Guillermo Arriaga es un optimista compulsivo. Así se define este guionista premiado, director y escritor – traducido en más de 20 idiomas – quien acaba de publicar su más reciente novela: El Hombre.
Algunos lo conocimos por primera vez gracias a su trabajo como el guionista de la impresionante Amores Perros, dirigida por Alejandro González Iñarritu en el año 2000.
Le siguieron los guiones de 21 gramos y Babel, por la cual es nominado al Oscar. En 2008 se estrenó como director con The Burning Plain. Posteriormente produjo y coescribió Desde allá, primera película iberoamericana en conseguir el León de Oro del Festival de Venecia.
Antes de su trabajo en la pantalla grande, su obra literaria daba pasos de gigante con Escuadrón Guillotina publicada en 1991, Un dulce olor a muerte de 1994, El búfalo de la noche de 1999 que luego adaptó al cine en 2007. También el libro de cuentos Retorno 201 de 2006, integrado por cuentos concebidos 20 años antes.
Estos son la semilla del escritor que después de su paso por la pantalla gigante, nos traería El Salvaje (2016), Salvar el fuego (2020), Extrañas (2023) y finalmente El Hombre (2025); todos libros extensos parte de un portentoso torrente literario.
Al hombre lo conocí en persona por primera vez de forma accidental y furtiva en 2015. Aquel año estuve en la fiesta de clausura del IV Festival Internacional de Cine de Panamá, en el Casco Antiguo. Me lo topé solo disfrutando del ambiente, un hombre de letras generoso, dispuesto a una charla breve.
Al año siguiente leí El Salvaje y supe el peso y altura de este cazador con el que había compartido unas cuantas palabras el año anterior.
El Salvaje es un retrato del oriente de la Ciudad de México en el que creció el autor. Este no es un libro autobiográfico, aunque sí es su obra más personal. Allí captura situaciones que ocurrieron en aquel fragmento de la ciudad, más específicamente sobre las azoteas de los edificios.
Como autor, Guillermo Arriaga no trabaja con diagramas, y tampoco desarrolla textos para crear y dar forma a sus personajes antes de empezar cada novela. Y a diferencia de otros escritores, Arriaga no sabe adónde va la historia que escribe. Solo arranca a escribir como si alguien se lo dictara.
Por eso, cuando leí Extrañas, quedé sorprendido porque se desplazó de su natal México contemporáneo a un mundo ajeno en Inglaterra en el siglo XVIII. Aquí se impuso la estricta regla de prescindir de la palabra “que”, además de conjunciones como “aunque” o “porque”, y vocablos acuñados después de 1790, para recrear el estilo del siglo XVIII.
También prescindió de adverbios terminados en “mente”, como una recomendación de Álvaro Mutis.
El libro trata sobre el trabajo obsesivo de un hombre por ayudar a personas con desventajas físicas que hoy se tratarían con cirugías, pero en el siglo XVIII eran consideradas maldiciones.
El libro tiene párrafos largos con pocos puntos, un uso excesivo de comas y, por último, solo palabras acuñadas antes de 1790. Así creó una lista de al menos 500 palabras que no pudo usar en la novela.
En agosto de 2023 volví a encontrarme al hombre. Guillermo participaba de un conversatorio en la Feria del Libro de Panamá. Le estreché la mano, le pedí una foto y le dije “nos conocimos en un festival de cine hace años aquí en Panamá”. Su respuesta fue honesta, acompañada por una sonrisa amable: “mira que no me acuerdo”.
Este año Arriaga regresará a la FIL de Panamá.
Los autores son los creadores de la columna.



