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Panamá ante el nuevo mapa del mundo

Panamá ante el nuevo mapa del mundo
Ilustración conceptual elaborada con asistencia de ChatGPT.

Durante más de cinco siglos, buena parte de la historia de Panamá ha estado determinada por una realidad geográfica imposible de ignorar: somos el punto donde el mundo decidió encontrarse. Desde las rutas establecidas por el Imperio español hasta el ferrocil transístmico, el Canal y nuestra actual plataforma logística, la conexión entre los océanos ha condicionado nuestra economía, nuestra política exterior e incluso nuestra propia formación como nación.

La pregunta es qué hacemos con esa ventaja en un mundo que está cambiando aceleradamente.

Durante el Penta Summit 2026 tuve la oportunidad de escuchar una extraordinaria reflexión sobre geopolítica de Jorge Luis Escobar Jaramillo, CEO de Tamayo Records, quien planteó una idea particularmente provocadora: Panamá atraviesa una especie de “momento Sputnik”, una coyuntura que nos obliga a definir objetivos nacionales y, sobre todo, un rumbo capaz de trascender los ciclos políticos.

El contexto internacional lo exige.

Durante décadas construimos una economía global basada fundamentalmente en la eficiencia. Las empresas producían donde resultaba más competitivo, adquirían insumos donde eran más convenientes y transportaban mercancías mediante cadenas globales cada vez más sofisticadas. Hoy esa lógica está siendo complementada —y en algunos casos sustituida— por otra consideración: la seguridad.

Las crecientes tensiones comerciales y geopolíticas, los conflictos internacionales, las políticas arancelarias y la vulnerabilidad demostrada por las cadenas de suministro están impulsando conceptos como nearshoring, friendshoring y relocalización industrial. Ya no importa solamente cuánto cuesta producir. Importa dónde, con quién y bajo qué riesgos se produce.

El comercio, además, ha dejado de ser exclusivamente una herramienta económica para convertirse también en un instrumento de negociación geopolítica. Las decisiones de inversión comienzan a incorporar variables que hace algunos años parecían secundarias: estabilidad institucional, seguridad jurídica, conectividad, disponibilidad de talento, acceso a mercados y confiabilidad de los socios.

Para Panamá, esto representa un desafío, pero quizás todavía más una oportunidad.

Nuestra posición geográfica adquiere un nuevo valor cuando las empresas buscan diversificar cadenas de suministro, acercar inventarios a sus mercados, desarrollar centros regionales de distribución y reducir riesgos logísticos. Pero sería un error pensar que la geografía, por sí sola, garantizará nuestro éxito. La ventaja competitiva del Panamá del siglo XXI debe ser mucho más que el Canal.

Necesitamos convertir nuestra conectividad en una verdadera plataforma de generación de valor: puertos, logística, zonas económicas especiales, servicios financieros, tecnología, centros regionales, manufactura especializada y talento humano. La mercancía no debería solamente atravesar Panamá; deberíamos conseguir que alrededor de su tránsito se produzcan cada vez más servicios, conocimiento, inversión y empleo.

Eso significa también entender que competir por inversión internacional requiere un ecosistema. Infraestructura sin capital humano es insuficiente. Incentivos sin seguridad jurídica pierden efectividad. Conectividad sin innovación limita las posibilidades de crecimiento. Panamá necesita articular esas ventajas dentro de una estrategia coherente que permita transformar nuestra posición geográfica en productividad y desarrollo.

Existe además una dimensión geopolítica inevitable. Panamá, por su ubicación y vocación internacional, necesita relacionarse constructivamente con las distintas regiones y economías del mundo. Nuestra fortaleza no debería estar en alineamientos automáticos, sino en construir credibilidad y confianza como socio estratégico.

Eso exige una política exterior pragmática, predecible y basada en intereses nacionales claramente definidos. Una “geometría variable”, como señaló Escobar Jaramillo, que permita relacionarnos con diferentes regiones sin perder nuestros principios ni nuestra condición de socio confiable. Pero quizás el desafío más importante sea interno.

Los grandes proyectos nacionales requieren continuidad. Si cada cinco años redefinimos nuestras prioridades, difícilmente podremos competir contra países que planifican infraestructura, educación, logística y atracción de inversiones con horizontes de décadas. Necesitamos consensos mínimos sobre aquello que Panamá quiere ser en los próximos veinte o treinta años, independientemente de quién gobierne.

La verdadera discusión, entonces, no debería limitarse a cómo aprovechar nuestra ubicación, sino a qué país queremos construir alrededor de ella. Durante más de 500 años, Panamá ha sido una ruta entre dos océanos. El mundo que viene nos ofrece la posibilidad de ser mucho más que eso.

La geografía nos dio una posición privilegiada. La historia nos dio una oportunidad. Convertir ambas en una estrategia de desarrollo es ahora nuestra responsabilidad.

El autor es socio de Deloitte Panamá.


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