Varias generaciones de panameños crecimos convencidas de que en el fondo del lago Gatún todavía podía verse la torre de la iglesia de Gorgona. Nos enseñaron que decenas de pueblos habían quedado sumergidos bajo el lago artificial más grande de su tiempo, sacrificados en nombre del progreso para que los barcos del mundo cruzaran el istmo. Era una imagen poderosa y triste, campanarios y calles enteras durmiendo bajo el agua como una Atlántida tropical.
Durante décadas esa fue la forma en que contamos lo que el Canal se había llevado, y pocas veces nos detuvimos a preguntar si de verdad había ocurrido así.
La Feria Internacional del Libro de Panamá, que se celebra del 25 al 30 de agosto en Atlapa, es una buena ocasión para volver sobre esa memoria. La edición tiene al Canal como invitado de honor, bajo el lema “La ruta de miles de historias”, y coincide con los diez años de la ampliación. Habrá conferencias, cine, homenajes y hasta un musical, “La historia de un istmo”.
En medio de esa celebración conviene recordar que el Canal no es solo una hazaña de ingeniería. Es también un territorio literario. Los estudiosos han llamado “novela canalera” al conjunto de obras que recrean la experiencia histórica y humana de la vía interoceánica, y en ese mapa hay un libro dedicado justamente a los pueblos que desaparecieron: Pueblos perdidos, de Gil Blas Tejeira, publicado en 1962.

La línea como columna vertebral
Antes de llegar al libro, vale la pena imaginar lo que se perdió. Los pueblos de la ruta no eran caseríos improvisados. Gorgona, Emperador, Matachín, Cruces, Gatún y una veintena más eran poblaciones formales, algunas con cuatro siglos de historia, con calles trazadas, escuelas, imprentas, abogados, cantinas, mercados, cementerios y, hasta bancos. Habían nacido al calor del tránsito interoceánico, primero con las mulas del camino de Cruces, después con el ferrocarril y con la aventura francesa del canal de De Lesseps. Eran, en el sentido más pleno, la columna vertebral del país, el corredor donde Panamá había vivido su vocación de puente durante generaciones. En ese mundo sitúa Tejeira su novela.
El autor (Penonomé, 1901, Ciudad de Panamá, 1975) fue maestro rural, periodista y, según su prologuista Elsie Alvarado de Ricord, uno de los pocos escritores panameños de su tiempo que vivía de la pluma. Pueblos perdidos recorre el periodo que va de los primeros intentos franceses hasta la inauguración de la vía por los estadounidenses en 1914, y se divide en dos partes.
La primera reivindica a Pedro Prestán, el cartagenero radicado en Colón a quien se responsabilizó del incendio de la ciudad en 1885 y se condenó a la horca.
La segunda, la que aquí nos ocupa, narra la vida y el desalojo de los pobladores de La Línea, los pueblos del Chagres que debían ceder su lugar al lago Gatún. En sus páginas se construye ese paraíso antes de destruirlo. El Gatún de Tejeira es un pueblo mestizo y cordial, donde “había pocos blancos, abundaban los mulatos y predominaban los negros, todos en ejemplar integración”, y donde un comerciante chino, José María, se había casado con una mujer nativa y era “miembro prominente de la colectividad”. Es una postal idealizada, sin duda, pero eficaz: el lector se encariña con ese mundo y por eso duele cuando llega la orden de abandonarlo.

El paraíso perdido
El escritor y crítico panameño Luis Pulido Ritter en su ensayo Gil Blas Tejeira: El arca de Noé de la modernidad y el paraíso perdido de la nación romántica ha descrito Pueblos perdidos, “como una de las novelas más bíblicas y apocalípticas de la literatura panameña, comparable en eso solo con San Cristóbal, de Ramón H. Jurado. La inundación de los pueblos se figura como un diluvio, un fin del mundo, y el propio título nos instala en el vacío de lo perdido, como el “paraíso perdido” de Milton”.
Pulido Ritter apunta a una imagen certera: la modernidad, en la novela, funciona como un arca de Noé. Se salvan los que logran subir a ella. Los demás, los que estaban atados a la tierra, se hunden con su mundo. Por otra parte, Rodrigo Miró, el gran crítico de nuestra literatura, fue severo: escribió que “la novela no cuaja”, que sus capítulos no llegan a fundirse en un organismo y que, literariamente, era la obra más débil del autor.
Pero hay algo que Miró no midió del todo, y es la fuerza documental y emocional de esas páginas donde un pueblo entero recibe la noticia de que debe marcharse.
Porque aquí es donde la historia reciente vuelve a la novela más inquietante de lo que el propio Tejeira imaginó.

