No soy un escritor reconocido. Soy, más bien, una persona que relata la historia de alguien que admira y quiere profundamente. Desde hace un tiempo me hago a la idea de escribir sobre personas que han ayudado a la evolución de Panamá; personas que han dejado su huella con sus principios y la transmisión de valores, con la intención de que los panameños nos convirtamos en gente correcta, honrada y con un amor a la patria que nos empuje a ser personas de bien. Podría citar a varios grandes personajes, pero hoy quiero dedicarle estas líneas a Roberto “Bobby” Eisenmann Jr., un verdadero Quijote. Y ojalá hubiese tenido yo la oportunidad de ser su Sancho Panza.
No quiero que esto sea un homenaje póstumo. Quiero que sea un testimonio en vida: el reconocimiento a un hombre inteligente, creativo, valiente y audaz, con un gran amor por Panamá, que con su visión contribuyó a forjar una nación en tiempos modernos, enfrentando enormes riesgos y obstáculos, pero obstinado en luchar hasta vencer. A Bobby lo conozco como amigo y confidente desde hace muchos años y he leído su libro personal, Fragmentos de mi memoria. Pero, más allá de la amistad, creo que es importante dejar por escrito, en un artículo condensado, lo que Bobby ha significado para la evolución hacia un mejor país, con un lema muy puntual: perseguir una democracia absoluta.

Bobby nació en la ciudad de Panamá en 1937. Antes de hablar de sus batallas, hay que decir que fue también un hombre de empresa exitoso. Siguió el legado de su padre y convirtió a Coronado en un destino vacacional de primer mundo. Fue, además, un comerciante próspero con los almacenes que creó y, junto con destacados socios, participó en la creación de un importante banco panameño. Pero no es esa la trayectoria que hoy quiero honrar. Quiero honrar la trayectoria de su vida en el invierno oscuro de Panamá: la dictadura militar. Fueron sus actos valientes y audaces para combatirla, ante amenazas contra su propia vida y la de su familia, los que lo convierten, para mí, en otro héroe nacional.
Su primer destierro llegó temprano. En 1976, por atreverse a criticar al régimen de la dictadura, fue expulsado de su país. Los militares lo interceptaron y lo montaron en un avión sin más explicación. Así comenzó una etapa en la que anduvo como un nómada, buscando albergue en distintos países, hasta establecerse en Estados Unidos, luchando por su existencia. Y allí, en el exilio, demostró de qué estaba hecho: junto con otros panameños desterrados, asumió la difícil tarea de fundar un banco fuera de su territorio habitual, el Dadeland Bank de Miami, y conducirlo con éxito en este nuevo mundo para él.
Al regresar en 1979 no vino a descansar. Vino a dar el paso más importante de su vida, el que le dio a Panamá una herramienta para mantener al país informado y, además, emprender toda una cruzada contra la corrupción. El inicio de la gran batalla de Bobby contra los malhechores ocurrió con la fundación del diario La Prensa, cuya primera edición salió a la calle el 4 de agosto de 1980. Él mismo lo ha reconocido: crear un periódico independiente en plena dictadura era una verdadera locura. Pero lo hizo, y lo hizo bien: reunió a miles de pequeños accionistas para que ningún grupo pudiera controlar el periódico ni doblegarlo. Haciendo una analogía, Bobby se convirtió en un director de orquesta que, junto con músicos de altura como Ricardo Arias Calderón, Ricardo Alberto Arias, Fabián Echevers y Ricardo J. Bermúdez, compuso una canción imaginaria: “Nuestra cruzada por la libertad y la democracia”.
La dictadura le cobró caro el atrevimiento. Al periódico le destruyeron los equipos varias veces y varias veces lo volvieron a levantar. La Prensa fue el único diario que se atrevió a publicar los crímenes y abusos del régimen, incluyendo el asesinato del doctor Hugo Spadafora. En 1986, por decir la verdad sobre Manuel Antonio Noriega, la Asamblea del régimen declaró a Bobby “traidor a la patria”. Tuvo que salir otra vez al exilio, esta vez a Harvard como becario Nieman y luego a Miami, y desde allá siguió dando la batalla: se convirtió en la voz de la oposición panameña en la televisión de Estados Unidos, y sus contactos ayudaron a que la prensa internacional destapara los negocios sucios de Noriega ante el mundo entero.
