En las últimas semanas, la Universidad Autónoma de Chiriquí (Unachi) ha ocupado espacios en la opinión pública debido a los salarios que perciben algunos de sus docentes. Particularmente, la cifra de siete mil dólares mensuales ha sido utilizada de forma recurrente para cuestionar la escala salarial existente en esta institución de educación superior.
Como ocurre con frecuencia en los debates públicos, una cifra aislada puede generar reacciones inmediatas. Sin embargo, cuando se trata de asuntos tan complejos como la remuneración en la carrera docente universitaria, resulta indispensable analizar el contexto completo antes de emitir juicios definitivos.
Lo primero que conviene aclarar es que los montos publicados en los portales de transparencia corresponden al salario bruto. Es decir, son cifras sujetas a descuentos legales obligatorios, entre ellos el impuesto sobre la renta, el Seguro Social, el Seguro Educativo y otros aportes establecidos por la legislación panameña. El salario neto que finalmente recibe el docente es significativamente menor que el monto que suele aparecer en los titulares o en las discusiones de redes sociales.
La transparencia institucional cumple precisamente el propósito de informar a la ciudadanía sobre el manejo de los recursos públicos. No obstante, la transparencia también exige interpretar correctamente la información que se presenta. Una lectura incompleta de los datos puede conducir a conclusiones erróneas y alimentar percepciones alejadas de la realidad.
Más importante aún es comprender cómo se construye una carrera académica dentro de una universidad pública.
La docencia universitaria no es una profesión en la que se alcancen los niveles salariales más altos de manera inmediata. Por el contrario, se trata de una trayectoria que demanda años de formación, experiencia, concursos, evaluaciones y actualización permanente. Los ascensos responden a un sistema escalonado en el que cada categoría requiere el cumplimiento de requisitos específicos.
Un docente que hoy percibe un salario elevado no comenzó su carrera con esa remuneración. Detrás de esa posición existe, en muchos casos, una historia de décadas dedicadas al estudio, la investigación, la extensión universitaria y la formación de profesionales. Existen maestrías, doctorados, publicaciones, capacitaciones, participación en congresos, producción académica y una constante necesidad de mantenerse actualizado frente a los cambios tecnológicos y científicos que exige la educación contemporánea.
Recuerdo una enseñanza que escuché desde niña: las escaleras se suben peldaño a peldaño. La carrera universitaria refleja con precisión esa idea. Cada ascenso representa un esfuerzo acumulado y una serie de metas alcanzadas a lo largo del tiempo.
Por ello, resulta cuestionable comparar directamente la remuneración de un docente universitario con la de determinadas autoridades políticas o administrativas. Se trata de trayectorias profesionales distintas, con mecanismos de acceso, responsabilidades y procesos de evaluación diferentes. Mientras algunos cargos públicos inician con una remuneración establecida desde el primer día de gestión, la carrera académica requiere años de construcción progresiva para alcanzar sus niveles más altos.
Otro de los aspectos que suele generar debate es la permanencia laboral de docentes jubilados. Sin embargo, esta situación no es exclusiva del sector universitario ni constituye una realidad excepcional dentro del mercado laboral panameño. Muchos profesionales continúan ejerciendo después de jubilarse debido a razones económicas, personales o vocacionales. Además, las pensiones rara vez equivalen al ingreso completo que una persona recibía durante su vida activa, circunstancia que explica por qué numerosos jubilados optan por mantenerse vinculados a sus actividades profesionales.
Lo preocupante no es que exista discusión sobre los salarios públicos. Toda sociedad democrática necesita cuestionar, fiscalizar y debatir el uso de los recursos estatales. Lo preocupante es cuando esos debates se desarrollan sin considerar los elementos que permiten comprender el origen de las cifras que se cuestionan.
No todos los docentes tienen los mismos salarios. No todos recorren exactamente el mismo camino. No todas las trayectorias profesionales son idénticas. Sin embargo, existe un elemento común: la inmensa mayoría de quienes alcanzan las categorías superiores lo hacen después de muchos años de preparación y dedicación.
Es legítimo exigir transparencia. Es legítimo preguntar y cuestionar. Lo que no resulta justo es simplificar una carrera construida durante décadas a una cifra observada de manera aislada.
Detrás de cada salario existe una historia profesional que merece ser conocida antes de ser juzgada. Y, en el caso de la docencia universitaria, esa historia suele estar marcada por años de estudio, sacrificio personal, actualización constante y compromiso con la formación de las nuevas generaciones.
Quizás, antes de preguntarnos cuánto gana un docente universitario al final de su carrera, deberíamos preguntarnos cuánto tiempo, esfuerzo y perseverancia fueron necesarios para llegar hasta allí.
La autora es comunicadora y docente de la Unachi.

