Primeras españolas que llegaron a Panamá y al Nuevo Mundo

Primeras españolas que llegaron a Panamá y al Nuevo Mundo
Recreación. Mujeres desembarcando. Tomado de internet

La Conquista de América no fue solo cosa de hombres. De hecho, fue constante la presencia femenina y es difícil imaginarla sin ellas. La documentación de la época no llevaba registro de las que viajaban, salvo alguna que otra referencia sobre su número, y dependemos en gran medida de los datos sueltos que encontramos en los cronistas como Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas o Antonio de Herrera y Tordesillas. No es tarea fácil estudiarlas, aunque no imposible. Viajaron de todas las clases sociales, desde tripulantes o criadas, a esposas casadas de familias hidalgas e incluso nobles. Algunas perecieron en naufragios, o fueron esclavizadas por los indígenas, pero no faltaron las que vivieron en la opulencia como Inés y María Escobar, gracias a la fortuna e influencia de sus maridos; o aquellas que eran abandonadas en Castilla, como Juana de Guijón, “honesta y virtuosa dueña”, casada con el bachiller Diego del Corral que prefería a Elvira, su india cueva, prima del cacique Bea, con la que tuvo varios hijos. O fueron notables emprendedoras, como María de Escobar, que introdujo la cebada y el trigo en 1540. Supervivientes, algunas enviudaron hasta tres veces.

Primeras españolas que llegaron a Panamá y al Nuevo Mundo
Mujer de la aristocracia. Tomado de internet

Y hubo no menos de tres que ejercieron un gran poder sea por ellas mismas o por su matrimonio, como María Álvarez de Toledo y Rojas que fue virreina consorte y luego propiamente virreina en ausencia de su marido Diego Colón; o Isabel de Bobadilla, la esposa de Pedrarias, que influyó en el matrimonio de Balboa con la hija de ambos, y su hija Isabel Arias Dávila Bobadilla, que fue gobernadora y capitana general de Cuba durante cinco años en ausencia de su marido el conquistador Hernando de Soto. Entre 1520 y 1539 había 845 mujeres españolas registradas en el Nuevo Mundo, la gran mayoría andaluzas.

Entre 1540 y 1559 había 1.480 mujeres registradas, de las cuales 675 eran casadas, 75 viudas y 805 solteras.

La primera referencia conocida de española que llega a Panamá es Inés de Escobar, que arriba en 1510 con su esposo, el rico hombre de negocios sevillano Juan de Caicedo, nombrado veedor en la expedición de Diego de Nicuesa para la conquista de Veragua, y quien llegó a odiar a Nicuesa porque le puso el ojo a su mujer, o ella a él, no se sabe: era el jefe, tenía, según se dice, una personalidad seductora, y tocaba muy bien la vihuela. Siendo la única mujer entre tantos hombres nada de esto debiera sorprendernos.

Sería una de las primeras españolas en pisar suelo panameño. Se sabe de otras dos, de nombre desconocido, y de una tercera, esposa de uno de los hombres que avistó el Mar del Sur con Balboa. No eran, ni mucho menos, las primeras españolas que llegaban al Nuevo Mundo. Hasta 1502 apenas habrían llegado entre 35 y 40 mujeres ya que los viajes transatlánticos eran de carácter militar y de exploración masculina. En los viajes colombinos solo se conoce de cuatro mujeres en el Segundo Viaje, tres de ellas registradas como tripulantes: María de Granada, Catalina Rodríguez y Catalina Vázquez. En el Tercer Viaje viajaron 30 mujeres, gracias a una licencia de los Reyes Católicos que procuraban fomentar los primeros núcleos familiares estables en Santo Domingo.

No es hasta la flota de Nicolás de Ovando con destino a Santo Domingo en 1502 cuando llega al Nuevo Mundo el primer contingente femenino importante. Era la flota más grande organizada por los Reyes Católicos hasta ese momento. Contaba con entre 30 y 32 navíos y 2,500 personas. Viajaban médicos, agricultores, artesanos, frailes franciscanos, personajes que luego hicieron historia en la Conquista, como Diego de Nicuesa, Francisco Pizarro, Juan Ponce de León, Sebastián de Ocampo, Bartolomé de Las Casas, y 70 mujeres casadas. Esta flota introdujo, además, los primeros esclavos negros que, tras la pérdida de mano de obra indígena, eran necesarios para la extracción de oro y las plantaciones de azúcar. El número preciso de mujeres casadas que llegaron con sus esposos consta incluso en los registros de viajeros de la Casa de Contratación de Sevilla de modo que no es objeto de debate.

