La tragedia sacude a nuestros hermanos venezolanos, y en su sufrimiento estamos todos involucrados con el corazón latiendo de solidaridad, reflexionando en que las cosas que parecían tan importantes hace pocos días ahora no lo son a la luz de lo que es lo más urgente: el rescate de los supervivientes bajo los escombros y la reconstrucción de un país que lleva años en un triste deterioro que ahora la naturaleza pone de manifiesto.
En medio de una tragedia tan colosal, no dejan de aparecer tintes de populismo político, de uso del sufrimiento para darse lustre como los «salvadores de la patria», los «garantes de la seguridad» del pueblo venezolano y demás sandeces que ahora no son más que eslóganes que constatan la perversidad de hace años, puesta en evidencia por la tragedia, ante la que muchos se ponían de perfil y que ahora no podemos ignorar.
Entre todos, con la mano en el corazón, el bolsillo y directamente sobre los escombros, vamos a ayudar a Venezuela a salir adelante. Esta pesadilla desatada en cuestión de segundos no va a detener al valiente pueblo venezolano en su marcha hacia la plena democracia y libertad, hacia su reconstrucción civil, social y afectiva. La herida que hoy se abre sanará, y todos queremos estar presentes de una u otra forma: es la hora de la solidaridad, más allá de cualquier otra consideración.
El mundo se mueve por amor a Venezuela, la gente de Panamá, de España, de México de Canadá, en todas partes del mundo, y todos esperamos también que las instituciones estén a la altura, que no le fallen al pueblo venezolano, que requiere ahora más que nunca que todas las promesas de bienestar que se han hecho se concreten: ahora es el tiempo de los valientes, de los que están dispuestos a cumplir con lo que dijeron que iban a hacer.
¡Fuerza, Venezuela! Nuestro cariño y oraciones y recursos van para ustedes.
El autor es escritor.

