Ay, Señor, aquí vengo otra vez.
No porque haya ocurrido una desgracia nueva, sino porque en este país una misma desgracia puede producir suficientes lamentaciones como para escribir varias ediciones.
Y no quiero generalizar.
Dios me libre.
Generalizar es una falacia y, además, siempre aparece alguien diciendo:
—Yo no soy así.
Perfecto.
Entonces esta lamentación no es para usted.
Es para mí.
Y para aquel que, mientras la lee, diga en silencio:
—Bueno… tampoco es que yo haga todo eso.
Ahí comenzamos mal.
Porque una de nuestras grandes virtudes es reconocer inmediatamente los defectos ajenos y necesitar una comisión investigadora para encontrar los propios.
Nos quejamos.
¡Cómo nos quejamos!
Del precio de la comida.
Del calor.
Del tranque.
Del salario.
De la inseguridad.
De las promesas.
De las decisiones.
De que nada cambia.
De que todo está caro.
De que nadie cumple.
De que nadie aprende.
Nos quejamos tanto que, si las lamentaciones cotizaran para la jubilación, algunos ya estarían retirados con doble pensión.
Y lo hacemos con disciplina.
Nos levantamos quejándonos.
Desayunamos quejándonos.
Trabajamos quejándonos.
Regresamos a casa quejándonos.
Y antes de dormir publicamos:
«Este país no cambia porque aquí nadie hace nada».
Recibimos cuarenta «exactamente».
Cinco caritas enojadas.
Tres banderas.
Dos «así mismo es».
Y un señor que nadie conoce escribe:
—La verdad sea dicha.
Listo.
Ya hicimos nuestra revolución del día.
Podemos dormir.
Hasta mañana.
Porque el problema es que nos encanta exigir cambios mientras esperamos que empiecen en la casa de otro.
Queremos responsabilidad.
En los demás.
Queremos honestidad.
En los demás.
Queremos respeto por las reglas.
En los demás.
Nos quejamos del juega vivo, pero cuando nos favorece le cambiamos el nombre y le decimos «ser pilas».
Nos quejamos de los favores, pero cuando necesitamos uno preguntamos:
—Tú que conoces gente… ¿no sabrás de alguien?
Nos quejamos de quien se mete en la fila, pero si tenemos prisa descubrimos que la fila puede ser interpretada de manera creativa.
Porque hasta para hacer trampa tenemos filosofía.
Y después vienen nuestras explicaciones favoritas.
«Todo el mundo lo hace».
Ah, maravilloso.
Entonces no tenemos un problema.
Tenemos una mayoría.
«El otro es peor».
Magnífico.
No demuestra que hicimos bien las cosas.
Solo demuestra que encontramos a alguien que las hizo peor.
«Siempre se ha hecho así».
Una frase tan poderosa que ha logrado mantener vivas costumbres que deberían estar jubiladas.
Y cuando ya no queda argumento…
atacamos a la persona.
Porque discutir una idea requiere pensar.
Decir «ese no sabe nada» solamente requiere confianza.
Así fabricamos nuestras verdades:
un poquito de «me dijeron»,
otro poquito de «yo escuché»,
una cucharada de «todo el mundo sabe»
y bastante de «a mí me parece».
Receta nacional.
Luego llega la política.
Ahí sí nos ponemos serios.
Prometemos recordar.
Prometemos investigar.
Prometemos pensar.
Prometemos que esta vez no nos van a engañar.
Y entonces aparecen las mismas caras, las mismas promesas, los mismos abrazos, los mismos discursos y aquella frase que parece venir con música de fondo:
—Ahora sí.
Y nosotros:
—Bueno… vamos a ver.
¡Ay, Señor!
¿Otra vez?
Otra vez.
Porque tenemos una memoria extraordinaria para recordar quién nos debe cinco dólares desde hace ocho años, pero una memoria sorprendentemente frágil para recordar qué ocurrió la última vez que escuchamos exactamente la misma promesa.
La memoria selectiva también vota.
Después elegimos.
Esperamos.
Nos decepcionamos.
Nos indignamos.
Nos lamentamos.
Y preguntamos:
—¿Cómo llegamos hasta aquí?
Pues caminando.
Paso a paso.
Decisión por decisión.
Voto por voto.
Excusa por excusa.
Nadie nos cargó.
Nadie nos trajo en una carretilla.
Llegamos solitos.
Y aquí aparece la parte incómoda.
Porque es muy divertido señalar.
Lo difícil es mirarse.
Decir:
«Yo también tuve una parte».
Eso sí requiere carácter.
Porque arrepentirse no es decir «qué mal estuvo todo».
Arrepentirse tampoco es cambiar de culpable.
Ni publicar una frase profunda con fondo negro.
Arrepentirse es cambiar la conducta.
Es investigar antes de creer.
Pensar antes de repetir.
Recordar antes de elegir.
Preguntar antes de defender.
Y, cuando nos equivocamos, tener la dignidad de decir:
—Me equivoqué.
Punto.
Sin sacar inmediatamente un expediente de veinte páginas sobre el vecino.
Porque el error ajeno no convierte el nuestro en virtud.
Tal vez no podamos arreglarlo todo.
Pero podemos dejar de colaborar con aquello que después nos obliga a lamentarnos.
Podemos dejar de repetir por costumbre.
De justificar por conveniencia.
De defender por fanatismo.
De creer porque lo dijo alguien que nos cae bien.
Y podemos aprender algo muy sencillo:
tener una opinión no nos obliga a tener razón.
Eso también es madurez.
Quizá el país no necesite ciudadanos perfectos.
Necesita ciudadanos capaces de reconocer cuándo se equivocan y suficientemente valientes para no repetirlo.
Porque cambiar no siempre empieza con una gran hazaña.
A veces comienza con algo mucho menos espectacular:
leer antes de compartir,
preguntar antes de creer,
recordar antes de votar
y pensar antes de decir:
—Bueno, vamos a ver.
Porque si queremos resultados diferentes, alguna decisión tendrá que ser diferente.
Así que aquí estoy.
Una simple panameñita.
Llegué para lamentarme del país.
Terminé lamentándome de nuestras decisiones.
Después me lamenté de nuestras excusas.
Luego me lamenté de nuestra memoria.
Y ahora, después de semejante confesión…
me toca reconocer el pecado mayor:
estoy lamentándome de lamentarme.
Y como tampoco quiero pecar de soberbia, no voy a decir que mañana cambiaré el mundo.
Mañana tengo cosas que hacer.
Probablemente también tenga algo de qué quejarme.
Pero, por lo menos, intentaré no quejarme de aquello que yo misma sigo ayudando a repetir.
Y si no lo logro…
bueno.
Haré lo que cualquier pecadora responsable haría:
volveré a reflexionar sobre el asunto.
Me quejaré un poquito.
Me arrepentiré otro poquito.
Y volveré a intentarlo.
Porque, al final, quizá esa sea la verdadera esperanza:
no dejar de equivocarnos, sino dejar de enamorarnos de nuestros errores.
Ahora sí.
Termino.
Aunque, pensándolo bien…
¿para qué terminé si todavía me faltaba decir una cosa?
En fin…
estoy lamentándome de lamentarme.
Lo lamento.
La autora es profesora de filosofía.