La introducción de familias completas tenía el propósito de promover el asentamiento de los colonos. De esa manera, se fundarían hogares estables, frenando la incontenible pulsión de los conquistadores de probar suerte a donde les llevaran los avances de la Conquista, y propiciando la formación de una sociedad permanente en el Nuevo Mundo. Ovando ordenó que todos los hombres casados que hubieran dejado a sus esposas en España regresaran forzosamente a buscarlas para llevarlas a La Española y continuaran poblándola. Se ha logrado identificar el nombre de algunas de estas mujeres: Teresa de Ayamonte, Catalina de Chávez y Juana de Torres, todas ellas de familias hidalgas o aristocráticas, aunque nuevas investigaciones podrían revelarnos más nombres.

El siguiente arribo de un contingente numeroso de mujeres al Nuevo Mundo se produce en 1509 cuando llega la flota de Diego Colón a La Española, como gobernador y virrey. Eran exactamente veinte doncellas de la nobleza castellana, además de varias dueñas (mujeres casadas). Todas ellas viajaban al amparo y cuidado de la nueva virreina de las Indias, doña María Álvarez de Toledo y Rojas, la mujer de más alto linaje que llegó a América en el siglo XVI. Las 20 doncellas eran jóvenes solteras pertenecientes a familias de caballeros e hidalgos de Castilla. Las dueñas y criadas consistía en un número no determinado de mujeres casadas y acompañantes de confianza que completaban el séquito de la corte virreinal. Se conoce el nombre de algunas: Catalina Suárez Marcayda, futura primera esposa de Hernán Cortés (de quien se sospecha la ahorcó, en el primer caso de feminicidio conocido en la Conquista); y María de Cuéllar, hija del tesorero de la isla, quien se casa con el conquistador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar.

La llegada de este numeroso grupo de mujeres solteras fue recibida con grandes festejos que duraron semanas, ya que abundaban los encomenderos y hombre ricos célibes y ávidos por conseguir pareja. La instauración de esta primera corte virreinal transformó significativamente el entorno social de la isla ya que la sola presencia de doña María de Toledo le confería legitimidad política y prestigio social a la administración americana.

Primeras españolas que llegaron a Panamá y al Nuevo Mundo
María Álvarez de Toledo. Tomado de internet

Doña María de Toledo, pertenecía a la aristocrática Casa de Alba. Era nieta del primer duque de Alba y sobrina del rey Fernando el Católico. Destacó como gran defensora de los derechos indígenas y por esto y sus virtudes personales fue alabada por Bartolomé de Las Casas. Era una mujer sensible y con ideas propias. Las Casas decía de ella que era “prudentísima y muy virtuosa, y que, en su tiempo, en especial en esta isla (La Española) y donde quiera que estuvo, fue matrona, ejemplo de ilustres mujeres”.

Queda viuda en 1526 con cuatro hijas mujeres y dos varones. Viaja a España en 1530 donde permanece hasta 1544, cuando regresa a La Española. Durante esos catorce años continuó luchando por los derechos familiares de los Colón ante el propio rey Carlos, que la atendió en la corte con la deferencia que le correspondía a un pariente cercano, ya que eran primos. Cuando regresa a la isla en 1544 llevaba consigo los restos mortales de Diego Colón y de su suegro, don Cristóbal, para enterrarlos en la catedral de Santo Domingo, cumpliendo de esa manera con la voluntad testamentaria de su marido. Nació en 1490 y muere en la isla en 1549, de 59 años. Recordada aún con respeto en Santo Domingo, una estatua suya se erige en la Plaza de España, situada junto al Alcázar de Colón.

