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Panamá: cuando el resentimiento no nos deja avanzar

Panamá: cuando el resentimiento no nos deja avanzar
Ordenamiento territorial , protección ambiental y desarrollo urbano. Tomado de Científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales en Panamá (STRI)

Panamá es un país de contrastes. Somos una de las economías más dinámicas de la región, tenemos el Canal, un importante centro financiero y una posición geográfica privilegiada. Sin embargo, seguimos siendo una sociedad donde las diferencias económicas y sociales son evidentes.

Pero hay otro problema del que quizás hablamos menos: el resentimiento social.

En Panamá hemos crecido escuchando expresiones como “los ricos”, “los rabiblancos”, “los yeyés”, “la oligarquía” o “los de apellido”, muchas veces utilizadas para explicar prácticamente cualquier problema del país.

Por supuesto que Panamá tiene una deuda histórica en materia de desigualdad. Han existido privilegios, concentración del poder económico, corrupción y oportunidades que no siempre han estado al alcance de todos. Negarlo sería desconocer nuestra propia realidad.

Pero una cosa es cuestionar los privilegios y otra muy distinta convertir a quien tiene más en nuestro enemigo.

No toda persona con dinero es corrupta. No todo empresario explota a sus trabajadores. No toda familia que ha logrado construir un patrimonio lo hizo gracias a influencias políticas. Detrás de muchas historias de éxito también existen años de trabajo, sacrificios, riesgos, pérdidas y decisiones difíciles.

También hemos desarrollado la percepción equivocada de que quien emprende necesariamente tiene dinero o recursos de sobra. Se observa el negocio abierto, pero pocas veces el riesgo que existe detrás: los ahorros invertidos, las deudas, los meses de incertidumbre, los salarios que pagar, los impuestos, los proveedores y la posibilidad real de perderlo todo.

Emprender no convierte automáticamente a nadie en millonario. Muchas veces significa exactamente lo contrario: arriesgar lo poco o mucho que se tiene con la esperanza de construir algo.

Y aquí también debemos ser justos. Quien decide asumir ese riesgo no debe sentirse culpable por prosperar si finalmente las cosas salen bien. Del mismo modo, no todas las personas tienen las mismas condiciones, posibilidades o deseos de emprender. Emprender es una decisión, no una obligación; pero tampoco debería convertirse en motivo de señalamiento cuando el esfuerzo produce resultados.

Como sociedad, debemos aprender a diferenciar entre privilegio y esfuerzo, entre riqueza obtenida mediante influencias y patrimonio construido legítimamente. Critiquemos los abusos donde existan, pero no convirtamos automáticamente el éxito económico en algo sospechoso.

Asimismo, debemos reconocer que no todos comenzamos desde el mismo punto. Hay quienes nacen con acceso a mejores colegios, contactos, capital y oportunidades, mientras otros deben luchar mucho más para conseguirlas.

Precisamente allí debería concentrarse nuestra discusión.

El objetivo de Panamá no puede ser lograr que quien está arriba baje, sino conseguir que quien está abajo tenga la oportunidad real de subir.

Eso es movilidad social.

Y para lograrla necesitamos educación pública de calidad, empleos dignos, acceso al crédito, apoyo al emprendimiento, instituciones eficientes y reglas que sean iguales para todos, independientemente del apellido, la condición económica o las conexiones.

También necesitamos responsabilidad individual.

No podemos atribuir todos nuestros problemas exclusivamente al Estado, a los políticos, a los empresarios o a quienes tienen más. Cada persona también debe preguntarse qué está haciendo con las oportunidades que tiene, cómo puede prepararse mejor y qué decisiones puede tomar para transformar su realidad.

Quizás también debemos aprender a mirar el éxito ajeno de otra manera.

Que alguien tenga una empresa, compre una casa, viaje o alcance una mejor posición económica no debería convertirse automáticamente en motivo de sospecha o rechazo.

Debemos combatir la corrupción, los privilegios injustificados y la desigualdad de oportunidades con toda firmeza. Pero hacerlo no requiere fomentar una guerra entre clases sociales.

Si cada vez que alguien intenta crecer lo señalamos simplemente por tener más, terminaremos construyendo una sociedad que castiga precisamente aquello que debería estimular: el trabajo, la iniciativa, la inversión y la creación de oportunidades.

Panamá necesita menos etiquetas, menos “ellos contra nosotros”, menos resentimiento y muchas más oportunidades.

Porque una sociedad no progresa cuando intenta igualar a todos hacia abajo. Progresa cuando crea las condiciones para que cada vez más personas puedan subir.

Nuestra historia puede explicar muchas de nuestras diferencias, pero no puede convertirse en una excusa para vivir permanentemente enfrentados.

No para olvidar nuestro pasado, sino para construir un Panamá donde el origen de una persona no determine hasta dónde puede llegar y donde el progreso ajeno deje de verse como una amenaza para convertirse en la demostración de que nosotros también podemos avanzar.

El autor es abogado y empresario.


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