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¿Y usted cómo sabe que eso es cierto?

Los tres filtros de Sócrates en tiempos de opiniones instantáneas.

¿Y usted cómo sabe que eso es cierto?

Hay personas capaces de opinar sobre cualquier tema con una seguridad admirable. Economía, educación, deporte, tecnología, relaciones internacionales o el futuro del país. El asunto es casi irrelevante. Siempre aparece alguien dispuesto a explicarlo todo con una convicción tan firme que cualquiera pensaría que participó directamente en los hechos o escribió personalmente el manual de instrucciones del universo.

Lo interesante ocurre cuando se formula una pregunta sencilla: ¿Y usted cómo sabe que eso es cierto?

En ese momento, más de una afirmación categórica comienza a perder altura.

Por eso resulta interesante imaginar qué ocurriría si, aunque fuera por un solo día, decidiéramos aplicar los tres filtros de Sócrates antes de hablar. La regla sería simple: antes de compartir una información, emitir una opinión o formular un juicio, habría que responder tres preguntas.

¿Es verdad?, ¿es bueno?, ¿es útil?

A primera vista parecen preguntas elementales. Precisamente por eso resultan tan exigentes.

La primera pregunta pone a prueba una costumbre profundamente humana: confundir aquello que sabemos con aquello que creemos saber.

No suele ocurrir por mala intención. Todos interpretamos la realidad a partir de la información disponible. El problema aparece cuando una sospecha adquiere el rango de certeza o cuando una opinión comienza a presentarse como un hecho.

Algunas historias tienen una extraordinaria capacidad de supervivencia. Circulan de conversación en conversación, acumulan detalles nuevos en cada escala y terminan convertidas en relatos tan completos que parecen haber pasado por varios equipos de guionistas.

Sin embargo, por más veces que una idea sea repetida, la repetición nunca sustituye a la evidencia.

Una afirmación no se vuelve verdadera porque muchas personas la crean. Tampoco porque quien la defiende lo haga con absoluta seguridad.

Por eso el primer filtro conserva toda su vigencia. No exige respuestas para todo. Exige algo más razonable: reconocer la diferencia entre lo que sabemos, lo que suponemos y lo que simplemente hemos escuchado.

La segunda pregunta dirige la atención hacia otro aspecto igualmente importante. ¿Es bueno?

No se trata de evitar las críticas ni de fingir que todo marcha perfectamente. Una sociedad saludable necesita desacuerdos, cuestionamientos y ciudadanos dispuestos a señalar errores. El progreso rara vez surge de la complacencia.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre criticar para comprender y criticar para alimentar la confrontación.

Lo primero contribuye al debate. Lo segundo contribuye al ruido.

Y el ruido tiene una ventaja considerable sobre la reflexión: requiere mucho menos esfuerzo.

Todos conocemos a personas con una capacidad extraordinaria para detectar problemas. Son auténticos especialistas. Encuentran defectos con una precisión admirable. Lo curioso es que, cuando llega el momento de proponer alternativas, suelen descubrir repentinamente las virtudes del silencio.

Señalar errores es útil. Intentar resolverlos también.

La tercera pregunta completa el ejercicio. ¿Es útil?

Probablemente sea la más incómoda de las tres, porque obliga a preguntarnos qué aportan realmente nuestras palabras.

No toda conversación debe resolver un problema ni terminar con una conclusión trascendental. Conversar también significa compartir experiencias, intercambiar ideas y fortalecer vínculos. Sin embargo, incluso las conversaciones más informales pueden beneficiarse de una pregunta sencilla: ¿están aportando claridad o solo multiplicando la confusión?

Existen debates que amplían la comprensión de un tema.

Existen otros que funcionan como una caminadora intelectual: mucho movimiento, ningún avance.

Todos participan, nadie escucha, todos responden, nadie reflexiona, todos quieren tener la última palabra. Nadie parece interesado en encontrar la mejor respuesta.

Es ahí donde el tercer filtro demuestra su utilidad. No para censurar el diálogo, sino para recordarnos que participar en una conversación no es lo mismo que contribuir a ella.

Lo fascinante de los tres filtros de Sócrates es que no exigen perfección. No esperan que las personas sean infalibles ni que posean conocimientos absolutos. Tampoco prometen eliminar los errores, las diferencias de opinión o los desacuerdos.

Nada tan milagroso ha ocurrido jamás.

Su propuesta es mucho más modesta y, precisamente por ello, mucho más realista: introducir una pausa entre el impulso y la palabra.

Una pausa para verificar antes de afirmar, una pausa para pensar antes de reaccionar y una pausa para escuchar antes de responder.

Vivimos en una época que premia la velocidad. Las opiniones circulan más rápido que las verificaciones y las reacciones suelen llegar antes que la reflexión. Nunca había sido tan fácil expresarse. Sin embargo, la facilidad para hablar no garantiza la calidad de lo que se dice.

Y ahí radica la sorprendente actualidad de estos tres filtros.

No porque puedan resolver por sí solos los problemas de una sociedad, sino porque recuerdan algo elemental que con frecuencia olvidamos: la libertad de expresión y la responsabilidad intelectual no son conceptos opuestos. Son complementarios.

Al final, una sociedad no mejora porque desaparezcan las diferencias de opinión. Tampoco porque todos piensen igual.

Mejora cuando sus ciudadanos desarrollan el hábito de distinguir entre hechos y suposiciones, entre crítica y hostilidad, entre reflexión y reacción automática.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza de los tres filtros de Sócrates.

No enseñan a hablar menos. Enseñan a hablar mejor.

Porque las palabras son gratuitas. Lo que nunca ha sido gratuito son sus consecuencias.

Y si alguna vez los tres filtros de Sócrates llegaran a ponerse de moda en Panamá, no nos quedaríamos sin temas de conversación. Lo más probable es que siguiéramos hablando con el mismo entusiasmo de siempre.

La diferencia sería que más de una certeza tendría que trabajar un poco más para demostrar que realmente merece llamarse así.

La autora es profesora de filosofía.


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