La presencia de la mujer española como elemento de estabilidad y orden colonial era considerada esencial, como lo expresa varias veces el cronista Oviedo. Lo eran para “civilizar” y estabilizar los nuevos asentamientos. Consideraba que la falta de mujeres españolas era fuente de desorden moral y del escaso arraigo en los conquistadores, y que la familia era la unidad básica de control social y el fundamento para asegurar el éxito de la colonización en contraste con la vida nómada o puramente militar del conquistador.

Nuestra Inés de Escobar sobrevivió al desastre de la expedición de Nicuesa y se trasladó al Darién con su marido, don Juan de Caicedo, donde según una fuente, ella, mujer emprendedora, abrió una fonda o un hostal. Si esto es cierto, serían tal vez la o el primero que se inauguraron en Tierra Firme. Tuvo varios hijos con don Juan. Sobrevivió a su marido quien murió en Sevilla, donde tenía su hogar familiar y sus prósperos negocios, mientras hacía gestiones como procurador de Santa María la Antigua y se preparaba para viajar en la armada de Pedrarias. Don Juan falleció en agosto de 1513, “hinchado, y tan amarillo como aquel oro que anduvo a buscar”, dice con cáustico humor Gonzalo Fernández de Oviedo, su sucesor en el cargo de veedor de fundiciones.

Caicedo dejó como testamentario y albacea a su cuñado el escribano Juan de Simancas, hermano de doña Inés Escobar, quien quedaría a su cuidado. Simancas planeaba viajar con Caicedo en la armada de Pedrarias, pero permaneció en Sevilla para ocuparse de la testamentaría y cuidar de los intereses de su hermana, y desde allí asegurarle una posición estable mientras ella permanecía en Darién. Al enterarse el rey Fernando de la muerte de Caicedo quiso recompensarle por sus servicios como veedor y por las pérdidas que, según decía, había sufrido en Santa María, instruyendo a Pedrarias que diese en todo momento protección a su viuda doña Inés, ordenando que le fuesen encomendados indios lo mismo que si Caicedo estuviese vivo. En caso de que doña Inés y sus hijos deseasen volver a su hogar familiar en Sevilla (en el barrio de El Salvador), les otorgaba licencia para vender las caballerías de tierras y solares obtenidas por el difunto en Santa María la Antigua. Doña Inés optó por permanecer en Santa María hasta que, a fines de la década de 1520 se produce el desplazamiento de funcionarios y pobladores de Panamá hacia Nicaragua, acompañando a su nuevo gobernador Pedrarias. Durante todo ese tiempo, conforme a las costumbres legales de la época, doña Inés se mantuvo bajo la tutela de su hermano Juan de Simancas como administrador de los bienes familiares.

Aunque Juan de Simancas no marchó con la armada de Pedrarias, si embarcó a la que parece ser una hermana suya y de doña Inés, de nombre María de Escobar, quien quedó al servicio de doña Isabel de Bobadilla, esposa de Pedrarias. Muy pronto se casó con Martín de Estete, quien había llegado a América de 21 años para incorporarse a la expedición de Diego de Nicuesa en 1510 y que en 1514 formó parte del contingente de hidalgos que se sumaron a la armada de Pedrarias. Fue escribano y secretario personal de Pedrarias, quien le permitió acceso privilegiado a decisiones políticas y legales en su gobernación. Según Oviedo, era “hombre muy acepto de Pedrarias Dávila” y agrega, con su característica mordacidad, “hombre no tan hábil en la milicia cuanto desdichado y flojo en la capitanía e cosas de la guerra, pero despierto en otras astucias y cautelas”. Lo cierto es que fue un hombre de mucho éxito e influencia y acumuló una prodigiosa fortuna.

Cuando se fundó la ciudad de Panamá, Estete formó parte de su primer Cabildo como regidor. Fue procurador de la ciudad en la corte para gestionar el financiamiento de obras de infraestructura, como el camino a Nombre de Dios. Durante los años 1514 y 1529 tuvo una compañía dedicada a la explotación de minas de oro en Panamá junto con otros socios allegados a Pedrarias. Uno de sus socios fue el capitán Cristóbal Serrano dueño de navío y nombrado durante la administración de Pedrarias escribano mayor de minas y registros. En 1524 y 1525 Serrano era teniente de gobernador en Nombre de Dios, nombrado también por Pedrarias. Se casó con doña Inés de Escobar, de modo que, si María e Inés eran hermanas, como parece ser, Estete y Serrano serían concuñados y ambos, hombres del círculo íntimo del gobernador. De esa manera María e Inés debieron gozar de una holgada seguridad económica mientras vivieron en Castilla del Oro.

