¡Tenemos presupuesto para 2027: $35 mil millones! Pero el presupuesto general del Estado solo es una mala obra de teatro: ficticia y hasta sin argumento. Una ley hecha para violarla tan pronto como se firme, con el permiso de los diputados de la Comisión de Presupuesto. Las modificaciones a esta ley jamás cesan y hay cambios tan elevados que me parece una imperdonable pérdida de tiempo sentarse a hacer planes con un dinero que zigzaguea al ritmo de los negociados y las cada vez menos importantes necesidades de la gente. Es ridículo, pero así es: Letra muerta antes de nacer.
El presupuesto general del Estado no se cumple ni aunque de ello dependa el país: ni el monto final ni el monto por institución ni en materia de inversiones ni de gastos. No se cumplen las asignaciones por institución –se la pasan intercambiando los fondos– mienten sobre su destino final; lo esconden, le ponen apodos y números para esconder el bolsillo al que va; lo roban, paga favores, compra conciencias, lo regalan. Y sin dinero no hay acuerdos, no hay pactos ni tratos. Sin dinero no se negocia.
El dinero del presupuesto Estado crea corregimientos y distritos fantasmas donde no hay gente, pero sirven para inventar necesidades innecesarias, subsidios insubsidiables, proyectos improbables, ilusas ilusiones y verdaderos hipócritas. Trasforma al contacto: honestos en corruptos, amigos en traidores; sensatos en avariciosos y las reputaciones, en basura. El dinero del Estado –robado o desviado– mata gente o la jubila para siempre, encarcela –a los limpios– y libera –a los ladrones– convierte en señorones a ignorantes, en arrogantes a ignorantes, en déspotas a ignorantes.
Para eso quieren en dinero, porque da poder y porque hace realidad sueños absurdos, remotos, imposibles. El presupuesto general del Estado es el ensayo de un guion escrito en finas páginas de hielo, maleable, con todo y que es ley. Puede ser reescrito en cualquier momento por la improvisación y la codicia. Se puede cambiar a la luz del día o en las salas de presión (donde se tuercen brazos) o entre tragos de Macallan de $450 la botella. Se puede rehacer completamente solo con guardar silencio, sin decir una sola palabra. Así de sencillo.
La Ley de Presupuesto es una piñata a la que no es necesario golpear, porque tiene más huecos que la Panamericana. Basta con recostarse bajo ella y esperar a que se mueva un poco. Los fajos de dinero empezarán a caer solitos.
En cada lugar del Gobierno hay una piñata. Obviamente, no son del mismo tamaño: unas son grandes y no les cabe el dinero; otras, aunque grandes, solo reciben unos cuantos fajos que no alcanzan ni para la gente ni para saciar la codicia del gestor. Pero si hay que elegir, la gente no es prioridad.
Puede que nuestros funcionarios sean tontos, analfabetas y quizás hasta más runchos que Silvia –la de Pernett y Morales– pero pendejos ¡no! ¡Jamás!
Es preferible estar muerto que tener fama de honestos, porque en Panamá un funcionario que se respete no puede tener la pésima reputación de ser honesto.
Se encomiendan a Dios cada vez que hablan, pero prefieren mil veces arder en el infierno que respetar el dinero ajeno. Si los clavos de la cruz de Jesús hubiesen sido de otro, Jesús hubiese resucitado el día de su crucifixión, porque adivinen quiénes habría ido a robar esos clavos.
Esos mismos funcionarios juegan a los disfraces cuando hay fiestas de dinero, pero a todos los reconocemos por más ocultos que lleven sus rostros.
Reconocemos a las Danasjuanas, a los Benigipcios, a los Pimpinelas, a los Bolopavos, a los Cristianos, a los Cheyotes y a los Cohenteros, entre muchos.
Sus disfraces solo sirven para esconder sus impresentables rostros, porque sus bolsillos quedan expuestos, al igual que sus conciencias, como un cero a la izquierda.
El acto final de la obra llamada Ley del Presupuesto General del Estado se desarrollará en el pleno de la Asamblea Nacional, precedida de actos menores de negociación para tratar de llevarse un poquito más de la piñata, actos en los que seguramente no participarán los directivos del Órgano Legislativo, porque, después de todo, ellos son los anfitriones del fiesto –y por lo tanto, merecedores de invisibles privilegios–, mientras que el MEF es el Paganini, el que sufraga los gastos.

