Hay decisiones económicas que parecen pequeñas cuando se firman, pero que pueden terminar definiendo el rumbo de un país durante décadas. La incorporación de Panamá como Estado asociado del Mercado Común del Sur (Mercosur) es una de ellas.
El Acuerdo de Complementación Económica N.° 76 fue firmado en Montevideo el 6 de diciembre de 2024 y aprobado por Panamá mediante la Ley 489 de 13 de octubre de 2025. Con ello, Panamá abrió una nueva etapa de relaciones económicas con Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia.
La oportunidad es considerable. Mercosur reúne economías con enormes capacidades industriales y agropecuarias, mientras Panamá aporta una posición geográfica privilegiada, el Canal, puertos en ambos océanos, conectividad aérea y una plataforma logística de alcance regional.
Pero hay una pregunta que merece más atención que los discursos sobre las oportunidades: ¿qué gana Panamá con Mercosur y, sobre todo, cómo se garantiza que los beneficios alcancen también al productor nacional?
La respuesta no debería estar en el entusiasmo excesivo ni en el temor a la apertura comercial.
No estamos ante un TLC
Primero hay que aclarar algo fundamental. El ACE-76 no es un tratado de libre comercio ni implica una apertura automática del mercado panameño.
Así lo han explicado el Ministerio de Comercio e Industrias y la Asamblea Nacional durante el proceso de aprobación. El acuerdo constituye un marco para desarrollar progresivamente las relaciones económicas y comerciales con Mercosur.
Esto significa que el verdadero debate todavía tiene un largo camino por recorrer.
La preocupación por el agro no debe centrarse únicamente en el acuerdo marco, sino en las futuras negociaciones específicas que puedan desarrollarse y en las condiciones bajo las cuales se otorgaría acceso a productos provenientes de esos mercados.
Ahí estará la verdadera prueba.
El agro no puede quedar como una variable secundaria
Brasil y Argentina son potencias agrícolas. Su escala productiva, tecnología, infraestructura y capacidad exportadora son muy superiores a las de Panamá en numerosos rubros.
Pretender que un productor panameño compita únicamente por precio contra grandes productores sudamericanos sería poco realista.
Pero tampoco sería correcto concluir que la única alternativa es cerrar el mercado.
El desafío consiste en competir donde podemos hacerlo y proteger inteligentemente aquello que todavía necesita tiempo para fortalecerse.
Arroz, carne, leche y otros productos sensibles merecen un tratamiento especial. Las futuras negociaciones deberían considerar períodos de transición, contingentes, mecanismos de salvaguardia y evaluaciones periódicas del impacto sobre la producción nacional.
La propia discusión legislativa estableció que el ACE-76 no vincula negociaciones sobre rubros sensitivos y que cualquier acuerdo posterior deberá seguir el procedimiento correspondiente.
Eso representa una garantía importante, pero la garantía definitiva estará en la calidad de las futuras negociaciones.
También debemos mirar hacia el sur
Existe otra cara de esta relación que merece mayor atención.
Cuando hablamos de Mercosur solemos pensar en los productos que podrían llegar a Panamá. Pero también debemos preguntarnos: ¿qué productos panameños podemos vender en esos mercados?
Panamá posee productos que pueden competir no necesariamente por volumen, sino por calidad, diferenciación y valor agregado.
El café de especialidad es un buen ejemplo. El reconocimiento internacional alcanzado por el café panameño demuestra que un país pequeño puede competir cuando apuesta por la calidad y los nichos de alto valor.
También existen oportunidades potenciales para productos agroindustriales, alimentos procesados, productos del mar y determinadas frutas tropicales.
Pero tener acceso a un mercado no significa automáticamente poder exportar.
El productor necesita financiamiento, volumen, certificaciones, infraestructura de frío, tecnología, transporte y capacidad de comercialización.
Por eso, la política comercial debe estar acompañada por una política productiva.
La gran ventaja de Panamá es la logística
Si existe un área donde Panamá puede competir con los países de Mercosur, no es precisamente en la producción masiva de alimentos, sino en la logística.
El Canal de Panamá, los puertos del Atlántico y el Pacífico, la Zona Libre de Colón, el aeropuerto de Tocumen y los parques logísticos convierten al país en una plataforma natural para conectar Sudamérica con Centroamérica, el Caribe, Norteamérica y otros mercados.
