortografía limpia, ideas en orden, un vocabulario que lo sorprende, una conclusión que suena madura. Da tranquilidad. Uno piensa que estudió, que entendió, que por fin el esfuerzo de la casa rindió frutos.

Y entonces uno señala una frase y pide algo mínimo: “Explícame esto con tus palabras”.

Lo que sigue, muchas veces, es que el muchacho puede leer la oración. Hasta puede repetirla casi entera. Lo que no puede es decir qué significa sin volver a leerla.

Le confieso de dónde vengo. Llevo más de treinta años parado frente a estudiantes universitarios, enseñando auditoría, sistemas de información, derecho informático y, últimamente, inteligencia artificial aplicada. He visto entrar y salir herramientas, modas, promesas. No me pongan del lado de los que le tienen miedo a la tecnología: buena parte de mi vida profesional se la debo a ella, y no reniego de eso.

Por eso quiero ser preciso en lo que me preocupa. No me quita el sueño que un estudiante use inteligencia artificial. Me quita el sueño que haya dejado de intentarlo antes de usarla.

Hoy nos llegan trabajos mejor escritos que nunca. Mejor redactados, sin faltas, con una estructura que a veces supera lo que ese mismo estudiante produce cuando habla en clase. Uno diría que es un progreso. Pero basta una pregunta de tres palabras para saber si el documento se comprendió o solo se entregó: “¿Por qué esta conclusión?”.

Ahí se ve todo. Hay estudiantes que responden sin titubear, y uno nota que la máquina solo les sirvió para ordenar algo que ya traían pensado. Y hay otros que no sostienen ni una línea del texto que firmaron. El documento está ahí, impecable, pero ellos nunca estuvieron dentro.

Durante toda mi carrera evaluamos el resultado. La tarea, el informe, la nota. Si el producto salía bien, dábamos por hecho que hubo aprendizaje detrás. Esa cuenta ya no cierra. Una herramienta produce en segundos un texto que parece escrito por alguien que investigó, comparó, dudó y tomó posición. Y capaz de que no pasó nada de eso.

No siempre hablamos del plagio de antes. Puede que no haya una sola página copiada ni un párrafo que aparezca idéntico en internet. Las palabras son nuevas. Y, aun así, el razonamiento puede no ser de quien firma. Por eso cuesta tanto reconocerlo.

Súmele otra cosa: el muchacho siente que no hizo nada malo. Escribió una instrucción, recibió una respuesta, cambió unas frases, entregó. Le pusieron la nota. Nadie le reclamó. Desde donde él lo mira, funcionó.

Y sí. Funcionó para pasar la tarea.

La factura no llega esa semana. Llega el día en que tenga que defender una idea sin ayuda, contestar algo que nadie le anticipó, resolver un problema que no viene con instrucciones adjuntas. Ese día no le va a alcanzar con un texto elegante. Va a tener que entender lo que dice y sostenerlo delante de alguien.

Yo, como profesor, aprendí a desconfiar un poco de la perfección cuando viene sin explicación. Y, ojo, no digo que todo buen trabajo sea sospechoso; sería una injusticia y una tontería. Digo que hoy hay que mirar algo más que el papel.

Lo he vivido más de una vez. El estudiante trae una idea que parece firme; uno le cambia una palabra a la pregunta y, de golpe, no sabe cómo seguir. No es que le falte capacidad. Casi siempre es la señal de que nunca tuvo que caminar el trecho que lleva hasta la respuesta.

No hace falta montar un tribunal en la sala de la casa. Hace falta conversar. Pregúntele qué entendió. Pídale otro ejemplo. Cámbiele una condición. Pregúntele con qué parte no está de acuerdo. Cuatro preguntas de sobremesa dicen más que cualquier corrector de plagio.

Porque una tarea puede estar impecable y esconder, al mismo tiempo, una ausencia que ninguna calificación registra. Esa ausencia es la que a mí me interesa. El documento engaña porque conserva todas las formas externas del aprendizaje: el orden, el vocabulario, la seguridad, hasta la conclusión. Lo único que ya no garantiza es que haya alguien pensando detrás de esas formas.

No se trata de prohibir la herramienta de inteligencia artificial. Se trata de no entregar con ella algo que después va a costar mucho recuperar.

Así que la próxima vez que su hijo le traiga un trabajo perfecto, siéntase orgulloso. Y hágale una pregunta más: mientras esa tarea se pensaba, ¿dónde estaba él?

El autor es profesor universitario.


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