Dicen que las cosas van mejor en Panamá, pero las inauguraciones de las «tiendas de la vergüenza» (para quien las inaugura) son lo que de verdad se mueve, al igual que la longitud de las filas de quienes allí compran para comer barato, las cuales van sumando cada día más usuarios.
¿Dónde están los beneficios de tanto viaje, de tanto acuerdo con medio mundo? Es cierto, ningún remedio económico es de un día para otro, pero no olvide el Gobierno que ya han pasado dos años largos de haber llegado a Las Garzas, y lo único que nos llega y es evidente es el rofeo del presidente, que no debe olvidar que lo es de todos los panameños.
Espero que rofee a Anthropic y eleve una queja por el uso del nombre de nuestro país para un proyecto de destrucción de libros para alimentar la IA. ¿Por qué es tan fácil tomar el nombre de Panamá para vincularlo a la ignorancia y la corrupción? Tiene que ver con el desprecio por todo aquello que huela a compromiso y cultura.
Se alargan las filas de la miseria para vender necesidad y justificación para abrir la mina, al no ser capaces de hacer pedagogía, porque no saben comunicar ninguna verdad que no sea por la vía del miedo, porque saben que el asunto no termina de ser todo lo bueno que dicen.
Que nadie se llame a engaño: abaratar precios a costa del dinero público es clientelismo de Estado, no un Estado al servicio del ciudadano. Pero, claro, este Gobierno sirve a la empresa privada, ¡bendita sea!, pero se le olvida que debe contratar a ciudadanos con criterio, no a muertos de hambre ni a desesperados, aunque eso, parece, es lo que quieren.
Cuando se acorten las filas, estaremos viendo progreso. Nadie quiere comprar barato; todos queremos comprar, y eso significa trabajo y aumento del poder adquisitivo, eso que se llama «estado del bienestar», un modelo que quieren aplicar solo unos pocos.
El autor es escritor.