Estete siguió a Pedrarias a Nicaragua, donde fue teniente de gobernador entre 1527 y 1534. En 1527 aparece como vecino de León y miembro de su Ayuntamiento. Según Oviedo, después de la muerte de Pedrarias, Estete se trasladó a Perú donde fue teniente de gobernador de Trujillo y “fue muy rico”, evaluándose su ingente fortuna en “más de 40.000 pesos de valor en oro y plata”, “dejando a su mujer cargada de oro e plata e joyas”. Pero fue acusado de defraudar a la Real Hacienda (ocultando valiosos tesoros incas), lo que resultó en un proceso judicial y la pérdida de su cargo. Poco después de estos sucesos y tras enfermar, murió en Lima en 1536, donde permanece su viuda y heredera, doña María, quien se casa en 1540 en segundas nupcias con Francisco de Chaves, teniente de gobernador general de la Nueva Castilla, segunda autoridad en importancia tras el propio Pizarro, de quien era muy cercano. El 26 de junio de 1541, cuando los almagristas asaltaron el Palacio de Gobierno para asesinar a Pizarro, Chaves fue atacado y murió en la escalera al intentar mediar con los atacantes. Según Oviedo, Chaves malbarató la fortuna de Estete, “quedándole ya pocos”.

María de Escobar fue notable en su época, y se le atribuye haber introducido el trigo y la cebada en el continente americano, cuyos cultivos supervisó, gracias a lo cual se pudo comer pan por primera vez en América. En premio, el virrey le otorgó una encomienda indígena. En 1547, doña María vuelve a casarse en terceras nupcias, con el capitán Pedro Portocarrero.

A fines de la década de 1520, cuando Pedrarias mudó su corte para Nicaragua donde fue nombrado gobernador, doña Inés y Cristóbal Serrano se trasladaron a la ciudad de Granada luego de haber vivido en Castilla del Oro 16 o 17 años. Serrano “era abuena persona, aunque algo encogido”, es decir, tímido, dice Oviedo. El año 1526 fallece Serrano, que era ya un hombre rico y poderoso, quedando nuevamente viuda doña Inés y heredera de todos sus bienes. No tuvieron hijos. Pronto, empero, doña Inés se casa en terceras nupcias, con un criado de su difunto esposo.

Sobre doña Inés de Escobar han fabulado algunos historiadores modernos (Charles Anderson, Ricardo Majó Framis, Octavio Méndez Pereira y el presbítero Ernesto Hernández) que la imaginan como “profesora de Anayansi”, la “princesa” hija del cacique Careta, a quien le enseñaría a hablar en español, vestirse a la española, aprender a hacer guisos y fritangas de la culinaria peninsular y los modales de una dama castellana. Pura fantasía.

Pero en esta primera etapa de la colonia doña Inés y doña María no serían las únicas mujeres españolas que llegaron a Panamá. Se sabe de otras dos mujeres, aunque de nombres desconocidos, que viajaron con el regidor Juan de Valdivia comisionado de Balboa en dirección a La Española y que naufragaron en las costas de Yucatán junto con 15,000 pesos del quinto real. Allí fueron capturadas por los indígenas mayas, las esclavizaron y forzaron a moler maíz, hasta que fallecieron. Se conoce también de otra mujer, Isabel Hernández, esposa de Cristóbal León, fundidor y platero de oficio, según la lista que hizo el escribano Andrés de Valderrábano de los que compartieron con Balboa el avistamiento del Mar del Sur. Y probablemente habría más, que futuras investigaciones nos revelarán.

