Las narrativas políticas operan como una pesada capa de pintura que uniforma las verdades y las mentiras, homologa el tiempo e interpreta el arte en función del interés que promueve. De ese modo se crea un orden, una comprensión orientada, especialmente en momentos convulsos de la sociedad. He estado pensando en esto luego de leer la novela Curundú, de Joaquín Beleño, y en las posibles razones por las cuales su obra circula tan escasamente.
Se me ocurre que una respuesta es que tanto Curundú (1963) como Gamboa Road Gang (1951) y Luna Verde (1960) han sido durante mucho tiempo presentadas en el contexto de las narrativas antiimperialistas. Es decir, se creó una significación para la obra de Beleño al servicio de una narrativa política, más que a partir de sus propios méritos literarios.
Y aunque esa puede ser una manera válida de presentarlas, solo ahora, con su lectura —gracias a la reedición de Editorial Descarriada, de V. A. Mojica—, pude apreciar otros valores en Curundú: su carácter literario universal y el genio de Beleño a la hora de escribir bajo los únicos compromisos a los que están sometidos los artistas: los del arte.

Porque, ante todo, Curundú es literatura de la buena, una novela profunda que explora la condición humana sin banderazos políticos, retratando a su puñado de personajes —funcionarios de la Zona del Canal, panameños privilegiados que trabajaban allí, trabajadores capitalinos e interioranos— con los instrumentos de la verosimilitud.
Es decir, la obra de Beleño evita el proselitismo fácil y, en su lugar, trabaja con la materia prima que emana de la vida de sus protagonistas, con todos sus grises. Al hacerlo, coloca a cada quien en su lugar para que el lector finalmente decida sobre unos y otros.
Y aunque en la biografía del escritor podríamos encontrar argumentos de sobra para perpetrar una venganza contra los zoneítas que conoció en sus años jóvenes como obrero en la Zona del Canal, Beleño toma el camino superior de la óptica humana para retratar no solo el clima de discriminación y maltrato impuesto por las normas zoneítas, sino además la compleja estructura de poder que se tejía a su alrededor y de la que también usufructuaban panameños.
La novela nos hace testigos del momento que vivía Panamá ante una Zona del Canal cada vez más imponente, en plena expansión e interacción con sus alrededores. Justamente, su protagonista, Rubén Galván, se apunta a trabajar en el último escalafón de los obreros durante la construcción de las instalaciones del Fuerte Clayton. Con dieciséis años, no parece importarle mucho la política, sino más bien parecerse a un galán de Hollywood y, si es posible, conseguirse una gringa.
A su alrededor vamos conociendo a un puñado de personajes que encarnan las distintas caras de aquella Panamá partida en dos por la Zona del Canal. Está Fulo Alejandro, joven burgués empleado en el gold roll de la Zona, que vive su propio martirio cuando su esposa norteamericana lo abandona. Está también la abuela de Rubén, heredera de un pasado terrateniente y esclavista.
Beleño se las ingenia para que, desde el micromundo de esos personajes, nos asomemos a temáticas más amplias como la autorrepresentación, las tensiones entre clases sociales, los conflictos de la inmigración y, por supuesto, la segregación racial y sus consecuencias. También, a través del pensamiento de Galván, Beleño nos muestra la incomprensión de sí misma que tenía la joven nación panameña, tironeada de un lado y otro por acontecimientos más grandes que ella, como la inminente Segunda Guerra Mundial y el papel que desempeñaba en ella su incómodo vecino, Estados Unidos.
A todo ello llegamos los lectores a través del poder de la escritura literaria y la magia de unos personajes que solo podrían ser creados desde la mirada perspicaz e informada que Joaquín Beleño demostró tanto en su literatura como en su periodismo.
Sí, Curundú se inscribe en la tradición literaria canalera, pero, si rascamos un poco en mucho de lo que se ha dicho sobre ella, encontramos un valor distinto en la obra y, cómo no, en su autor.
(Texto escrito 100% desde la imperfección humana).
El autor es conductor de La Boina Roja.