La historia y el mito
El mito de la inundación, ese con el que todos crecimos y que la literatura ayudó a fijar, no es del todo cierto. En 2019 la historiadora panameña Marixa Lasso publicó Erased: The Untold Story of the Panama Canal, traducido al español como Historias perdidas del Canal de Panamá. Fruto de más de cinco años de investigación en archivos estadounidenses, el libro demuestra algo que cambia por completo el relato: la mayoría de esos pueblos no se inundó. Fueron despoblados y desmantelados por una decisión política, no por una exigencia de la ingeniería.
En 1912 la Zona del Canal era una de las áreas más pobladas del país, con 62,810 habitantes según el censo. Entre 1913 y 1916, tras una orden ejecutiva del presidente estadounidense William Howard Taft, se fueron desmantelando uno a uno los pueblos y cerca de 40,000 personas fueron expulsadas. Se prohibió, además, el comercio y la propiedad privada en la Zona. La pregunta se impone: ¿por qué borrarlos, si la formación del lago no lo exigía? La respuesta que documenta Lasso es incómoda. La decisión se tomó poco a poco y sus razones, en palabras de la autora, “eran profundamente raciales”.
Durante los años de construcción, los funcionarios del Canal debatieron si gobernar a los pueblos panameños de la Zona o desmantelarlos, y al final se impuso la idea de una Zona despoblada, un territorio limpio de “nativos” donde los estadounidenses pudieran reproducir su propia idea de civilización.
En lugar de los viejos pueblos levantaron otros, nuevos y segregados: Balboa para los empleados blancos, La Boca para los negros. El césped cortado, las piscinas, los comisariatos surtidos y las casas con aire acondicionado dibujaron un enclave idílico y vedado a los panameños. Es difícil no leer ese diseño como lo que fue, una suerte de segregación deliberada instalada en el corazón de la naciente república.

Las voces de los expulsados
De aquella experiencia quedan pocas voces, y son estremecedoras. Lasso rescata una carta anónima, firmada por “varias víctimas” y enviada al general Goethals el 30 de septiembre de 1914, un año después de iniciada la despoblación. Las autoridades del Canal la consideraron lo bastante seria como para que la única copia que sobrevive lleve una anotación: “destruir el duplicado”.
Del lado panameño, las propias autoridades escribían lamentando “la hora dolorosa en que veremos desaparecer los prósperos pueblos de Gorgona, Matachín, Mamey, San Pablo, Gamboa, Obispo y Cruces”.
Tejeira, sin haber visto esos documentos, había puesto en boca de sus personajes esa misma orfandad. En un pasaje de la novela, el joven Camilo, hijo de madre guatemalteca y padre francés, balbucea ante el médico norteamericano: “Yo nací en Colón bajo la dominación colombiana. Amo a Panamá y la considero mi patria. Pero no sé dónde localizarme”.
Entonces, ¿de dónde salió la inundación? El lago Gatún, en efecto, cubrió parte del territorio, unos 260 kilómetros cuadrados. Pero el mito creció porque era la metáfora perfecta de una catástrofe incontrolable, tal como debieron sentirla los miles de expulsados, y porque permitía hablar de la despoblación sin nombrarla.
Decir que los pueblos se hundieron resultaba más fácil, y menos incómodo, que reconocer que alguien decidió borrarlos.
Según Lasso, “la gente tuvo que adaptarse a su nueva situación. Más importante aún, el mito de las inundaciones cobró fuerza porque la creación del lago se convirtió en la manera como las historias canaleras podían hablar sobre la decisión de despoblar sin hablar de ella”.
Puestas una junto a la otra, la novela y la investigación se iluminan mutuamente.
Tejeira, sin acceso a los archivos que medio siglo después trabajaría Lasso, intuyó el dolor y lo convirtió en literatura. Su instinto de narrador captó la pérdida, aunque la envolviera en la imagen consoladora del diluvio. Lasso, con el archivo en la mano, nos devuelve la causa real y les pone nombre a los responsables. La ficción puso el duelo, la historia puso las pruebas. Las dos, cada una a su manera, rescatan a esos panameños que fueron, como escribe la historiadora, “borrados de la historia” del país.
Conviene, eso sí, leer también los límites de Tejeira. Pulido Ritter ha señalado que su idea romántica de la nación, ese Gatún mestizo y armonioso, termina dejando fuera al afroantillano, al indígena y al chino, que aparecen en el paisaje, pero no en el centro del relato ni en su idea de lo panameño. Es un recordatorio de que ninguna obra, ni siquiera las que reivindican a los olvidados, escapa del todo a los prejuicios de su tiempo.
La memoria que quedó
La historia, sin embargo, no terminó en el desalojo. Los expulsados cargaron con lo que pudieron, a veces con los tablones de sus propias casas, y fundaron nuevos pueblos lejos de la Zona: Nuevo Emperador, Nueva Gorgona, Nuevo Chagres. En esos nombres repetidos, con el prefijo de lo que se perdió, sobrevive la memoria de lo que hubo.
Volver a estos libros justo ahora, cuando el Canal ocupa el centro de la FIL y celebramos los diez años de su ampliación, es una forma de completar la epopeya de las esclusas con la historia que quedó debajo. La literatura y la historia, juntas, nos permiten mirar el fondo del lago y ver, por fin, lo que de verdad hay ahí: no una iglesia sumergida, sino una decisión.
La autora es periodista cultural y humanista digital.


