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Ser diplomático panameño en tiempos inciertos

Ser diplomático panameño en tiempos inciertos
Panamá. Archivo

Cada 20 de agosto, Panamá recuerda a quienes ejercen uno de los oficios más antiguos y menos comprendidos del Estado: representar a la patria más allá de sus fronteras. La fecha no conmemora una batalla, sino algo más silencioso: la tarea diaria de sostener, con palabras y paciencia, el lugar de un país pequeño en un mundo que rara vez espera a los pequeños.

Panamá ha vivido de la diplomacia como pocos países. Nuestra posición geográfica nos hizo punto de paso obligado; nuestra historia republicana está atravesada por negociaciones que nos definieron: la separación de 1903, los tratados del Canal, la lucha que culminó con Torrijos y Carter en 1977, la reversión de 1999. No es casualidad que el 20 de agosto se celebre precisamente en el natalicio del Dr. Ricardo J. Alfaro, reconocido como el padre de la diplomacia panameña: jurista, internacionalista y una de las figuras intelectuales más influyentes del país en el siglo XX, cuya trayectoria en tribunales y organismos internacionales marcó el camino de lo que hoy entendemos por servicio exterior panameño. En cada momento, desde su ejemplo hasta el de tantos otros, hubo diplomáticos que entendieron algo esencial: un país sin ejército real y sin peso demográfico sobrevive por su capacidad de argumentar y de convertir la palabra en instrumento de soberanía.

Y aquí conviene despejar una idea que suele repetirse sin pensarla demasiado: que ser diplomático es, únicamente, trabajar en la Cancillería. No lo es, ni lo ha sido nunca del todo. La carrera diplomática y consular, a la cual se ingresa por concurso y que ocupa cargos en embajadas (y debería hacerlo también en consulados), es apenas la expresión más visible de un ejercicio mucho más amplio. Panamá tiene licenciados en Relaciones Internacionales ejerciendo funciones diplomáticas de facto en organismos multilaterales, en la academia, en el sector privado que negocia inversión extranjera, en las mesas técnicas de cooperación internacional, en la Autoridad del Canal y en organismos financieros regionales. La diplomacia moderna se ha descentralizado en el sentido literal: ya no vive solo en un edificio y se ha vuelto, a la vez, más exigente. Quien representa los intereses del país frente a un interlocutor extranjero está, en esencia, haciendo diplomacia, tenga o no un pasaporte oficial que lo acredite.

Esa dispersión no es debilidad; es también una fortaleza si se coordina bien. Pero exige de la Cancillería algo distinto a lo tradicional: ya no basta con formar diplomáticos de carrera excelentes; hay que articularlos con esa diplomacia paralela que ocurre todos los días fuera de las embajadas.

Esa herencia y esa complejidad pesan sobre una nueva generación que enfrenta un oficio distinto al de sus predecesores. Ser diplomático en 2026 ya no es solo dominar el protocolo. La diplomacia ya no tiene horario de oficina: un mensaje en redes sociales puede generar una crisis bilateral antes de que la Cancillería termine de leer la correspondencia oficial, y la desinformación viaja más rápido que cualquier comunicado oficial.

La agenda, además, se volvió más técnica. Ya no basta la geopolítica clásica: hay que hablar el lenguaje del cambio climático, la ciberseguridad, las cadenas de suministro, la migración y la regulación financiera. Panamá, con su Canal, su centro bancario y su posición en las rutas migratorias del Darién, está en el centro de casi todas esas conversaciones a la vez, lo que exige diplomáticos que sean, en la práctica, profesionales multidisciplinarios.

El multilateralismo, mientras tanto, está bajo presión. Las instituciones que ordenaron el sistema internacional durante décadas enfrentan cuestionamientos. Para Panamá, que ha defendido el derecho internacional como escudo frente a los más poderosos, esa erosión no es un debate académico: es una amenaza directa a la forma en que entendemos nuestra propia soberanía.

Y, sin embargo, lo esencial no ha cambiado. Ser diplomático sigue siendo un acto de traducción: traducir los intereses nacionales a un lenguaje que otros puedan escuchar sin sentirse amenazados, traducir la desconfianza en diálogo, traducir la fuerza ajena en algo negociable. Sigue siendo un ejercicio de memoria: cada diplomático panameño carga con la lección de que este país se ha ganado su lugar en la mesa a fuerza de argumentos, no de poder militar.

En un momento que premia la estridencia, vale la pena defender la diplomacia paciente: la que negocia durante años, la que construye consensos silenciosos, la que entiende que hablar con el adversario no es debilidad, sino método.

Panamá necesita diplomáticos, los de carrera y los que ejercen esa función sin saberlo, capaces de sostener esa tradición mientras se adaptan a sus nuevas exigencias. Feliz día a quienes, dentro y fuera de la Cancillería, siguen haciendo ese trabajo sin el cual Panamá sería, simplemente, un istmo más.

El autor es ingeniero industrial, internacionalista y abogado.


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