Río de Janeiro entre amigos

Desde Copacabana hasta el Pan de Azúcar, entre paisajes imponentes, samba, urbanidad y la nostalgia de volver a encontrarse en otra ciudad del planeta.

Río de Janeiro entre amigos
Playa en Copacabana, Río de Janerio, Brasil. LP/Katiuska Hernández

Río de Janeiro no solo se mira: se siente en la brisa fría de Copacabana, en el ruido de sus calles, en la samba que aparece al caer la noche y en esa mezcla de belleza y contraste que confirma que vibramos y vivimos como solo se hace en Latinoamérica.

Un evento de aviación fue la excusa perfecta para reencontrarnos, esta vez en nuestro propio continente. Viajamos desde Panamá, Ciudad de México, Caracas y Santiago de Chile hasta las playas de Copacabana, donde estuvo nuestro alojamiento por tres días y dos noches, antes de la Asamblea General de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, que se llevó a cabo en Barra da Tijuca.

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Playa de Copacabana en Río de janeiro, Brasil. LP/Katiuska Hernández

De Galeão a Copacabana

Desde el Aeropuerto Internacional de Galeão tomamos un Uber; se debe esperar fuera de la terminal, en el área naranja. La ruta para llegar a Copacabana demora entre 45 minutos y una hora, dependiendo de la hora pico del día.

Los morros y montañas de Río iban apareciendo en el camino, con grandes favelas alrededor, a medida que nos alejábamos de la terminal aérea. El contraste entre la urbanidad ordenada y los barrios que crecieron de forma irregular nos avisaba que seguíamos en Latinoamérica, un paisaje que nos resulta muy similar en nuestras metrópolis con marcada desigualdad económica.

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Vista de Río de Janeiro desde el barrio de Santa Teresa. LP/Katiuska Hernández

El conductor nos avisó que no sacáramos los celulares por la ventana cuando estuviéramos en algún tranque, porque podrían ser arrebatados por algún motorizado; nada ajeno a lo que hemos vivido en otras ciudades. La precaución ante todo, así que obedecimos, pero siempre nos sentimos seguros en Río.

Primeras postales de Copacabana

Al llegar a Copacabana a las 10 de la mañana, el clima de junio, época de otoño, nos recibió con una brisa fría pero soportable, entre 18 y 20 grados centígrados, algo que se agradece al venir de los calores panameños de estos días.

Las playas no estaban abarrotadas. Dejamos el equipaje en el hotel, que quedaba justo enfrente, y fuimos a hacer un primer reconocimiento del área. El fuerte oleaje alejaban a los bañistas de las frías aguas de Río, pero no de la arena, donde turistas y propios aprovechaban los rayos del sol, mientras otro grupo jugaba voleibol de playa.

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Copacabana. Manuella Schorchit en https://www.pexels.com/

Nos tomamos las primeras fotos en Río de Janeiro y el equipo casi mundialistas integrado por Miriam Paredes (México), Betzaída Herrera (Panamá), Ahiana Figueroa (Venezuela) Ricardo Delpiano (Chile) y yo (Venezolana casi panameña), estaba listo para emprender la aventura por una nueva ciudad.

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Copacabana y su emblemático malecón con mosaicos. Cortesía Ricardo Delpiano

Nos fuimos a un centro comercial cercano a almorzar. Las opciones de buffet por peso son muy recomendables: en cada estación hay un plato distinto, pescado, pollo, carnes preparadas e infaltable rodizio, que uno pide según la preferencia de los cortes de carne de Brasil. Se come exquisito; un plato puede salir entre $12 y hasta $17.

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Tranvía en Santa Teresa, Río de Janeiro. LP/Katiuska Hernández

Santa Teresa, tranvía y samba

Ahora sí, con las pilas recargadas, o el estómago lleno y el corazón contento, debíamos decidir qué hacer. Ricardo Delpiano, de Chile, quien ya había estado en Río de Janeiro, tomó la batuta como guía. Nos fuimos en Uber hasta la estación Bonde, en la Rua Lélio Gama, 2, en pleno centro de la ciudad, para tomar el tranvía de Santa Teresa, conocido como Bondinho, que nos haría un recorrido por uno de los barrios más bohemios de la llamada Ciudad Maravillosa. Está anclado en una colina y sus calles estrechas tienen alrededor murales, tiendas de artesanías, cafés, restaurantes y unas vistas panorámicas de Río. Nos bajamos en una de sus encrucijadas para pasear y explorar un poco. Nos hizo buen tiempo.

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Barrio de Santa Teresa en tranvía. Calles de Río de Janeiro. LP/Katiuska Hernández

De vuelta de nuevo en el tranvía hasta el centro, vimos el atardecer y regresamos a Copacabana en metro, un transporte rápido, seguro y muy recomendado. Se puede pagar en efectivo o con tarjeta de crédito o débito en unas máquinas dispensadoras de una tarjeta reusable.

Nuestra primera noche terminó al ritmo de la samba en uno de los restaurantes del malecón de Copacabana, con música en vivo, disfrutando del buen clima y la excelente compañía.

El plato fuerte del viaje

El siguiente día sería el plato fuerte. Habíamos contratado un tour en grupo para visitar las principales atracciones de la ciudad: el Cristo Redentor, la catedral, la escalera de Selarón y el complejo del Pan de Azúcar. Nos recogieron bien temprano para llevarnos al monumento del Cristo Corcovado, pero el clima no nos acompañó. Aunque la experiencia fue bastante gratificante, nos divertimos mientras la neblina y la lluvia hacían de las suyas para no ver al Cristo en todo su esplendor. Allí estuvimos cerca de una hora. Entre el bullicio de los cientos de visitantes y la jugada de la naturaleza, pudimos capturar algunas fotos y videos con la magnitud de la figura del Cristo, que les da la bienvenida con los brazos abiertos a todos en Río.