El propio Gobierno ha identificado esta plataforma como una de las principales ventajas de la integración. Panamá mantiene, además, una amplia red de acuerdos comerciales que puede resultar atractiva para empresas sudamericanas interesadas en utilizar el país como centro de operaciones.
Pero debemos evitar convertirnos simplemente en un lugar de tránsito.
La meta debería ser atraer empresas que inviertan, generen empleo, utilicen proveedores nacionales y desarrollen actividades de transformación y valor agregado.
La diferencia entre ser un punto de paso y convertirse en una plataforma productiva puede representar miles de empleos y una nueva fuente de crecimiento económico.
El comercio debe generar beneficios para Panamá
Otro elemento que debe vigilarse es la evolución de la balanza comercial.
Aumentar el comercio no significa necesariamente que Panamá esté ganando.
Las importaciones pueden ser positivas cuando proporcionan maquinaria, tecnología, materias primas o alimentos a precios competitivos. Pero si aumentan considerablemente mientras las exportaciones panameñas permanecen estancadas, el resultado debe analizarse con cuidado.
Por eso, el éxito de Mercosur no debería medirse solamente por cuánto aumenta el intercambio comercial.
También debemos preguntarnos:
¿Cuánto crecen nuestras exportaciones?
¿Cuánta inversión llega?
¿Cuántas empresas se establecen?
¿Cuántos empleos generan?
¿Cuánto valor agregado queda en Panamá?
¿Y qué ocurre con la producción agropecuaria nacional?
Estos deberían ser algunos de los indicadores utilizados para evaluar la relación durante los próximos años.
Proteger no significa dejar de modernizar
También debemos reconocer una realidad: proteger indefinidamente al productor nacional tampoco es sostenible.
La protección debe servir para ganar tiempo y aumentar la productividad.
Panamá necesita aprovechar esta nueva etapa para invertir en tecnología agrícola, riego, mecanización, genética, infraestructura, almacenamiento, cadenas de frío, asistencia técnica y financiamiento.
El debate, por tanto, no debería reducirse a protección versus apertura.
Debe ser: apertura con productividad.
Si nuestros productores pueden producir mejor, reducir costos, elevar la calidad y desarrollar productos diferenciados, la integración comercial puede convertirse en una oportunidad y no solamente en una amenaza.
Mercosur debe ser una política de Estado
El mayor riesgo sería convertir esta relación en una política de un gobierno determinado.
Los acuerdos comerciales necesitan continuidad. Panamá debería desarrollar una estrategia de largo plazo hacia Mercosur, con metas concretas de exportación, inversión, empleo, logística y fortalecimiento agropecuario.
El proceso de aprobación ya mostró la importancia del diálogo. El Gobierno informó que realizó una gira por siete regiones productivas y que participaron más de 700 personas entre productores, gremios, diputados y autoridades. La Asamblea Nacional finalmente aprobó el acuerdo con 58 votos a favor, sin votos en contra ni abstenciones.
Ese diálogo debería continuar.
La oportunidad está en el equilibrio
Panamá no puede competir con Brasil o Argentina en volumen agrícola. Tampoco necesita hacerlo.
Nuestra fortaleza está en la ubicación, la conectividad y la logística.
Mercosur, en cambio, posee escala productiva, industria, recursos y mercados.
La relación puede ser complementaria si Panamá consigue atraer inversión, ampliar sus exportaciones, generar valor agregado y fortalecer, al mismo tiempo, su producción nacional.
Por eso, Mercosur no debería verse ni como una amenaza ni como una solución mágica.
Debe verse como una oportunidad que requiere estrategia.
La pregunta no es si Panamá debe abrirse al mundo. Panamá lleva décadas haciéndolo.
La pregunta correcta es cómo abrirse sin sacrificar aquello que necesitamos producir, cómo importar sin destruir capacidades nacionales y cómo convertir nuestra posición logística en más inversión, empleo y producción.
El acuerdo con Mercosur puede ser una puerta hacia nuevos mercados.
Pero Panamá debe asegurarse de que esa puerta permita entrar inversión, tecnología y oportunidades de exportación, y no termine convirtiéndose simplemente en una vía adicional para productos que desplacen al productor nacional.
La integración será verdaderamente beneficiosa cuando genere más comercio, pero también más producción, inversión, empleo y oportunidades para los panameños.
El autor es productor agropecuario, miembro de Anagan y de Asoproc.