El tercer traslado masivo e institucional de mujeres españolas a América llegó con la armada de Pedrarias a Darién en junio de 1514, la más grande enviada a las Indias hasta entonces. En sus 19 o 22 naves, llegaron entre 1,500 y 2,000 personas, destacando un importante contingente de nobles, caballeros, soldados, artesanos y clérigos. Con esta masiva operación humana el rey Fernando de Aragón tenía el propósito de consolidar su dominio sobre el Darién, ahora rebautizado Castilla del Oro, y establecer una colonia permanente, lo que contrastaba con las expediciones anteriores (las de Ojeda y de Nicuesa) cuyo acento era militar y exploratorio. Era un paso aún más agresivo que la operación realizada en Santo Domingo durante las administraciones de Ovando, primero, y luego del virrey Diego Colón. Ninguna de las potencias marítimas de la época o de los siglos siguientes hizo nada parecido. Ni Portugal, ni los Países Pajos, ni Inglaterra, cuyas colonias eran solo centros de operación mercantil donde no había una sola mujer de esos países. Su propósito era de explotación no de colonización, como la de Castilla del Oro.

En la armada de Castilla del Oro iban unas 30 o 35 mujeres españolas, aunque la cifra exacta se desconoce. Eran familias completas, con esposas y criadas de los funcionarios y colonos, y una decena de niños y adolescentes. Algunas pertenecían a la nobleza castellana, acompañando a sus maridos y familiares. La más notable la “activa e inteligente” Isabel de Bobadilla y Peñalosa, la esposa de Pedrarias. La acompañaban mujeres jóvenes, doncellas de servicio, que a poco de llegar contrajeron matrimonio con los colonos. Pertenecía a una de las familias más poderosas de la Castilla de finales del siglo XV. Era sobrina de la marquesa de Moya, Beatriz de Bobadilla, una de las figuras más cercanas y confidentes de la reina Isabel la Católica. Hija de ella y Pedrarias fue otra mujer no menos destacada, Isabel Arias Dávila de Bobadilla. Era de carácter firme y “ánimo varonil”, cualidades que rompían con los moldes de la época. Fue esposa del conquistador Hernando de Soto a quien sustituyó en su ausencia como gobernadora y capitana general de Cuba desde 1539 hasta 1544, cuando se supo que él murió en Luisiana el año 1542 y fue arrojado a las aguas del Misisipí. Fue la única mujer que ocupó ese cargo durante la colonia.

El cronista Oviedo llegó en la armada acompañado de su segunda esposa, Isabel de Aguilar, con la que se casó en 151l. Su primera esposa se llamaba Margarita de Vergara, de la que seguía perdidamente enamorado y cuya belleza no dejaba de ensalzar. Era “una de las más hermosas mujeres que ovo en su tiempo en el reino de Toledo y en nuestra Madrid”, y “nunca escupió”, escribe. Era esbelta, de rubios cabellos que les llegaban debajo de los pies, y que de un mal parto falleció teniendo 26 o 27 años, perdiendo el niño, que extrajeron a trozos, y esa misma noche quedó con el cabello “de color de fina plata”, nos dice. El viudo volvió a casarse dos veces más. El 9 de noviembre de 1521 enterró a Isabel, enferma por las difíciles condiciones de vida en Santa María del Darién. “E con dolor de pérdida tan triste para mí, transportado e fuera de sentido, viendo muerta a mi mujer, que yo amaba más que mí”, escribe. Luego se casó con Catalina de Rivaflecha.

Las mujeres de la armada de Pedrarias llegaban con la ilusión de encontrar un promisorio Edén donde el oro se pescaba con redes y había pepitas del tamaño de naranjas, según había escrito Balboa. Fue desoladora su experiencia cuando encontraron que la afamada Santa María del Darién era un conjunto desordenado de miserables chozas y bohíos de construcción precaria. Encontraron, según Oviedo, a 515 españoles con algo más de 100 viviendas y unos 1.500 indígenas, hombres y mujeres, en condición de naborías, o esclavos domésticos. Más chocante aún fue el clima ferozmente húmedo, caluroso y malsano, donde proliferaban los mosquitos e incontables alimañas. Y lo peor, encontraron poco oro. Sufrieron desde temprano por la falta de víveres frescos y tener que conformarse con alimentos que desconocían. Carecían de defensas naturales y de medicamentos útiles para enfrentarse a enfermedades tropicales que las diezmaron desde su llegada. La mortalidad fue devastadora. Aquello fue una de las experiencias más trágicas en la colonización del Nuevo Mundo.

El autor es historiador.


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