Un fenómeno ya conocido en las redes es la sustracción de presencia. No hablo de un secuestro, aunque la inseguridad que marca al país lo sugiera. Hablo de que ya no es necesario que las personas se vean o se escuchen en tiempo real para que la transmisión de un mensaje sea considerada como “comunicación”.
Antes, era necesario que las personas miraran a los ojos a los demás o escucharan, al menos, su tono de voz —sin ensayo previo— para que aquellos receptores de lo que fuera que se quería transmitir pudieran no solo recibir de primera mano la información, sino también juzgar la veracidad de aquello que se les transmitía.
La mentira siempre se pinta en el rostro del que miente. La duda es prima de la mentira, así que también se marca en el rostro o en el tono de voz de alguien que, si bien no miente, no está seguro de la veracidad de lo que transmite.
Miedo y duda son familia, y si quiere descubrirlos, búsquelos en los ojos y en la voz.
De esta parte vital de la comunicación se ha venido mutilando el proceso de diálogo, y ahora se dice que se dialoga con el pueblo, cuando en realidad solo se lee un discurso escrito previamente o un simple monólogo con una temática sesgada hacia los temas que le interesa promover a quien habla. Nada más apartado de un diálogo. Esa frasecita de “hagan lo que digo, no lo que hago” resuena en mi cabeza. Malos recuerdos de épocas pasadas, pero de las que, aparentemente, no aprendimos nada.
Al utilizar mal los términos con una población incapaz de notarlo, se vuelve la norma que una orden se disfrace de “comunicación”.
Por ello, abundan los comunicados vacíos de las instituciones estatales, en los que nos ordenan aguantar callados las malas gestiones que realizan. “Por este medio, les comunicamos que mañana estarán sin agua, por servicios de mantenimiento en las áreas de tal y cual…”
Un comunicado real debería ir más bien así: “Debido a nuestra falta de programación y nuestra pésima comunicación con la ciudadanía, de ya para ya sepan que se quedarán sin agua y aguántense. Además, agradezcannos que estamos haciendo algo”.
A seis meses de sequía, Azuero sigue acatando órdenes.
Vamos a buscar agua a los bebederos designados, cual ganado. Seguimos dudando del agua que llega a las casas que tienen la suerte de recibirla. Los que pueden siguen invirtiendo dinero de una economía familiar golpeada en comprar agua, pues, aun teniendo ríos capaces de surtir sobradamente las necesidades de la población, las personas a quienes ha contratado el Estado por años —y a quienes les pagamos sus salarios los 15 y los 30— simplemente han permitido que por décadas nuestra fuente de agua sea contaminada indiscriminadamente, sin informar a la ciudadanía, pero sin dejar de cobrar. Esto podría figurar como la definición de diccionario de la palabra “crimen”.
Los contaminadores no fueron solo porcicultores y ganaderos, sino también empresas y empresarios que se ocultan bajo imágenes corporativas o gremialistas, pero cuyo actuar los delata.
Un profesional no lo es por estudiar algo, sino por cómo se maneja en su práctica cotidiana. Hace falta ética e integridad para llamarse profesional, empresario o funcionario. Queda poca gente que cumpla con esos requisitos en entidades públicas y privadas en estos tiempos de TikTok y zoquetadas similares.
Otros elementos mutilados por el mundo virtual y pregrabado en que vivimos son la integridad y el conocimiento como requisitos para ostentar cargos de importancia. A la sustracción de presencia que mencionamos se suma, en paradójica broma matemática, la sustracción de valores.
Y así vemos a los gladiadores de la corrupción defendiendo a sus prófugos y delincuentes preferidos, bloqueando cada esfuerzo por enderezar el rumbo del país.
Seis meses de sequía, pero de fiesta. Despierta, Panamá.
Dios nos guíe.
El autor es ingeniero civil y escritor.