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Luego de varios intentos y pese a la lluvia se logró la foto con el Cristo Redentor. De izquierda a Derecha, Ahiana Figueroa de Venezuela, Katiuska Hernández, de Panamá y Venezuela, Betzaida Herrera de Panamá, Miriam Paredes de México y Ricardo DelPiano de Chile. LP/Katiuska Hernández

Se puede llegar en transporte privado o público, en un tranvía, caminar hacia el cerro o subir por ascensor y luego escaleras automáticas. En el centro de visitantes hay tiendas, restaurantes y baños.

La Catedral de Río

La siguiente parada fue la Catedral São Sebastião do Rio de Janeiro. Justo estaban en una misa. Me sorprendió la arquitectura y la simetría de la cruz en el centro del techo, de la que parecía que salían, como si fueran rayos de colores, los vitrales en una estructura con diseño piramidal.

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Catedral São Sebastião do Rio de Janeiro. LP/Katiuska Hernández

La iglesia fue diseñada por el arquitecto Edgar Fonseca y se asemeja a las antiguas pirámides mayas. Mide 96 metros de altura y 106 metros de diámetro en su base, y fue terminada en 1979.

Los colores de Selarón

Continuamos de camino a la Escalera de Selarón. El sitio estaba repleto de turistas de muchas nacionalidades, todos con el mismo objetivo: tomarse una foto sentados en las coloridas escalinatas adornadas por mosaicos y adoquines de miles de colores, con escudos de Brasil, Portugal, España y otros países.

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Escalera de selarón en Río de Janeiro atrae a miles de turistas. Foto de Jonathan Borba en https://www.pexels.com/

La escalera se considera una de las obras de arte al aire libre más emblemáticas de Río. Fue decorada por el chileno Jorge Selarón y consta de 215 escalones cubiertos por más de 2,000 coloridos azulejos provenientes de la donación de visitantes de más de 60 países.

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Escalera de Selarón en Río de Janeiro. LP/Katiuska Hernández

Hay que tener paciencia o escalar hasta las últimas escalinatas para tomarse fotos con una escena medianamente vacía, o ir bien temprano en la mañana, lo que no fue nuestro caso. Al bajar, cientos de puestos de venta de souvenirs, ropa y recuerdos de Brasil son una buena opción, pero hay que tener cuidado porque en medio de las aglomeraciones puede haber algún juega vivo que quiera apropiarse de lo ajeno. No fue nuestro caso; todo marchó de maravilla, pero bien vale la advertencia.

Hicimos un alto para almorzar en otro restaurante tipo buffet que estaba incluido en el recorrido y, de verdad, se come de maravilla: platos exquisitos y mucha carne a la parrilla.

Maracaná, sambódromo y mirada panameña

De camino al Pan de Azúcar hicimos una parada por el estadio Maracaná, para la respectiva foto. Allí no hubo recorrido, el recinto estaba cerrado. También nos mostraron el sambódromo y bien vale la mención a que Las Tablas, en Panamá, ya se merece una estructura similar para atraer a millones de turistas y que las carrozas se paseen sin el afán de esquivar los cables de electricidad en el parque Porras.

Pan de Azúcar, Río desde lo alto

El complejo turístico Bondinho Pão de Açúcar, o Pan de Azúcar, fue nuestro destino para cerrar una tarde con la mejor vista de Río de Janeiro. Está integrado por dos enormes morros que se suben en dos tramos en teleférico y en cada estación hay restaurantes, sitios para tomar las mejores fotos y panorámicas de la ciudad, y tiendas de souvenirs.

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Vista de Río de Janeiro desde el Pan de Azúcar. LP/Katiuska Hernández

Realmente vale la pena. Es hermoso; desde el lugar se divisa en 360 grados todo Río y, si el día está soleado, se alcanza a ver el Cristo Redentor.

Copacabana, Ipanema y saudade

Río ya nos tenía enamorados… Nuestro paseo previo al congreso terminaría en la playa de Copacabana. Recomiendo los alrededores; es una buena zona para comprar. Brasil es reconocido por sus excelentes productos para el cabello y cosméticos, por lo que hay muchas farmacias y tiendas donde conseguirlos.

Dejamos nuestra Copacabana para ir a Barra da Tijuca, un área con centro de convenciones y hoteles al borde de la playa, pero el clima se sentía más helado que en Copacabana.

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Playa en Barra de Tijca, Río de Janeiro, Brasil. LP/Katiuska Hernández

Dos días y medio de evento nos ocuparon, pero antes de dejar Río, los que quedamos pudimos ver el atardecer desde las playas de Ipanema, una experiencia que no nos podíamos perder para cerrar los días en la “Cidade Maravilhosa”, que invita a volver y está a solo siete horas en vuelo directo desde Panamá…

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Atardecer en Ipanema, Brasil. LP/Katiuska Hernández

Tenemos saudade por los amigos, por volvernos a reencontrar en otro puerto de destino. Porque al final, Río fue eso: una ciudad para caminarla, mirarla desde lo alto, saborearla, vivirla con cuidado, pero sin temor y recordarla con saudade.


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