Todas esas luchas en el exilio, muy bien narradas en su libro, fueron el preámbulo de su regreso a Panamá para fajarse cara a cara, confrontando valientemente a cada uno de los dictadores de turno y a los funcionarios públicos pegados a la dictadura como rémoras, para desenmascararlos y exponer sus actos de corrupción, arriesgando una vez más su vida y la de sus hijos, sin que pareciera importarle el peligro y con una audacia increíble. La represalia fue brutal: en julio de 1987, en pleno auge de la Cruzada Civilista, medio centenar de hombres armados incendiaron el almacén Dante mientras la Policía, por órdenes superiores, miraba hacia otro lado. Semanas después, el régimen le cerró el periódico y volvió a cerrarlo en 1988.
Y no debemos olvidar un detalle importante. En esta lucha incansable cabe otra analogía: un velero no navega sin viento. El viento detrás de la vela de Bobby es mi prima Maruja Vallarino, guerrera incansable que lo acompañó en todas sus batallas.
El gran momento de Panamá ocurrió en diciembre de 1989 cuando, en un giro de timón inesperado, la operación Causa Justa desmanteló las Fuerzas de Defensa, se recuperó la democracia y se inició lo que yo llamaría una nueva nación. Los dineros que habían salido de nuestro sistema financiero regresaron al país, se restituyó la confianza y arrancó la nueva ciudad que conocemos hoy. Las áreas revertidas, que la cúpula militar anhelaba repartirse como botín, quedaron libres para el desarrollo de todos los panameños. Y en enero de 1990 La Prensa volvió a circular. Bobby dijo entonces algo que lo pinta de cuerpo entero: era la primera vez que publicaban el periódico sin amenazas y sin estar bajo la pistola.
Pasada la dictadura y recobrada nuestra democracia, gracias a la extensa labor de Bobby junto con la de tantos otros actores, el periódico se convirtió en un vigilante permanente de la democracia y en una gran fuente de información sobre las irregularidades que se cometen. Siguiendo el ejemplo de Bobby, se ha formado una especie de Ejército Silencioso de funcionarios públicos y colaboradores anónimos de instituciones financieras que se han unido a esta gran cruzada del periódico, suministrando información sensible y documentada sobre actos ilícitos y fechorías que socavan las arcas del Estado o revelan operaciones fraudulentas.
Me viene a la memoria una investigación en particular, cuando el periódico identificó una operación extraña de un magistrado de la Corte Suprema en la compra de un bien inmueble. No solo se reportó el caso: se logró que los ciudadanos reaccionáramos con indignación y nos pusiéramos vigilantes ante cualquier operación oscura en el país. De allí el chorro de noticias que salen a la luz pública a cada rato, que ya tiene a muchos diciendo: “Mejor me porto bien”. Todo esto, gracias a la existencia de La Prensa y sus excelentes reporteros. El mundo también lo ha reconocido: en 1995, Bobby recibió el Premio María Moors Cabot, uno de los más importantes del periodismo de las Américas.
Estos breves recuentos, y tantos más, son el reflejo de un hombre que dedicó su vida a inculcarnos valores, a inspirarnos a ser correctos y a tener más amor por Panamá. Aquel momento de inspiración que tuvo Bobby, junto con sus músicos de aquella ocasión, ha contribuido enormemente a forjar un mejor país, donde muchos hemos sido influenciados por su ejemplo de lo que significa vivir de manera correcta y honesta y querer a la patria. Nos ha convencido a muchos de ser vigilantes constantes para que el país marche por buen camino y de que cada uno ponga su granito de arena para continuar una de las grandes misiones de Bobby: luchar por nuestra democracia.
Gracias, Bobby. Panamá te debe mucho más de lo que imaginas.
El autor es promotor de proyectos.

