La última palabra

El arte de la jáquima digital

​La IA es un amanuense automatizado y amoral, sin criterio ni cognición. ​El peligro real es el de la renuncia voluntaria del homo sapiens que rubrica ‘output’ automático como secretarios pasivos de su propio computador.

El arte de la jáquima digital
La inteligencia artificial puede ser una fuerza extraordinaria, pero las riendas deben permanecer en manos humanas. Ilustración generada con ChatGpt

El panorama cultural padece un trastorno bipolar crónico. En un extremo chapotean los iáfilos: entusiastas dóciles que, como focas en acuario corporativo, aplauden a ciegas cada pirueta de la pantalla, listos para arrodillarse ante el silicio y ofrecer en sacrificio su cerebro. En el otro, sobresalen los iafóbicos: cual monjes desempleados que braveaban que la imprenta es cosa del demonio porque destruye la pureza del espíritu (...y anula la fuente de ingresos y reputación). Ambas tribus cometen el error que Umberto Eco desnudó en Apocalípticos e integrados: antropomorfizar el código. Los iafóbicos: su parálisis le deja el terreno libre al monólogo de las focas. La cordura exige el justo medio aristotélico: el arte de la jáquima (de origen árabe), arnés o cabezada con cuyo cordel se guía el equino.

La IA es un amanuense automatizado y amoral, sin criterio ni cognición. Es un loro estocástico (modelo) que calcula probabilidades matemáticas. Junta palabras con elocuencia, pero vuela en el vacío ético absoluto. ¡Ay, qué miedo!

​El peligro real es el de la renuncia voluntaria del homo sapiens que rubrica output automático como secretarios pasivos de su propio computador. Homo sapiens genuflexo que abdica a su discernimiento y reverencia tragándose un output sin eructar. El creador debe beneficiarse de la potencia de la automatización para sabotear la ‘mediocridad’ de la propia máquina.

Gobernemos el carruaje de los datos con tres maestrías consecutivas.

Primero, el asiento de Colón. Ante el océano caótico de apuntes sueltos, la IA funge de escribano notarial. Limpia la sintaxis y clasifica el inventario. Se le pide orden frío; no dirección. Arriba con vida y funda Portobelo, el de las ferias proverbiales y el Cristo popular. El mapa lo traza el Almirante.

Segundo, el taller de Galileo. La máquina es aprendiz. Emulamos al astrónomo florentino, quien, motivado por el tosco catalejo de artesanos neerlandeses, talla nuevos lentes, amplificando treinta veces su potencia. Galileo no adora el tubo; lo apunta al cielo. Frente a los publicistas de la iafobia, recordamos su Carta a Cristina de Lorena. Se niega a creer que el Dios que nos ha dotado de sentidos, razón e intelecto, quiera que renunciemos a su beneficio. Cristina, consorte de Fernando de Médici, gran duque de la Toscana.

​Tercero, la soberanía de Bolívar. La cumbre del justo medio. El Libertador dictaba proclamas volcánicas desde la hamaca paseando, a la vez, su lucidez, sin perder el hilo jamás, ante O Leary, Santana o Pérez, sus secretarios. La IA mecaniza el torrente a la velocidad del rayo, pero el giro irónico y el peso estratégico eclosionan y florecen en el emisor/autor. Si el amanuense intenta edulcorar el mensaje con sus filtros corporativos de guardería, corrígelo con furia bolivariana,como en Boyacá.

​Manejar el volumen de la IA es un arte ecuestre que se ejecuta a través del cordel de la jáquima. En este carruaje digital, gobernar las riendas significa alternar tres movimientos vitales: soltar cuerda en terreno llano para apurar la carpintería del texto; frenar en seco ante el primer cliché estadístico o alucinación elocuente; y controlar la tensión para que la inercia del carro no nos estrelle contra la deshumanización. No autocomplacencia. No tentación de la soberbia. No empantanarse en el error…aunque el argumento tenga sentido.

Así como Bolívar bajaba del pedestal político, echaba a sus secretarios de la habitación y tomaba la pluma de ganso para escribir a solas, a Manuela, de su puño y letra, sus cuitas más entrañables y de deseo, igual el pensador o autor debe saber cuándo apagar la pantalla. En el territorio del amor real, la disidencia y el dolor de la carne, la presencia del escribiente, sea humano o artificial, es una estafa. Las focas al agua, los avestruces al olvido, y el cordel de la jáquima siempre en nuestra mano.


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