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Ser indígena, guna, en el tiempo de la globalización

Ser indígena, guna, en el tiempo de la globalización
Los estudiantes de la Escuela de Armila, junto a sus maestros, hicieron una muestra de danzas guna, cumbia chorrerana y el punto.

Nací en la comarca de Guna Yala en 1967, en el mismo despunte del gobierno de los militares, una era que definitivamente cimbraría la sociedad panameña. Mi infancia y parte de mi juventud transcurrieron en la isla. Nadie me gritaba despectivamente “indio” en la calle, hasta que llegué a la ciudad en la década de 1980.

Por supuesto, es un cambio descomunal vivir en la ciudad en comparación con vivir en la isla. La ciudad inmediatamente te hace sentir que eres diferente, que eres indígena y que, como tal, te desprecian, marginan y discriminan. Un joven que no esté preparado espiritualmente desde su cultura termina automarginándose. Sin duda, todos hemos sufrido la discriminación por el color de nuestra piel, no importa dónde nos encontremos, seamos profesionales o no. En nuestro caso, como guna, ahora que estamos por cumplir los sesenta años, somos profesionales y hemos tenido la oportunidad de conocer otras culturas. En pleno apogeo de la globalización, es momento de manifestar y aportar nuestras ideas.

Aún resuenan en mi cabeza estas palabras: “Si quieres ser alguien en la vida, tienes que estudiar en la ciudad”. Pero la ciudad te recibe con violencia. Está muy segmentada: están los lugares donde viven los humildes, la clase media y los más adinerados. La educación también está dividida entre la pública y la particular. Los conocimientos que uno va adquiriendo no solo en la escuela, sino también en la calle, con los círculos de amigos, fueron determinantes. Una de las experiencias que más marcó a la juventud guna fue haber convivido con los exiliados de las guerras civiles centroamericanas y del Cono Sur.

También recordamos la época de nuestros padres, quienes en su mayoría comenzaron trabajando como ayudantes de cocina y luego se convirtieron en extraordinarios cocineros de algunos de los mejores restaurantes, sin haber cursado estudios formales de gastronomía. Lo lograron con esfuerzo y dedicación, para que sus hijos hoy seamos profesionales y podamos cambiar nuestras vidas.

Durante todos estos años hemos escuchado a hermanos gunas y afrodescendientes contar cómo han sufrido actos de discriminación, algunos abiertos y otros invisibles. Son experiencias interminables. Algunas provocan risa; otras, rabia e impotencia. Es sorprendente comprobar que esa discriminación aparece en la escuela, en la calle, en el lugar de trabajo e incluso en algunos discursos de políticos criollos.

Mientras atravesábamos esas incongruencias de la vida urbana durante la década de 1980, el mundo también cambiaba. Comenzaba la época que hoy conocemos como la globalización y el neoliberalismo. Nosotros, los pueblos indígenas, seguíamos aferrados a nuestra cultura, con una juventud consciente de sus raíces y del espíritu de la Revolución Guna de 1925. Resistimos esa globalización y ese neoliberalismo porque entendimos que no estaban concebidos para beneficiar a todos, sino para otorgar mayor poder a las empresas transnacionales y homogeneizar las culturas.

Sin embargo, el indígena discriminado durante décadas aprendió a aceptar que es diferente y que su cultura también lo es. El resultado es que hoy existen numerosos gunas formados en todas las profesiones y una juventud que utiliza tecnología de punta sin renunciar a su identidad. Allí donde se encuentre, reafirma con orgullo que es guna.

Tener conciencia de nuestra heterogeneidad racial es esencial. Negarla es adormecer a nuestra sociedad y debilitar el espíritu de la juventud, algo que, a mi juicio, ha ocurrido con la educación panameña durante los últimos años.

Es cierto que hemos superado algunos escollos como gunas en la ciudad. Sin embargo, la discriminación racial persiste y también ha sabido adaptarse a los tiempos. No debemos bajar la guardia frente a esa actitud nefasta de algunos ciudadanos.

Ser indígena, guna, en el tiempo de la globalización significa aprovechar la oportunidad de conocer otras culturas y compartir nuestras experiencias. En esencia, son los pueblos más humildes los que más sufren y, precisamente por eso, en esta época de acelerado desarrollo tecnológico debemos seguir los sueños de nuestros abuelos.

El autor es docente y coreógrafo.


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